Falstaff en Oviedo: Verdi y Muti, pese a todo

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Escena de Falstaff en Oviedo
Escena de Falstaff en Oviedo

La presencia de Riccardo Muti dirigiendo Falstaff en Oviedo ha sido sin duda uno de los acontecimientos del verano musical en España. Y, sin embargo, una vez vista la primera de las dos representaciones que el Maestro ofrece en el Campoamor, nos queda un sabor agridulce. La magia del director se pudo disfrutar por momentos en el teatro, pero sin duda la noche se vio lastrada por un cast que no estuvo a la altura.

Muti entiende a Verdi como pocos. Procura una inusual naturalidad en el canto, y extrae todo el jugo a unos efectos orquestales que colman la partitura de esta obra maestra, con especial atención a los contrastes y el protagonismo de los instrumentos solistas. Todo esto permite que la música –interpretada por la Joven Orquesta Luigi Cherubini apoyada por un gran Coro del Teatro Municipal de Piacenza– fluyera con una inusitada facilidad, haciendo que pareciese sencilla una partitura tan compleja.

Sin embargo las intenciones del Maestro en Falstaff en Oviedo a menudo se veían diluidas por las limitaciones vocales de los solistas. Kiril Manolov como Falstaff demostró unas prometedoras dotes, sin embargo su juventud se hizo patente en una voz todavía falta de cuerpo para este rol. Eleonora Buratto en el papel de Alice pudo lucir sus cualidades líricas, y quizá fue lo mejor de la noche junto al Ford de Federico Longhi, que proporcionó uno de los grandes momentos de la noche con su monólogo del segundo acto.

Escena de Falstaff en Oviedo. Foto: Foto Alfonso
Escena de Falstaff en Oviedo. Foto: Foto Alfonso

Del cuarteto femenino, destacar a Damiana Mizzi como una Nannetta dulce y juvenil, aunque con evidentes problemas de afinación, y en general unas colocaciones excesivamente engoladas tanto en su caso como en el de Isabel De Paoli como Quickly. Anna Malavasi en el papel de Meg Page cumplió en su papel, sin excesivos alardes.

En el lado masculino, además de Ford, el Fenton de Mathias Stier también resultó algo impersonal y plano. Lírico, afinado, colocado… pero poco más, al igual que el Cajus cantado por Giorgio Trucco.

Siempre aparecían destellos, pero el reparto evidenció una excesiva juventud, y una desubicación en ocasiones alarmante, que se puso de manifiesto con entradas en falso, voces rotas y desajustes. Tampoco ayudaba una escena basada en proyecciones estáticas sobre un escenario vacío, que sobre los coloridos ropajes conseguían confundir al público, y un gusto por la sobreactuación como sinónimo de cómico que en no pocas ocasiones estaba fuera de lugar.

Afortunadamente quedaba Muti y quedaba Verdi, y la excelsa fuga final redimió (en parte) la velada, que eso sí, fue despedida con una enorme y prolongada ovación. Esperábamos más de este Falstaff en Oviedo, nos llevamos muchas cosas buenas.

Alejandro G. Villalibre