Giovanna d’Arco en el Teatro Real: belcanto y veteranía

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Giovanna d’Arco en el Teatro Real
Giovanna d’Arco en el Teatro Real

Fiel a su cita madrileña anual, Plácido Domingo se ha presentado en el Teatro Real con uno de los papeles verdianos que ha incorporado a su repertorio como barítono y que cantó por primera vez en el Festival de Salzburgo en 2013, de lo que existe una memorable grabación en Deutsche Grammophon junto a Anna Netrebko y Francesco Meli: el Giacomo de la ópera Giovanna d’Arco (1845). De esta forma despide oficialmente el coliseo lírico madrileño su temporada, con tres únicas funciones en versión de concierto del séptimo título del compositor de Busetto junto a las representaciones de su Il trovatore.

Al margen de la magnífica música de este Verdi de galeras, que ya anuncia aquí sus mejores momentos operísticos del futuro en un manejo experto de los recursos del melodrama italiano heredados de Donizetti, siempre se ha comentado lo endeble del libreto de Temistocle Solera, una discreta adaptación de Die Jungfrau von Orleans de Friedrich Schiller, y su escasa vistosidad para la escena, con muchos momentos bélicos y de carácter sobrenatural, por lo que es más habitual presenciar este título que exalta la figura de la doncella de Orleans en versiones de concierto, con el riesgo de que la función no llegue a buen puerto si no se cuenta con tres cantantes solventes. Los hubo en esta noche, la segunda de las funciones presenciadas. 

Domingo, a sus venerables 78 años, es aún capaz de obrar el milagro como experto veterano en estas lides, pues consigue más que convencer con su forma de cantar, como lo demostró ya desde el breve y tormentoso recitativo del prólogo, “Gelo, terror m’invade”, donde dio sobradas muestras de sus grandes dotes de animal de teatro. La voz, hay que reconocerlo, sigue sin poseer el color de un barítono ortodoxo, y los destellos de su recordada y celebrada cuerda de tenor de antaño afloran sin cesar a la superficie durante su canto, que no mantiene siempre una plena homogeneidad tímbrica. Sin tener en cuenta estas consideraciones, es obligado maravillarse ante la intención y la manera de cómo afronta páginas como el aria “Speme al vecchio era una figlia”. Es 100% Plácido Domingo, su estilo genuino ajeno a comparaciones de ningún tipo.

Por su parte, el tenor americano Michael Fabiano como el rey de Francia Carlo VII demostró amplios avales en una completa adecuación vocal al personaje, luciendo con holgura su agraciado timbre de lírico en su scena inicial como en los espléndidos dúos y tercetos que tiene destinados junto a Giovanna y Giacomo. Por último, el exigente y más extenso papel titular tuvo en Carmen Giannattasio a una más que digna defensora. La soprano italiana posee unos estupendos mimbres: un centro muy atractivo y un penetrante registro agudo con agilidades que le permite enfrentarse con bastante facilidad a los múltiples recovecos de su parte, tanto en los momentos más intimistas en solitario (“Sempre all’alba” y especialmente, el hermoso aria “O fatidica foresta”) como en los grupales. Fue la suya una muy atrayente caracterización en el plano psicológico y canoro del personaje de Juana de Arco, revestida de coraje y autodeterminación, que no le impedía destinar medias voces a la hora de conferir mayor expresividad a su línea de canto. Anecdótico resultó el despliegue de vestuario que exhibió a lo largo de la velada. Al lado de los tres cantantes principales existen otros dos personajes masculinos de cometidos circunstanciales, y en ellos tanto Moisés Marín como Delil y Fernando Radó como Talbot cumplen satisfactoriamente.

El coro, como siempre en estas primeras obras verdianas, adquiere un papel fundamental durante toda la ópera, y el Titular del Teatro tuvo instantes en abundancia ya desde el comienzo para demostrar su talentosa desenvoltura vocal. Todo se sostenía desde el foso, donde brilló la majestuosa labor de James Conlon, que aprovechó todos los momentos de lucimiento de la orquesta, con una obertura modélica, llena de vitalismo y poesía sonora en el viento madera, uniendo su sensacional faceta como concertador en los finales de acto, siendo el del tercer y último acto de lo más espectacular de su dirección. Una noche musical, sin duda, para recordar, y no sólo por Domingo, al que ya esperamos el próximo año para su doblete en los escenarios madrileños cantando Luisa Fernanda en la Zarzuela y La traviata en el Real.

Germán García Tomás