Gregorio Marañon: «La polémica acompaña siempre a la mejor ópera»

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Gregorio Marañon: «La polémica acompaña siempre a la mejor ópera»

Gregorio Marañón, ante una foto de José Manuel Ballester del Teatro Real desde el escenario

—Mortier fue y al parecer sigue siendo su gran apuesta para el Teatro Real. ¿Ha entendido él a Madrid y, sobre todo, le ha entendido Madrid a él?

 —El acuerdo de contratar a Gerard Mortier se tomó por unanimidad y ha constituido un extraordinario acierto. Ha mejorado decididamente la calidad de nuestra orquesta y ha formado un nuevo coro que es uno de los mejores de Europa. La producción artística cuesta ahora un 20% menos que en la etapa anterior, en la temporada actual la ocupación media supera el 90%, y el Real se ha abierto a nuevos públicos y a los jóvenes. Con todo ello, el Teatro Real se ha convertido en la Ópera de referencia nacional, con un proyecto de dimensiones internacionales, capaz de atraer a directores y cantantes de primer nivel.

 Es cierto que una parte del público está en contra, en parte por prejuicios que poco a poco se van venciendo. Respeto plenamente su postura, y debemos tenerla en cuenta, pero creo que responde a las mismas motivaciones que llevaron a rechazar, con una escandalosa protesta, el estreno en Italia de «La Traviata» o las óperas de Wagner a principios del siglo XX. En estos trances, la última palabra la tiene el tiempo.

 —Ópera de vanguardia para un público que todavía está en formación, u ópera clásica para contentar a los melómanos eternamente abonados. ¿En qué medida ha aplicado sus conocidas dotes como mediador para lograr un equilibrio entre tradición y modernidad?

 Mortier, que tiene un inteligente sentido dialéctico, a veces resulta provocador

—En cualquier caso, la próxima temporada es excelente y ofrece ese deseable equilibro entre tradición y modernidad. La polémica es vivificante, y ha acompañado siempre a la mejor ópera. Lo peor es el aburrimiento y la insignificancia. Mortier, que tiene un inteligente sentido dialéctico, a veces resulta provocador. Si a esto unimos alguna imprecisión en el uso del español por su parte, y por la nuestra ese sentido del honor calderoniano que aún nos caracteriza, sobre todo ante un extranjero, el incidente está servido. En lo que puedo, intento siempre desactivarlo.

 —¿Cómo va la captación de fondos entre las empresas para tapar los descubiertos de la financiación pública del Real que parece haberse ido para no volver? ¿Qué les ofrece a cambio de su entusiasmo financiero por la alta cultura?

 —La presencia de la sociedad civil en el Teatro Real es muy importante, sin que ello afecte al carácter público de nuestra institución. No existe ningún teatro de referencia en Europa que sólo cuente con un 30% de aportaciones públicas. También pienso que es el límite de nuestra sostenibilidad. Las aportaciones privadas equivalen hoy a las públicas. Constituyen una ejemplar y generosa respuesta de nuestros empresarios en defensa de una institución cultural que consideran necesaria. El resto son ingresos que genera el propio teatro. Este patrocinio privado viene atraído por el prestigio del Teatro Real, que es la primera institución cultural española en el ámbito de las artes escénicas y musicales; por la ambición de nuestro proyecto artístico; y porque en el Teatro Real la sociedad civil encuentra también el debido cauce de participación.

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