Estreno mundial de la versión orquestal de Die schöne Müllerin de Schubert

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Estreno mundial de la versión orquestal de Die schöne Müllerin de Schubert
Estreno mundial de la versión orquestal de Die schöne Müllerin de Schubert

El día 8 de mayo de 2016, a las 20 horas en el teatro Cervantes de la ciudad de Linares, y en el marco del Festival Internacional de Música y Artes Escénicas (FIMAE) de Linares, tuvo lugar un hito musical extraordinario. Nada menos que el estreno mundial del ciclo de lieder Die schöne Müllerin (La bella molinera), D.795 de Franz Schubert con textos del poeta Wilhelm Müller en versión de voz acompañado por orquesta.

Sí, yo estuve allí.

Para abrir boca, la orquesta Castvlvm (perteneciente a la Asociación Cultural Castvlvm), bajo la dirección de Alfredo Catalán Casado (aquí hay un director de campanillas), interpretó la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485.

Esta sinfonía, verdadera obra de arte, fue compuesta por Schubert en 1816 a la edad  de 20 años y su estreno oficial tuvo lugar en 1841, aunque con toda seguridad fue interpretada privadamente por la orquesta de Otto Hatwig, violinista de los teatros de la corte vienesa, en la que el propio Schubert formaba parte tocando la viola.

La sinfonía, verdadero ecuador de la obra sinfónica de Schubert, es intimista con una orquesta reducida siguiendo el modelo de la Sinfonía nº 40 de Mozart. Incluso en el tema del segundo movimiento hay reminiscencias de la Sonata para violín, K.377 del genial salzburgués. Por ello la composición de la orquesta Castvlvm era perfecta en ese sentido. La interpretación fue magnífica, de gran claridad y con una orquesta bien empastada y a la que el director supo conducir con elegancia tanto en los momentos de gran delicadeza como en los que había que acelerar el paso, como en el cuarto movimiento. El público, llevado por la emoción, aplaudió al concluir cada movimiento.  

A finales de 1816, el músico Ludwig Berger pidió la colaboración de diversos escritores para crear el Liederspiel (ciclo de lieder teatralizado), Die schöne Müllerin, el cual fue representado en la casa berlinesa del consejero de Estado, Friedrich von Stägemann, con Berger dirigiendo desde el piano. Wilhelm Müller, que había escrito cinco poemas para el evento, hizo honor a su apellido haciendo el papel de molinero, pues Müller significa molinero. Pero Müller quedó subyugado por el tema y llegaría a escribir un total de veintitrés, que junto a un prólogo y un epílogo constituirían su ciclo La bella molinera. Junto a otros poemas, apareció publicado en Dessau en 1821 en Setenta y siete poemas sacados de los escritos póstumos de un trompa ambulante. Libro I, aunque algunos poemas habían aparecido antes en revistas literarias. Schubert encontró el libro y en la primavera de 1823 empezó a componer el ciclo La bella molinera, en verano abandonó el trabajo y lo reanudó para concluirlo en otoño de ese mismo año. En ese intervalo, además de viajar por la región de Estiria, compuso la ópera en tres actos Fierabrás, D.796 con libreto de Josef Kupelwieser.

Schubert eliminó del ciclo de Müller el prólogo, los poemas  Das Mühlenleben (La vida en el molino), Erster Schmerz, letzter Scherz (Primer dolor, última burla), Blümlein Vergissmein (Florecillas de nomeolvides) y el epílogo, musicando solamente veinte poemas.

Y por fin dio comienzo la segunda parte, la misma que me había hecho abandonar la tranquilidad de mi hogar en Murcia y emprender el largo viaje a Linares para encontrar a “La bella Molinera”, eternamente joven y ahora remozada en la inédita versión para voz y orquesta. Y vive Dios que mereció la pena.

Sobre una pantalla al fondo del escenario iban apareciendo los textos en español de los poemas sobre unas bellas fotografías en una perfecta simbiosis entre imagen y palabra. En esa propicia semipenumbra, la orquesta, dirigida por Alfredo Catalán Casado, comenzó a interpretar la música que acompañaría al molinero en su maravillosa aventura. Si yo podía albergar dudas sobre la calidad del arreglo orquestal (tal vez motivadas por la curiosidad, y porque estamos hablando de Schubert), estas se disiparon desde los primeros compases. Tengo que decir que no solamente mostraba un respeto total con Schubert sino que era espléndida y anticipaba y describía de forma maravillosa el paisaje y los sentimientos del molinero, pues no en vano era el arroyo confidente del héroe de la historia. Realmente, Alfredo Catalán Casado es un músico de campanillas y al que espero seguir.

Y vamos con el molinero, interpretado divinamente (o por decirlo mejor, humana-divinamente) por el barítono David Francisco Gascón Gallego, autor además del videoarte. Su voz es bella, poderosa y su fraseo es inmejorable, pues el texto lo dice con una claridad meridiana, pues como decía Vogl (el cantante amigo de Schubert) a sus alumnos, “si no entiendo lo que dices, entonces no entiendo lo que cantas”. Es muy complicado cantar un ciclo de veinte canciones, que vienen a ser veinte escenas de una obra de teatro, son veinte situaciones distintas, narrando, amando, sufriendo… con ternura, gallardía y vulnerabilidad. Todo ello, y con creces, lo mostró David con su voz llena de matices y su lenguaje corporal que anticipaba sus emociones. No solo es un buen cantante sino que también es actor. Si como muestra vale un botón, quiero señalar como me hizo llegar la vulnerabilidad del molinero en el quinto lied Am Feierabend (Al cesar el trabajo), cuando el muchacho dice todo lo que querría hacer para conquistar a la chica, pero eso le contraría porque sus fuerzas son escasas y hace lo mismo que cualquier galopín, y en un segundo cambia de rol y es el patrón que felicita a todos por su trabajo.

Para todos los presentes, este concierto fue adentrarse en el mundo mágico del lied por la puerta grande. Para mí fue sentir que mi corazón latía más aprisa y notaba que alguna lágrima quería escapar. El público aplaudió enfervecido y después de los saludos, David bajó del escenario y desde el pasillo de butacas nos deleitó con un magnífico y apropiado bis, el lied Mein! (¡Mía!). Era el triunfador que nos repetía otra vez que “la molinera es mía”. Y yo dije para mis adentros: Sí, amigo David, no es solo la molinera, es tuyo todo el ciclo, ya lo posees como el estupendo Fischer-Dieskau, quien lo cantó muchísimas veces.

 Y cuando salía del teatro recordaba algo del poema de Machado, pues mi corazón guardaba “este milagro de la primavera”.

Fernando Pérez Cárceles