Formidable recital de Javier Camarena en Málaga

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Javier Camarena
Javier Camarena

No todos los días se tiene la oportunidad de disfrutar de uno de los tenores de primera fila en los escenarios fuera del circuito que forman la Statsoper de Viena, la Bayerische Staastsoper de Múnich o, por ejemplo, el MET de Nueva York. Y es que Javier Camarena, en Málaga, supo brillar en el escenario de principio a fin, con una naturalidad desbordante que atrapó a la platea desde el primer momento. Nos llena de satisfacción ver cómo primeras figuras de la ópera se acercan a las periferias y además, tal y como ocurrió, dan lo mejor de sí mismos.

Desde su primera aparición en escena, el mexicano logró meterse al público en el bolsillo confesando su estado convaleciente y explicando la infección de los ganglios y la irritación de las mucosas que sufría y que habrían de afectar al desarrollo del recital, y que haría todo lo posible para concluir con éxito. Sin embargo, poco, o prácticamente nada, se percibieron las dificultades en los fragmentos escogidos de I Capuleti e i Montecchi (1830), de V. Bellini; de Ricardo e Zoraida (1828), de G. Rossini, o el conocido Ah! Mes Amis, quel jour de fête!, de La hija del regimiento (1840), de G. Donizetti.

El recital de Javier Camarena en el teatro Cervantes supone la segunda parada de la temporada Lírica en el teatro azul de Málaga, tras el éxito de su inicio con Fidelio y que continuará con las representaciones de La Favorita, La casa de Bernarda Alba y El Barbero de Sevilla. En esta ocasión, se desgranaban varias Arias entre las que se intercalaban las Oberturas de I Capuleti e i Montecchi (1830), de V. Bellini; La gazza ladra (1817), de G. Rossini y Adelia (1841), de G. Donizzetti; donde el tenor aprovechaba para darle un descanso a su maltrecha voz y acrecentaba el deseo del público para volverlo a escuchar en escena.

Las Oberturas, estupendas piezas muy teatrales, confirmaban el buen hacer de la Orquesta Filarmónica de Málaga, dirigida por Iván López-Reynoso. El joven director acompaña regularmente a Javier Camarena en sus giras y ha recibido el premio trienal Diego Rivera 2018 por su contribución a las Artes en su país.

El recital comenzó con È serbato a questo acciaro… L´amo tanto, e m´è si cara… de I Capuleti e i Montecchi (1830), de Bellini y Più dubitar mi fan… Là dai regni dell`ombra… de Giulietta e Romeo (1796), de N. Zingarelli, en las que Camarena maravilla con su musicalidad, su enorme agilidad vocal y su virtuosismo en los agudos y en los sobreagudos; dejando claro que las limitaciones médicas no iban a suponer un mínimo obstáculo en la interpretación de la noche. El tenor despliega una factura impecable en la ejecución, con timbre cálido y sin estridencias en el cambio para los agudos.

Cerraba la primera parte, con las arias S´ella m´è ognor fedele… Quai sarà mai la gioia… de Ricciardo e Zoraide (1828), y Si, ritrovarla io giuro… de La Cenerentola (1817), ambas de Rossini. Esta última la ofreció en bis en la Metropolitan Ópera House de Nueva York y que lo alzaría al estrellato operístico, al ser uno de los pocos cantantes en realizar tamaña proeza en los últimos setenta años.

En la segunda parte, Camarena interpretó Mais je voi-je, une lyre!… Vous dont l´image toujours chère, de La mort du Tasse, del español Manuel García, uno de los personajes más influyentes de la ópera del siglo XIX, como compositor, tenor predilecto de Rossini y maestro del bel canto. La dificultad de la pieza reside en la gran delicadeza necesaria a la hora de interpretarla, con solos de arpa y trompa. Así como la siguiente: Vainement, ma bien-aimée, de Le roí D´Ys (1888), de E. Lalo, otro tipo de arias menos explosivas y que el interprete debe llevar caminando desde el piano hasta los diminuendos.

El colofón final del recital llegó con las populares La maîtresse du roí?… Ange si pur, de La favorita (1840), y Ah! mes Amis, quel jour de fête!, de La hija del regimiento (1840), ambas del maestro Donizetti, donde Camarena volvió a desplegar la amplitud de sus recursos vocales para revelarse más cautivador aun. Un Legato expresivo para servir al maestro italiano. Dejó al público literalmente boquiabierto.

Finalmente, ante el público entregado y tras largos minutos de atronadores aplausos, el tenor agradecido, y pese a su condición médica, ofreció tres bises magistrales: Malagueña salerosa, cuya versión más conocida es la de Elpidio Ramírez. Sin embargo, este huapango (canción popular mexicana) se inspiró en ‘La Malagueña’ del compositor Ernesto Lecuona, para crear su Suite Andalucía y que describe la belleza de las mujeres de Málaga. El tenor exhibió su talento en los agudos y su increíble potencia, incluso con sus capacidades mermadas.

El segundo bis fue Contigo en la distancia, un bolero escrito por el cantautor cubano César Portillo de La Luz; y popularizado por el cantante Luis Miguel, y que también llegó a interpretar Plácido Domingo.

Por último, el tenor ofreció al público elegir su último bis: Flor roja o No puede ser, que el público escogió masivamente (por cierto, de nuevo en el repertorio del gran tenor español). El mexicano dio lo mejor de sí mismo para cerrar una noche mágica, portentosa, de esas que ocurren sólo de poco a poco en nuestro teatro de la capital de la Costa del Sol.

Andrés Sánchez Miranda