Crítica: Gala lírica en Oviedo con Plácido Domingo

OW  Por Pablo Álvarez Siana

Nada menos que cuarenta y ocho años después de su última actuación en Oviedo, el legendario Plácido Domingo —Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1991 y actual director artístico de la Accademia Pucciniana— regresaba a la capital asturiana este frío sábado 10 de enero para protagonizar una gala extraordinaria en un Auditorio Príncipe Felipe rendido, con todo vendido desde hacía semanas, que lo vitoreó durante toda la velada.

Plácido Domingo en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo / Foto: Pablo Piquero

Y es que el músico madrileño, que el próximo día 21 cumplirá 85 eneros, sigue siendo el mejor embajador de nuestra lírica y un reclamo imbatible para llenar cualquier recital, más aún cuando se rodea de grandes voces de la “penúltima generación”, como la soprano mañica —y mierense de adopción— Sabina Puértolas (1973) y el tenor jerezano Ismael Jordi (1973). Ambos brillaron tanto en solitario como en los dúos junto al maestro Domingo, dentro de un programa inteligentemente armado por el ovetense Óliver Díaz (1972) al frente de una Oviedo Filarmonía (OFIL) que se ha convertido en un referente indiscutible de la vida musical asturiana, tanto en el foso del Campoamor como en el auditorio de la capital.

En palabras del propio artista recogidas en la prensa regional: «Regresar a Oviedo después de tantos años me produce una gran emoción. Esta ciudad ocupa un lugar muy especial en mí y me trae recuerdos memorables de los inicios de mi trayectoria artística en España. Estoy feliz de volver en este momento de mi vida». En 1977 cantaría Tosca y Andrea Chénier, entonces tenor “in crescendo”. No hace falta recordar una carrera que ha ido amoldándose a una voz siempre reconocible, aunque los años la llevaran a la cuerda de barítono. Hoy, esa longeva trayectoria le ha proporcionado todos los recursos y trucos necesarios para seguir en activo, adaptando las partituras a su actual —y envidiable— estado físico, utilizándolas en el atril sin menoscabo de una musicalidad y un gusto intactos, tanto en la ópera como en la zarzuela. No fue casual que su primera aria fuese “Nemico della patria”, prueba clara de ese tránsito de tenor a barítono, siempre arropado por una OFIL respetuosa y magníficamente conducida por un Díaz que la entiende como pocos. La velada se había abierto con la obertura verdiana de Nabucco, página ideal para testar a una orquesta siempre compacta, de sonoridades ricas y secciones equilibradas, con Marina Gurdzhiya como concertino y el arpa impecable de José Antonio Domené, imprescindible en estos repertorios.

Sabina Puértolas y Plácido Domingo en Oviedo / Foto: Pablo Piquero

La primera parte, dedicada a la ópera, fue alternando arias de soprano y tenor con un Plácido verdiano, además de dos dúos con cada uno de ellos. Puértolas apareció en estado de gracia con “Mercè, dilette amiche” (I vespri siciliani), impecable en agilidades cristalinas y entrega total. Jordi, por su parte, firmó un Werther capaz de hacernos olvidar a Kraus con un “Pourquoi me réveiller” ejemplar en dicción, matices, color e interpretación. Domingo abordó el Macbeth (“Perfidi!… Pietà, rispetto, amore”) capeando el temporal, pero emocionando gracias a su oficio y tablas. En los dúos, empaste ideal con Ismael Jordi en “Au fond du temple saint” (Los pescadores de perlas), otro rol krausiano que el andaluz bordó, y un vibrante “Udiste?… Mira, di acerbe lagrime” (Il trovatore) junto a Sabina Puértolas, que cerró por todo lo alto una primera parte de muchos quilates, precedida por una famosísima obertura de Carmen donde Díaz llevó a la OFIL como buen diestro, de naturales sin engaño.

La zarzuela goza también en Oviedo del mimo y respeto de una afición exigente y conocedora. El intermedio completo de La leyenda del beso sonó íntegro, sin recortes, luciendo el arpa virtuosa que abre esta página de Soutullo y Vert. “La aldea” de Domingo no levantó el vuelo como en versiones históricas ni brilló con el esmalte de otros barítonos, pero escucharla, aunque bajada de tono, sigue emocionando: son romanzas heredadas de abuelos y padres, casi parte del ADN musical de varias generaciones. Algo similar ocurrió con “Amor, vida de mi vida”, que ha perdido parte del encanto de antaño, pero sigue siendo una seña de identidad de la “segunda etapa” del madrileño.

Ismael Jordi y Plácido Domingo en Oviedo / Foto: Pablo Piquero

Antes, Ismael Jordi emocionó con la romanza de Doña Francisquita (“Por el humo se sabe dónde está el fuego”), ejemplar por medias voces, fraseo, línea de canto y agudos precisos, mostrando un estado vocal impecable. Y fue un auténtico primor Sabina Puértolas en feliz complicidad con batuta y orquesta en El barbero de Sevilla de Giménez —tras sonar también el intermedio de La boda de Luis Alonso—, desplegando un virtuosismo que hace fácil lo difícil, con dominio técnico, graves más asentados y una presencia escénica absoluta, reforzada por su coquetería y el rojo pasión de su vestuario. Los dúos devolvieron el empaste perfecto y el magisterio de Domingo: primero con Jordi en una Marina de salitre vocal y emoción compartida (“Se fue, se fue la ingrata”), y después con el regreso de Puértolas para un Manojo de rosas brillante y chulapón, mezcla ideal de veteranía y juventud, que evocó memorables funciones del Campoamor dignas de haber quedado fijadas en disco. El directo, siempre irrepetible, y la sensación de estar asistiendo a una despedida de un Plácido Domingo que se resiste a cortarse la coleta.

Las propinas conformaron casi una tercera parte. Comenzó La tabernera del puerto, con un “No puede ser” más dramatizado que cantado, bien arropado por la OFIL y Díaz; siguieron unas Carceleras de Chapí impactantes, con una Puértolas que jugó con músicos y público en todos los registros vocales y escénicos; y un “Adiós Granada” (Emigrantes) profundamente jondo de Ismael Jordi, romanza que han popularizado Kraus y Domingo, y que el jerezano bordó de principio a fin con una OFIL versátil y brillante.

Aún quedaba rematar la faena con Soleá y dos Rafaelillos, el célebre pasodoble de Penella, un Gato Montés a tres que evocó inevitablemente a Los Tres Tenores, con Domingo como maestro de ceremonias, cual diestro que se despedía en la plaza ovetense —sin cortarse la coleta— dando la alternativa a Puértolas y Jordi. Larga vida a Plácido Domingo y a nuestra lírica.


Oviedo (Auditorio Príncipe Felipe), sábado 10 de enero. “Gala Lírica” con Plácido Domingo (barítono), Ismael Jordi (tenor), Sabina Puértolas (soprano), Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). Con la colaboración de la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y el patrocinio de Riesco Abogados y Grupo Resnova.