Il Barbiere di Siviglia. Rossini. Barcelona

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Gran Teatre del Liceu de Barcelona. 16 Septiembre 2014.

Inaugura la temporada de ópera el Liceu de Barcelona con un título de los considerados seguros para la taquilla. Sin embargo, este título, por más tirón que pueda tener para la venta de localidades, pocas veces viene acompañado de un triunfo incuestionable, ya que para su éxito hace falta la conjunción de varios elementos: una producción adecuada y que no moleste, una dirección musical ligera y chispeante y un reparto vocal adecuado a las exigencias rossinianas. Como explicaré a continuación, en la práctica ningunos de estos ingredientes ha estado plenamente presente en el Liceu.

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Escena

La producción escénica lleva la firma de Joan Font, de quien ya se habían visto otros montajes en este mismo teatro, siendo los últimos La Flauta Mágica y La Cenerentola. La producción que ahora nos ocupa se estrenó hace tres años en Houston, habiéndose repuesto un año más tarde en Burdeos. Si antes yo hablaba sobre la necesidad de que la producción escénica no moleste, en este caso tengo que decir que el primer problema de la representación ha radicado justamente en la producción de Joan Font. El catalán hace su show, como si no creyera que la ópera tuviera vida por sí misma. Para ello introduce en escena nada menos que 11 figurantes que están en continuo movimiento, mientras los cantantes interpretan la preciosa música de Rossini. Este continuo movimiento no hace sino distraer, a menos que el espectador cierre los ojos para concentrarse en la música. Ese afán de protagonismo de Joan Font termina siendo el mayor problema de toda la representación. Habría sido muy difícil que cantantes de importancia hubieran aceptado cantar en esta producción.

Por lo demás Joan Font quiere incidir a ultranza en el aspecto bufo de la ópera, especialmente con vestuario (Joan Guillén) exagerado y muy colorista, que parece sacar a los personajes bufos (Don Bartolo, Don Basilio, Don Alonso e incluso Fígaro) de un tebeo. La escenografía, del mismo Joan Guillén, es simple con una fácil transición del exterior al interior de la casa de Don Bartolo, en la que destaca un gran piano, al que se suben los cantantes y figurantes en varias ocasiones. El ambiente de la producción es eminentemente nocturno y la iluminación de Albert Faura no saca todo el partido que podría esperarse. Esta producción, eliminando los figurantes y centrándose más en la dirección escénica, podría resultar mucho mejor.

La dirección musical estuvo encomendada a Giuseppe Finzi, nuevo en esta plaza y, seguramente, en este país. Este director lleva unos años como ayudante de Nicola Luisotti en San Francisco y debo decir que me sorprendía su presencia en el foso del Liceu. Su dirección se puede considerar como eficaz, echándose en falta mayor chispa, diversión y ligereza en más de una ocasión. Bajo su batuta la Orquesta del Liceu sigue siendo una formación claramente mejorable. El tiempo pasa y la cosas no mejoran. Josep Pons lleva ya dos años como director musical y la orquesta sigue siendo la asignatura pendiente para un teatro de la solera del Liceu de Barcelona. Bien el Coro del Liceu, que estrena director en la persona de Peter Burian.

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Annalisa Stroppa y Mario Cassi

Del Fígaro de Mario Cassi repetiré lo que escribí con motivo de su actuación en el mismo personaje en el Teatro Real el año pasado. La presencia de Mario Cassi como Figaro es un error de bulto, que no tenía que haberse producido, puesto que ya había cantado otras veces en el Teatro Real y no ha hecho todavía un año que cantó este rol en Valencia. Este cantante no tiene otro afán que mostrar el tamaño de su voz, dedicando un auténtico recital de sonidos abiertos y bastos, olvidándose de cantar con elegancia y refinamiento. Vociferar no es cantar. Pues eso.

Annalisa Stroppa lo hizo bien en la parte de Rosina. La voz tiene calidad y anda cómoda en agilidades, aparte de tener buena desenvoltura escénica. Lo menos convincente de su actuación radica en la debilidad en las notas bajas y que está un tanto apretada por arriba.

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Juan Francisco Gatell

El argentino Juan Francisco Gatell dio vida al Conde Almaviva y lo hizo bien. No pasa de ser un tenorino con una línea de canto aseada y suficiente en agilidades. El mayor problema del argentino radica en las notas altas, que están un tanto comprometidas. Incluyó, como ya es de rigor, el Cessa di piú resistere, que resolvió de manera aseada y sin excesivo brillo, notándose más aquí sus debilidades.

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Carlos Chausson

La figura del reparto fue Carlos Chausson como Don Bartolo, que dio un auténtico recital de cómo interpretar y cantar un rol bufo en escena. Una auténtica lección escénica de un gran artista.

El bajo canadiense John Relyea cumplió con su cometido en la parte de Don Basilio. Su voz no está sobrada de tamaño ni calidad.

En los personajes secundarios Marisa Martins exhibió su conocida voz de escasa calidad en la parte de Berta, cantando sin brillo y con cierta gracia el aria del sorbetto. Manel Esteve lo hizo bien doblando como Fiorello y Oficial.

El Liceu ofrecía una ocupación de alrededor del 90 % de su aforo. El público se mostró cálido, sin entusiasmos. Las mayores ovaciones fueron para Carlos Chausson.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 3 horas y 8 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 34 minutos. Cinco minutos de aplausos.

El precio de a localidad más cara era de 222 euros, costando la butaca de platea 155 euros. La localidad más barata con visibilidad costaba 32 euros.

José M. Irurzun