Escolanía en la Zarzuela: el canto alegre de la juventud

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EscolaníaPor cuarto año consecutivo el Teatro de la Zarzuela organiza su concierto navideño con algunas de las piezas de nuestra lírica más recordadas por el aficionado junto a muchas otras inéditas. En la presente ocasión el evento ha contado por vez primera con la participación estelar de un coro juvenil, la Escolanía del Orfeón Pamplonés, que ha hecho las auténticas delicias del público reunido.

Compuesto por más de medio centenar de voces blancas, en su gran mayoría femeninas con escasa presencia de masculinas para refuerzo de los graves, la Escolanía arrebató al respetable ya desde su primera aparición efectuada a través de los palcos laterales, entonando el castizo y chispeante popurrí de los organilleros de El bateo de Chueca, acompañando todos su canto de una sencilla y reconocible mímica gestual, constante que se mantuvo durante todos los números de zarzuela que interpretaron.

Especialmente asombroso fue comprobar los logros musicales de esta escolanía dirigida por Juan Gainza: por un lado, la entonación general, el correcto empaste entre las distintas voces y la perfecta dicción que permitía seguir sin ningún problema el texto de las piezas. A todo ello se unió una coordinación mucho más que aceptable entre las dos secciones de la escolanía dispuestas a ambos lados del director, que si bien alguno de sus miembros adoptaba un determinado movimiento coreográfico a destiempo, ello no empañaba en absoluto la visualidad general.

Desfilaban por este divertido concierto verdaderos descubrimientos zarzuelísticos junto a números relativamente conocidos de nuestra lírica como el coro de pajes de El rey que rabió de Chapí (más adecuados infantes no se podrían encontrar), en los cuales la escolanía exhibía naturalidad y frescura en estado puro. Ahí tenemos ese coro de marineritas (“Ya estamos en tierra”) de Robinson Crusoe de Barbieri que (¡cómo no!) más de uno le podría encontrar equivalente en la muchísimo más difundida mazurca de los marineritos (éstos en masculino) de La Gran Vía de Federico Chueca y Joaquín Valverde, también ofrecida para cerrar la actuación de este simpático y talentoso coro juvenil.

De las colaboraciones de Quinito Valverde (el hijo del habitual colaborador musical de Federico Chueca, Joaquín Valverde) con otros compositores se nos regalaban dos coros de sainete: la jota de Los chicos de la escuela y la habanera de los reyes godos de El trébol, en el cual repetían como alumnos aplicados el sonsonete de la innumerable lista de los reyes godos que su maestro (el tenor Ricardo Muñiz en aparición estelar) les proponía.

Escolanía 2

Siguiendo en la misma línea de descaro y pillería colegial, la escolanía nos deleitaba con el pasodoble de los chicos (“¡De frente!”) de Chinita (¡sugerente título!), una de las colaboraciones del gran Federico Chueca con el poco conocido Pedro Córdoba, en donde los chavales mostraron su más que disciplinada marcialidad. También fue delicioso el paso de unos alguacilillos por medio de la zarzuela De Madrid a París (esta de nuevo de Chueca y Valverde), un número que redunda en bromas léxicas acerca de la fonética francesa (“au se dice o, ai se dice e”; ¿y municipal?, ¡pues municipó”!).

Entre todo este océano de gracejo chulesco, también hubo tiempo para la recreación exótica en números como el estrófico coro de las anfibias (“La tribu de las perlinas”) de El Potosí submarino de Arrieta o la serenata “Sultana de mis amores” de El asombro de Damasco de Luna. El final del programa fue una concesión a los cánticos religiosos de estas fechas en la forma de un estreno absoluto: Campanas, del joven compositor Manuel Busto (1987), en realidad un arreglo para orquesta sinfónica y escolanía del popular villancico Campana sobre campana.

Del maestro Cristóbal Soler, al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, se apreció una constante tendencia a mesurar el volumen de la formación, ofreciendo refinadas lecturas en solitario del preludio de La alegría de la huerta de Chueca, el vals de Los sobrinos del capitán Grant de Fernández Caballero o del inspiradísimo preludio de Los borrachos de Giménez, si bien la pieza instrumental más curiosa del programa fue la inédita “mazurca del clarinete” de la obra cuyo título parafrasea la popular y patriótica marcha de la zarzuela Cádiz del propio Chueca y Valverde y que el hijo de este último y Ramón Estellés convirtieron como no podía ser de otra manera en La marcha de Cádiz.

Precisamente con ésta, sí, pero la original de Cádiz en versión meramente orquestal, nos obsequió Soler, mediante sus bromas acostumbradas al estilo del Concierto de Año Nuevo en Viena, en esta ocasión combinando el maquillaje a ciertos profesores de la orquesta con la dirección de las palmas del público cual Marcha Radetzky.

Pero el público tenía más ganas de escolanía, pues ésta casi monopolizaba la ovación general, y los pequeños pamploneses llegaron de nuevo con otro arreglo de estilo hollywoodiense de diferentes villancicos como 25 de diciembre o Noche de Paz, para finalmente rubricar con el bis de los organilleros de El bateo, la pieza con la que esta noche comenzaron a conquistarnos. Enhorabuena al Teatro de la Zarzuela por habernos ofrecido la oportunidad de descubrir a estas voces alegres de la juventud y esperamos contar de nuevo con ellas en próximos espectáculos.

Germán García Tomás

@GermanGTomas