Eugenio Oneguin en la Opéra national du Rhin, un buen cierre de temporada con un magnífico reparto

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Eugenio Oneguin en la Opéra national du Rhin
Eugenio Oneguin en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck

Muy buen Eugenio Oneguin en la Opéra National du Rhin (OnR) para acabar la temporada 2017-2018, a cargo de Marko Letonja y Frederic Wake-Walker, con un reparto de excepción.

Chaikovski estaba obsesionado con alejarse de los clichés de las grandes óperas y ofrecer un espectáculo con el que el público se sintiese más identificado. No lograba comprender cómo alguien era capaz de reconocerse en la figura de un rey egipcio o un dios griego, por mucho que sus sentimientos puedan parecerse a los nuestros. Le fascinaba por ello la naturalidad e intensidad de la novela en verso Eugenio Oneguin, obra cumbre de Pushkin que sentó las bases de la literatura rusa moderna. Con la ópera que compuso basada en esta obra, que se ha representado estos días en la Opéra National du Rhin (OnR) con Marko Letonja a la batuta y Frederic Wake-Walker a cargo de la puesta en escena, el compositor quiso poner música a una historia sencilla pero de gran calado emocional, sin guerras épicas ni suicidios pasionales. Es cierto que hay un duelo, sí, pero no es más que un vehículo para mostrar el temperamento de los protagonistas. Todos hemos podido ser Oneguin o Tatiana alguna vez, pasar del rechazo al enamoramiento o de la adoración al despecho sólo por caprichos de las circunstancias.

El drama comienza cuando Eugene Oneguin, dandy seductor, visita con su amigo Lensky a Olga y Tatiana, las dos hermanas Lárina. El carácter de ambas es totalmente opuesto. Olga, prometida con Lensky, es sociable y alegre, mientras que Tatiana, siempre sumergida en sus libros, es de carácter melancólico y soñador. Cuando ésta última ve a Oneguin, reconoce en él al príncipe azul de las novelas que lee y cae prendada de él. Le declara su amor en una carta, pero sólo recibe a cambio un rechazo paternalista. Más adelante, en una fiesta celebrada en casa de las hermanas, Oneguin saca a bailar varias veces a Olga y Lensky le reta a un duelo, molesto porque intime tanto con su prometida. El desenlace es fatal para Lensky y Oneguin debe cargar con el peso de haber matado a su mejor amigo por una minucia. Al cabo de los años, cansado de su vida de seductor, Oneguin descubre que Tatiana se ha casado con el príncipe Gremin. Declara su amor a Tatiana, pero es ya demasiado tarde: ella admite estar enamorada de él, pero, aún recordando su despecho, lo rechaza para continuar con su cómoda vida de matrimonio de conveniencia, parecida a la que llevó su madre.

Letonja y Wake-Walker han sabido preservar la fuerza de esta magnífica ópera, sin artificios ni pompas. La escena, amplia para dar espacio al coro, cambia en cada acto, aunque siempre conservando estanterías con libros. La sobria y oscura biblioteca del primer acto, donde Tatiana devora historias de enamorados, se convierte en el segundo en una discoteca, en la que transcurre el baile en casa de las hermanas Lárina y el duelo. Éste está representado de forma muy original, como una mezcla entre ruleta rusa y ese juego infantil en el que se hace girar una botella para ver quién se besa y que ya aparecía en el primer acto. El último acto transcurre en un amplio salón de baile de estilo art decó, donde Oneguin y Tatiana vuelven a encontrarse tras una simpática coreografía de polonesa de estilo robótico y torpe protagonizada por los miembros del coro, muchos de los cuales guían a maniquíes en lugar de a parejas reales. Aunque cada espacio está bien montado, se echa de menos cierta coherencia entre los tres escenarios. Pero la música de Chaikovski y la calidad de las voces, de la que hablaremos más adelante, hace que importe poco la escena siempre y cuando no costriña el desarrollo de los personajes.

La iluminación está esmeradamente cuidada, especialmente durante el primer acto, en el que se imita a la perfección el tamizado de la luz del día entrando por las rendijas de la oscura biblioteca. Sólo valiéndose de este decorado y la música, Wake-Walker es capaz de explicar la personalidad de Tatiana, que se yerge en el centro de la escena bañada por las líneas de luz dorada, sin necesidad de que tenga que explicarlo en el texto. Las luces cambiantes del segundo acto nos transportan a una verdadera discoteca, con neones de colores encenciéndose de forma intermitente delante de un “adiós” escrito en ruso (“прощай”), símbolo premonitorio de lo que está a punto de ocurrir. El último acto queda algo soso a nivel de decorado respecto a los dos primeros, lo que queda suplido con la intensidad de las intervenciones de Monsieur Triquet y Oneguin. Este último se pasea soberbio por la escena con un corazón de helio atado al cuello, que va desinflándose poco a poco, al igual que su empaque. Da la impresión de que Wake-Walker busca aquí evitar distraer al público con elementos accesorios para permitirle centrarse en la música y el drama.

Eugenio Oneguin en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck
Eugenio Oneguin en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck

En lo que respecta a las voces, éstas hacen honor a tan buena ópera. Marina Viotti, con su amplio registro vocal, da vida a una Olga alegre y traviesa. Molesta un poco el excesivo vibrato de Ekaterina Morozova, que interpreta a Tatiana, y su forma de cantar como muy atrás de la garganta. Sin embargo, cuando canta como solista casi abandona estas particularidades y lo hace magníficamente, con frases muy bien medidas, especialmente en la escena de la carta (“Puskai pogibnu ya, no pryezhde”). En la madre (Doris Lamprecht) y el aya Filípievna (Margarita Nekrasova) queda clara la solidez y precisión de la veteranía. Sin embargo, lo más destacado son sin duda las voces masculinas. Bogdan Baciu encarna a un Oneguin imponente que canta con fuerza y convicción, especialmente cuando declara a Tatiana que es un lobo solitario al final del primer acto (“Kogda bi zhizn domashnim krugom”). Pero la estrella del espectáculo es el tenor armenio Liparit Avetisyan, que hace de Lenski. La emoción y precisión con la que canta el aria “Kuda, kuda, vi udalilis” quita el aliento.

En definitiva, esta producción de la extraordinaria ópera de Chaikovski pone un buen broche final a una temporada en la OnR muy variada, en la que las estrellas han sido Werther y este Eugenio Oneguin. Un buen, aunque siempre mejorable, estreno de Eva Kleinitz al frente de la institución. Y ahora a esperar con impaciencia la temporada siguiente, que se abre con una obra perfecta para no iniciados, El barbero de Sevilla.

Julio Navarro