Un Holandés errante en Múnich con una triste sorpresa final

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El Holandés errante en Múnich. Foto: W. Hösl
El Holandés errante en Múnich. Foto: W. Hösl

Esta representación del Holandés Errante no ha estado a la altura que uno siempre espera de Munich, habiendo resultado la parte musical lo más flojo de la representación, mientras que el espectáculo escénico ha funcionado bien hasta que dejó de hacerlo al final, y ha contado con un buen reparto vocal, aunque mejorable.

Recuerdo que cuando se estrenó esta producción se anunciaba como coproducción de la Bayerische Staatsoper y el Bolshoi de Moscú. Sin embargo, ahora no queda rastro de este último en el programa. La dirección escénica es del alemán Peter Konwitschny y se estrenó aquí en Febrero de 2006. Los trabajos de Konwitschny siempre me resultan interesantes, particularmente por el trabajo de escena que suele hacer, aunque sus concepciones resultan, cuando menos, discutibles.

En esta ocasión su concepción ha sido clásica y poco transgresora hasta llegar al final de la ópera, momento en el que se ha visto obligado a provocar innecesariamente al público. Un primer acto de poco interés escénico, con unos telones pintados en los laterales de la embocadura en forma de rocas y con el único atisbo de barcos en forma de escalas que salen de las supuestas naves. Destacable la presencia de la tripulación holandesa en el puerto, que, como su capitán, parecen salidos de un cuadro de Van Dyck, aunque el aspecto sea naturalmente un tanto fantasmagórico. El segundo acto está mejor conseguido, desarrollándose en un gimnasio con las “hilanderas” cantando y dando vueltas a las ruedas no de los telares, sino de las bicicletas estáticas, en un auténtico spinning tan de moda ahora. La escena tiene un gran colorido y hay un trabajo escénico con los miembros del coro estupendo. Aquí es donde se ve la mano de Konwitschny. Interesante la entrada del Holandés con un baúl del que sale un vestido flamenco del XVII como regalo nupcial para Senta. De nuevo sale la mano de Konwtschny en el último acto, desarrollado en la taberna del puerto con presencia de la tripulación del barco holandés y el enfrentamiento entre noruegos y holandeses, ganando mucho la escena frente a la forma tradicional de ofrecer a la tripulación holandesa fuera de escena. El petardo llega literalmente al final, ya que la inmolación de Senta tiene lugar no lanzándose al mar, sino explosionando unos barriles, que trae consigo el mayor pecado de Konwitschny, puesto que la explosión viene seguida de la completa oscuridad de escenario y foso, terminando la obra con los compases orquestales enlatados y apenas audibles. Este apagón no puede entenderse sino como una provocación, ya que no hay regista feliz sin abucheos. Ha sido una estupenda manera de cabrear al público, que estaba disfrutando en general con el espectáculo escénico. Tengo que añadir que algo ha fallado en esta ocasión, porque la explosión no se ha oído.

La escenografía y el vistoso vestuario eran obra de Johannes Leiacker. El trabajo de iluminación de Michael Bauer deja que desear en el segundo acto, ya que el dúo del Holandés y Senta a plena luz del día pierde emoción.

En esta ocasión ocupaba el podio del Nationaltheater el director israelí Asher Fisch, que es un director bastante habitual en Munich y cuyas actuaciones nunca me han resultado particularmente convincentes. Tampoco en esta ocasión, en la que su lectura se me ha hecho excesivamente blanda y rutinaria ya desde la obertura. Digamos que fue una dirección eficaz, pero uno espera mucho más de la dirección de una ópera de Wagner y más todavía en Munich. Buena la prestación de la Bayerische Staatsorchester, aunque no comparable con lo que nos ha ofrecido en otras ocasiones. A destacar la actuación musical y escénica del Coro de la Bayerische Staatsoper.

El Holandés errante en Múnich. Foto: W. Hösl
El Holandés errante en Múnich. Foto: W. Hösl

Al frente del reparto vocal estaba el barítono danés Johan Reuter, que fue un cantante bastante habitual hace unos años en el Teatro Real. La voz tiene calidad y es un buen cantante, pero su instrumento vocal es una talla demasiado reducida, faltando la amplitud requerida y eso lastra en buena medida su actuación.

La soprano americana Catherine Naglestad fue una convincente Senta tanto vocal como escénicamente. La voz es atractiva y ella es una intensa intérprete, entregada al rol y nunca descontrolada, aunque corte precipitadamente algunos agudos.

El veterano Matti Salminen volvió a dar una lección de interpretación en el personaje de Daland, aunque le he encontrado peor vocalmente que el mes pasado en Berlín. Es verdad que los roles que cantaba allí son más cortos que éste.

Me atrevo a decir que lo mejor del reparto fue la actuación del tenor coreano Wookyung Kim en la parte de Erik. Su actuación fue impecable, una de las mejores que hoy se pueden ver y escuchar en este personaje, que, normalmente, los teatros no ofrecen a grandes figuras. He visto pasar apuros a muchos intérpretes de Erik en el arioso del tercer acto y no ha sido ése el caso de Wookyung Kim, que lo ha hecho todo a la perfección. Es una pena que no le acompañe la figura.

En los personajes secundarios Okka Von Der Damerau fue una muy adecuada Frau Mary como la encargada del gimnasio. Bien también, el tenor Dean Power como Steuermann.

El Teatro estaba lleno una vez más. El público mostró menos entusiasmo que en otras ocasiones, siendo las mayores ovaciones para Catherine Naglestad y Wookyung Kim.La representación comenzó con los consabidos 6 minutos de retraso y tuvo una duración de 2 horas y 16 minutos, sin intermedios. Siete minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 163 euros, habiendo butacas de platea desde 91 euros. La entrada más barata con visibilidad costaba 39 euros.

Seguramente, los espectadores de esta ópera fuimos los últimos en enterarnos del tiroteo de Munich, ya que al entrar en el teatro nada se sabia y, al no haber intermedio, nos encontramos con la sorpresa de lo acontecido al salir del teatro. Salvo el hecho de estar cortado el acceso al metro, no se notaba mucho. Yo fui andando de vuelta al hotel (unos 25 minutos) y había menos gente de lo habitual por la calle, pero es que estaba lloviendo. En el momento de escribir estas líneas parece que la ciudad ha vuelto a la normalidad.

José M. Irurzun