Faust en el Teatro Real. Comienzo prometedor.

195
Faust en el Teatro Real
Faust en el Teatro Real

Una de las máximas fundamentales de todo teatro lírico es comenzar con una obra que se quede en la retina de los espectadores, la típica necesidad de empezar con buen pie es una buena premisa, muy necesaria para establecer el posible éxito de una temporada. En el medio te puedes arriesgar con óperas contemporáneas pero hay que reconocer que el comienzo tiene que ser seguro. Este año, Matabosch ha programado con gran acierto el Faust de Gounod, un título susceptible de funcionar debido a su espléndida música, temática conocida y un buen grupo de cantantes; desde luego, un comienzo prometedor. 

Tras el fabuloso montaje del año pasado con El holandés errante, volvía Àlex Ollé de la Fura con una nueva propuesta para adaptar la obra de Gounod; lo bueno del mito fáustico es que admite muchas posibilidades sin que ninguna desentone demasiado, tal es el caso en esta ocasión, de corte futurista, con un investigador o doctor en informática para la figura del personaje principal, oscuridad por doquier, buena iluminación con predominio de tonos rojos y negros, alguna muestra iconoclasta y una gran dirección escénica, sobre todo para manejar los números de coro de una manera activa. Afortunadamente, uno tenía la impresión de asistir a la puesta en escena sin nada en desacorde aunque tampoco con un especial realce de la obra. 

Faust en el Teatro Real

Gran trabajo en el foso por parte de Dan Ettinger que supo captar a perfección el sentido de la obra, se notó la compenetración con la orquesta y el manejo de las dinámicas para conseguir el mayor número posible de dinámicas, desde los momentos más intimistas hasta las orgías musicales (quizá un poco estentóreas) en los momentos corales. A pesar de alguna descompensación rítmica con los cantantes, el trabajo fue más que estimable. Igualmente, las prestaciones del coro me parecieron  asombrosas, esta vez además estaba muy equilibrado por cuerdas y se notaba un trabajo razonable de la siempre difícil fonética francesa. Quizá se les puede poner el pero de cantar todo muy fuerte… hay más posibilidades de regular y no me creo que todos los números sean tres fortes. Es fácil emocionarse con esta música y no te das cuenta de subir aún más el volumen, siendo un pequeño problema ya que suele afectar directamente a la afinación. 

Esta obra, siendo realistas, necesita tres cantantes de nivel para triunfar y hay que reconocer que se consiguió con creces. El gran triunfador fue, como no podía ser de otra manera, Piotr Beczala, en un papel que (a excepción del primer acto) le viene como anillo al dedo. Hizo el esfuerzo de oscurecer y pesar la voz para su interpretación del Fausto mayor y se liberó definitivamente según rejuvenecía con el pacto con el Diablo, canta con mucho gusto, manejando a la perfección el canto legato (como hizo en su aria/cavatina Salut, demeure chaste et pure) y con unos agudos ciertamente brillantes, sin apenas vibrato, todo un lujazo para un papel omnipresente a lo largo de la representación y que, por lo tanto, requiere además una notable resistencia por la densidad orquestal. Solo cruzo dedos para que podamos seguir disfrutando de él en próximos años, es un tenor que me recuerda poderosamente a Gedda (aunque quizá su dicción francesa no fuera como la del sueco) en  estilo y clase. Marina Rebeka es una Marguerite de medios exuberantes, un torrente brutal en las notas sobreagudas y a la que no le falta buen dominio de agilidades además de saber compensar con los momentos más líricos, dibuja el papel protagonista con gran inocencia y un punto angelical totalmente acorde con lo que se le pide, quizá se le podría haber pedido un poco más de contención en algún momento pero no se le puede reprochar su generosidad.  Luca Pisaroni configuró un diablo más divertido que infernal, a excepción de sus dos últimos actos, evidentemente no puede cantar las tesituras más graves siendo barítono pero lidió con las dificultades de un papel tan particular e inclasificable, su trabajo actoral fue impecable y convincente. Buen trabajo de Serena Malfi en el confiado e inocente Siébel, lo mismo se puede decir de Stéphane Degout como Valentin e Isaac Galán como Wagner. Destacable Marthe por parte de Sylbie Brunet-Grupposo. 

Excepcional velada, un comienzo prometedor para una nueva temporada en el Teatro Real, veremos si las siguientes producciones siguen esta senda. El público, ayer, braveó sin complejos. 

Mariano Hortal