Gran Otello de Thielemann, lastrado por la producción y el reparto

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Otello de Thielemann. Foto:  Forster
Otello de Thielemann. Foto: Forster

Como decía ayer, este Otello era el motivo fundamental del viaje a Dresde, ya que no son muchas las ocasiones que uno tiene de ver dirigir a Christian Thielemann una ópera de Giuseppe Verdi y más interés todavía si se trata de Otello. La verdad es que musicalmente las expectativas se han visto plenamente cumplidas, aunque ni la producción escénica ni el reparto vocal han estado a la altura de esta brillante versión musical, aunque hay que reconocer que las cancelaciones obligadas de dos de los tres principales personajes son un obstáculo difícil de superar para cualquier teatro de opera.

Así pues, habrá que empezar por referirse al auténtico atractivo de este Otello, que no era otro que la dirección de Christian Thielemann. Seguramente, mis amigos conocen que tengo una especial admiración por Christian Thielemann y Kirill Petrenko en la ópera alemana, pero no han sido muchas las oportunidades de verles dirigir ópera italiana. De hecho, creo que es la primera vez que veo en el foso de un teatro de ópera a Thielemann dirigiendo una ópera de Verdi. La verdad es que la experiencia ha sido muy positiva, como para justificar por sí sola el viaje a Dresde. Lo que hemos podidos gozar con el sonido que salía del foso de la Semperoper es de lo que uno no se olvida fácilmente. Sus tiempos fueron siempre vivos, no acelerados, y muy adecuados. Ante una versión como la que nos ocupa, uno se da cuenta de la enorme importancia musical del Otello de Verdi. Tuve la suerte de poder ocupar una localidad en primera fila del segundo piso con una visión perfecta sobre Thielemann. Pocas veces he disfrutado tanto con una dirección y pocas veces he podido escuchar un sonido orquestal como el que nos ha ofrecido la Sächsiche Staatskapelle Dresden a sus órdenes. También hay que destacar la actuación del Sächsicher Staatsopernchor Dresden.

En buena parte esta representación – en su vertiente musical – puede recordar por su brillantez al Lohengrin de la pasada primavera. Lamentablemente, el reparto vocal no ha estado a la altura de una ocasión tan excepcional, aunque hay que reconocer que las circunstancias de las cancelaciones son lamentables, especialmente desde una perspectiva simplemente humana, sin entrar en consideraciones artísticas.

Efectivamente, el reparto anunciado inicialmente ofrecía la presencia del tenor sudafricano Johan Botha en el personaje de Otello y la del barítono ruso Dmitri Hvorotovski en la del malvado Iago. Lamentablemente, el primero falleció el pasado mes de Septiembre, tras una corta lucha con el cáncer, y el segundo ha tenido que cancelar sus compromisos para centrarse en el tratamiento del cáncer que está padeciendo. Nunca las sustituciones son fáciles, especialmente si se trata de figuras de primer orden como las señaladas, pero a esto hay que añadir además las circunstancias mencionadas, que las hacen todavía más dolorosas.

Finalmente, fue el tenor americano Stephen Gould el protagonista. Estamos ante posiblemente el mejor Sigfrido, Tannhäuser o Tristán de la actualidad, no siendo muy extrañas sus apariciones en el repertorio italiano. Si Stephen Gould brilla con luz propia en las óperas de Wagner, con un canto poderoso y adecuado, no ocurre lo mismo con Verdi. Su Otello fue poderoso, pero más bien vociferante, un tanto corto de expresividad y dejado en evidencia en las notas altas, donde el LA le creaba serios problemas. No es que no tenga la nota, sino que su canto de fuerza le pasó factura en varias ocasiones. Ya en Esultate la cosa no fue la esperada y lo mismo podemos decir de sus monólogos, que resultaron forzados en muchos casos, especialmente en Dio mi potevi scagliar. Es verdad que tampoco la producción le ayudaba mucho.

La soprano alemana Dorothea Röschmann es una de las más reconocidas sopranos mozartianas de la actualidad, cuyas apariciones en el repertorio verdiano son muy escasas, habiendo debutado en el personaje de Desdémona en el Festival de Pascua de Salzburgo el año pasado y precisamente con esta misma producción. La alemana no tiene problemas mientras la tesitura anda por el centro, con una voz atractiva y bien manejada, pero, a diferencia, de lo que ocurre con sus personajes mozartianos, aquí tiene que ascender a zonas más agudas y su voz ahí resulta claramente estridente, con sonidos abiertos en más de una ocasión.

El barítono polaco Andrzej Dobber fue el sustituto de Dmitri Hvorotovski y su actuación como Iago fue solvente escénicamente, aunque vocalmente no ofrece ningún brillo especial. A su voz se le echa en falta una mayor calidad y eso que se suele llamar italianidad, que no es fácil de definir, pero que los buenos aficionados saben distinguir siempre.

Otello de Thielemann. Foto:  Forster
Otello de Thielemann. Foto: Forster

En los personajes secundarios Antonio Poli fue un correcto Cassio, sin brillo particular. Georg Zeppenfeld fue un auténtico lujo en la parte de Ludovico. Casi lo mismo se puede decir de Christa Mayer en la parte de Emilia. Finalmente, Robin Yujoong Kim fue un adecuado Rodrigo, Martin–Jan Nijhov un sonoro Montano y Alexandros Stavrakakis un adecuado Heraldo.

La producción escénica lleva la firma del francés Vincent Boussard y es una coproducción del Festival de Pascua de Salzburgo y la Ópera de Dresde. A mi me ha resultado bastante decepcionante, más bien corta de vida en escena, escasa de dirección de actores y, especialmente de masas, de las que saca un corto partido. Como aportación está la presencia continua del Ángel de la Muerte en escena, aunque tampoco es que aporte mucho. La escenografía de Vincent Lemaire es de corte minimalista, con paredes desnudas y algunos elementos de atrezzo, que molestan en ocasiones, como ocurre con la gran mesa llena de velas del segundo acto. Las escenas en las habitaciones de Desdémona (dúo de amor del primer acto y escena final) se desarrollan en un muy reducido cubículo, donde no pueden moverse los cantantes. El vestuario de Christian Lacroix, más allá de los modelos con los que viste al coro, mezcla épocas de manera notable, con los protagonistas con indumentaria de fines del XIX y los integrantes del coro con golilla. Lo mejor de la producción es la labor de iluminación de Guido Levi, aprovechando bien el ambiente nocturno en que se mueve siempre la producción.

Mas allá de narrar la historia, la producción no tiene interés, resultando absurda la escena final, en la que, tras ser ahogada Desdémona, se levanta y se va, cantando Otello lo de Un bacio ancora sin que se sepa a quién. En resumen, una producción ayuna de interés.

La Semperoper ofrecía una entrada algo superior al 85 % de su aforo, lo que nunca me había ocurrido con Thielemann en el foso. El público no se mostró particularmente entusiasmado con los artistas en los saludos finales, siendo las mayores ovaciones para Thielemann y la Staatskapelle.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 2 horas y 41 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 13 minutos, es decir 12 y 10 minutos más rápida que la de Zubin Mehta en Valencia y la de Yannick Nezet Seguin el año pasado en el Metropolitan. Ocho minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 140 euros, habiendo butacas de platea desde 109 euros. La localidad mas barata costaba 55 euros.

José M. Irurzun