Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid: Quilates barrocos en San Miguel

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Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid Por Germán García Tomás

Pese a todas las dificultades sanitarias y económicas que nos rodean, el 30º Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid ha sido rescatado en una edición de otoño que reprograma gran parte de los conciertos inicialmente previstos para marzo, concretamente 15 citas centradas exclusivamente en la música antigua y con la Basílica Pontificia de San Miguel como marco histórico y artístico incomparable para la celebración de los mismos.

José Antonio Montaño, al frente del conjunto La Madrileña, se presentaron en el 30o. Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid
José Antonio Montaño, al frente del conjunto La Madrileña, presentes en el 30o. Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid.

Pese a las obligadas limitaciones de aforo que llevan a cubrir libremente tan sólo un tercio de la capacidad de este recogido templo dieciochesco de la Calle de San Justo, en pleno Madrid de los Austrias, ha sido ilusionante la recuperación de un festival de música con enorme solera en la capital española, que en las últimas ediciones ha ampliado el tradicional campo de la música sacra para abarcar otros estilos e inquietudes musicales que siempre oscilaban en torno a la espiritualidad y las diferentes acepciones de lo sacro. En esta ocasión, y bajo el epígrafe “Música que ni imaginas”, la experimentación más vanguardista de otros años ha tenido que verse sacrificada en favor de algunos de los numerosos grupos de música renacentista y barroca de los que en España disponemos, una abundante cantera que a buen seguro envidian muchos países. La encargada para inaugurar el festival ha sido una invitada ya habitual, La Madrileña, una jovencísima y refinada formación con instrumentos originales fundada hace tan sólo cuatro años por el director José Antonio Montaño, que ha contado aquí con 14 de sus talentosos miembros, distribuidos en violines a 3/3, violas a 2, dos chelos, contrabajo, clave y órgano para el continuo, así como la adición de dos traversos barrocos. Es La Madrileña una agrupación comprometida con la recuperación del patrimonio musical hispano del XVIII, como atestigua su grabación del Oficio y Misa de difuntos de José de Nebra, escrito para las exequias de la reina Bárbara de Braganza, y que tuvimos la oportunidad de reseñar aquí.

José Antonio Montaño y la orquesta La Madrileña en una imágen de archivo
José Antonio Montaño y la orquesta La Madrileña en una imágen de archivo

Precisamente, este concierto inaugural contó con la participación de una de nuestras mejores cantantes en el repertorio barroco que ha interpretado como ninguna otra, convirtiéndose en auténtica especialista, las cantadas de José de Nebra y otros compositores de la Ilustración española, la soprano María Espada, que venía a obsequiarnos con su privilegiada voz, tras la primera toma de contacto de la orquesta con la Sonata a 4 “Al Santo Sepulcro” de Antonio Vivaldi, donde de entrada pudimos apreciar el sonido empastado y de gran pulcritud de las cuerdas. Un ejercicio de calentamiento que derivó en la mayor complejidad de la Suite para orquesta nº 2 de Johann Sebastian Bach, con Antonio Campillo como solista de flauta, instrumento escasamente percibido con nitidez en los primeros números de la suite, percibiéndose integrado en todo momento en un entramado orquestal cuya reverberación potenciaban las galerías de la basílica creando un efecto de gran belleza y solemnidad. Flexible articulación y viveza rítmica la que Montaño imprimió a sus colaboradores con una contrastada alternancia de tempi en la Ouverture, y que culminó en las tres piezas últimas con un lucido virtuosismo por parte de Campillo, cuya madera sonó más rutilante y timbrada en la Polonaise y el Menuet, colocando graciosamente trinos y cadencias en la célebre Badinerie, llevada a pujante ritmo por Montaño.

María Espada comenzó su actuación con dos piezas de Nebra, el aria «Parce mihi Domine» de su aludido Réquiem de 1758 para la reina Borbón, que concluye de forma suspendida, sin resolver el acorde, y la Lamentación II de Miércoles Santo, dos expresivos ejemplos de retórica barroca fúnebre, mucho más interesante el primero de ellos por su conexión con las formas oratoriales y por la extrovertida belleza melódica. En ambas mostró la soprano cacereña su refinado canto, con impecables melismas y un control soberbio de la afinación y el vibrato. Todo ello lo demostró más aún si cabe, en una de esas interpretaciones para el recuerdo, de la Cantata BWV 82a, “Ich habe genug” de Bach, escrita para la Fiesta de la Purificación de la Virgen del 2 de febrero, y que conecta con el aspecto fúnebre de las obras anteriores de Nebra, pues la cantata alude al episodio bíblico del anciano ciego Simeón, y cuyo texto parafrasea las famosas palabras del Nunc dimitis: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

La versión original de la cantata es para barítono o bajo, pero en este caso se ofreció la segunda versión que realizó el Kantor de Santo Tomás para voz femenina de soprano (incluida en el segundo Klavierbüchlein de Anna Magdalena), y el solo obbligato de oboe del hermoso aria inicial es sustituido por el de la flauta, que aquí tocó Liza Patrón, acompañando además en carácter de ripieno la ejecución de las otras dos arias. Bajo el ligero sostén de las cuerdas, Espada destinó lo mejor de la velada enhebrando unas líneas de una sublime exquisitez y finura en las dos grandes arias lentas de la cantata, con matices susurrantes y acentos enfáticos (con pianissimi de muchísimos quilates para “Schlummert ein”), y marcando un medido dramatismo a los dos brevísimos recitativos secos. Su dulcísimo canto, que no abandonaba nunca el tono devocional, cortaba el silencio de la basílica como una navaja bien afilada. Seda de finísimo hilo que se expandía por entre las bóvedas para regocijo de los presentes. El último aria de la BWV 82 destaca por su acusado canto melismático, que la soprano extremeña acometió con esmerado trazo ajeno a todo artificio virtuosístico para después obsequiar al respetable con otra excelsa versión de “Blute nur” de la Pasión según San Mateo. Emocionante colofón para un primer concierto que inaugura por todo lo alto este festival señero en Madrid y cuyo carácter íntimo y espiritual bien hace falta en estos tiempos de pandemia.