Guillaume Tell. Rossini. Bruselas

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Antes de tomar la batuta para dirigir a la orquesta titular del Teatro Real de La Monnaie, el maestro italiano Evelino Pidó se dirigió al público para pedir un minuto de silencio por la muerte del que había sido por diez años (1981-1991) el director artístico de la ópera de Bruselas. Gerard Mortier. Muchos de los asistentes no conocían aún la noticia, y un lamento callado recorrió los palcos. Después no hubo aplausos, tan sólo una tensa ausencia hasta que empezaron a sonar las primeras notas en el chelo.

Se representaba, en versión de concierto, Guillermo Tell (París, 1829). Se trata de una ópera larga, de tradición francesa, en cuatro actos, con obertura y dos ballets. Fue la última ópera que compuso Rossini antes de su retiro. Es una obra de singular belleza pese al predominio de los tonos graves y sombríos, y la escasez de páginas para cantante solista. La partitura pide un coro fino y compacto, con personalidad, que sepa cantar con ira y con esperanza, según el caso. Guillermo Tell es, con su temática libertaria y belicosa, una obra precursora del Nabucco verdiano, que tanta repercusión social tuvo para el Risorgimento italiano. Aquí la obra de Rossini canta con brío a la libertad, y pone el destino de un pueblo y su corazón en el filo de la espada (o más apropiadamente, en la punta de la flecha). Se canta también al amor imposible, y al amor filial, con la delicadeza de una música eterna. Y así, en esa tensión entre la libertad colectiva y las relaciones personales, se descubre al mejor Rossini.

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La obra fue servida con seguridad y detalle por Evelino Pidó, que se mostró compasivo con los cantantes (pedía moderación en el aria para tenor ‘Asile Héréditaire’). Sin embargo, no escatimó en recursos en los numerosos tableaux, como en el potentísimo final de segundo acto, en el ensemble del tercer acto, o en un sublime finale del acto cuarto.

El papel titular fue interpretado por el barítono italiano Nicola Alaimo, que mostró una fortaleza vocal envidiable y, aunque no pudo aportar toda la oscuridad que se le pide canónicamente al ballestero caudillo, disfrutamos de una voz de amplio registro, de emisión siempre limpia y amable. Su intervención en Sois Immobile, donde se despide de su hijo antes de lanzar su famosa flecha, satisfizo a los más exigentes, por la musicalidad y delicadeza de su canto legato y su empaste con el sonido de la orquesta de La Monnaie.

Le dio la réplica el tenor Michael Spyres como Arnold, con una voz de gran elegancia, aunque menos resistente. Tiene mucho metal en la garganta el americano. Su línea, siempre afinada, suena añeja, casi historicista, pues sus agudos, colocados siempre muy arriba, suenan muy de cabeza, afalsetados a veces. Fue precisamente durante las representaciones de Guillermo Tell en París cuando Gilbert Duprez cantó por vez primera el do de pecho, es decir, el do sobreagudo con voz plena, sin emitir el sonido en falsetto. El público de Bruselas celebró las intervenciones de Spyres, que dotó de enjundia y elegancia a un personaje que requiere una solidez vocal en el agudo a prueba de bombas, pese al evidente cansancio que acusó al final de la ópera. Pese a ello, sonó muy bien y resultó emocionante su interpretación.

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Marco Spotti puso su garganta rotunda al servicio de Walter Furst, y demostró que domina el estilo, y que es una apuesta segura para estos papeles, incluso para otros de más peso.

En la parte femenina el público disfrutó de un trío de damas. Nora Gubisch (Hedwige) cumplió con su voz mate y ancha. Pese a comenzar algo plana en lo interpretativo, se fue creciendo a partir del segundo acto, contagiada por sus compañeros. Ilse Eerens interpretó al joven Jemmy, el hijo de Guillermo Tell, que soporta sobre su cabeza la manzana famosa. Tiene una voz pequeña la belga, lo que le va muy bien al papel, que asciende con soltura a la zona aguda, donde desarrolla lo mejor de su arte, con una emisión prístina y un sonido sabroso. La soprano albanesa Ermonela Jaho derrochó entusiasmo e intención, con un cantar enfático y detallista, muy actoral, si bien su voz se estrecha de manera acusada en el agudo, donde pierde brillo. No obstante, interpretó a Mathilde con gran inteligencia estilística, sacándole un partido sorprendente a su instrumento.

Hubo química sobre el escenario de La Monnaie. Las cosas salían y la complicidad entre los intérpretes era evidente. El resultado final fue una interpretación  de gran calidad, equilibrada y entusiasta, premiada por el público con más de diez minutos de ovación.

Más de cuatro horas y media después de que se guardara silencio por Gerard Mortier, de las arpas llegaba un sonido celestial: era la libertad que descendía triunfal al encuentro del pueblo helvecio. Era el mismo espíritu que se aparece también al final de Fidelio, el mismo que enciende inexplicablemente una extraña llama en el interior del que escucha. De esa manera se despidió Rossini del público de ópera, poniendo en contacto el mundo celestial con los anhelos humanos, a través del puente genial y riquísimo que tendió con su música. Un canto al amor, y a la libertad.

Guillermo Tell (versión original francesa en concierto). Teatro Real de La Monnaie, Bruselas.  Evelino Pidò (director de orquesta) Martino Faggiani(director del coro) Nicola Alaimo (Guillermo Tell) Nora Gubisch (Hedwige) Ilse Eerens (Jemmy) Ermonela Jaho (Mathilde) Michael Spyres (Arnold) Jean Teitgen (Melchtal) Vincent Le Texier (Gesler) Marco Spotti (Walter Furst) Julien Dran(Ruodi) Jean-Luc Ballestra (Leuthold) Roberto Covatta (Rodolphe) La Monnaie Symphony Orchestra y Coro titular, con la Vocal Ensemble Reflection.

Carlos Javier López

@CarlosJavierLS