Il trovatore. Verdi. Toledo

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Il trovatore: una ópera para el pueblo

POR ANTONIO ILLÁN ILLÁN@ANTONIOILL / TOLEDO

Día 15/12/2013 – 20.03h

 

En estos tiempos hay que reconocer el atrevimiento, la valentía, el trabajo y el esfuerzo que lleva a cabo Telón para poner en pie una obra que requiere orquesta, coro y solistas, además de escenografía apropiada y la correspondiente dramaturgia

 

 

Bienvenido sea Verdi siempre, aunque el auditorio toledano El Greco no sea precisamente La Scala de Milán en cuanto a condiciones acústicas y adecuación escénica. Y bienvenida sea una ópera, como «Il trovatore», en la que abundan los solistas y es escaso el tiempo para los coros, pues cuando una orquesta carece de foso para ubicarse y se tiene que colocar por delante y a la altura de quienes cantan y representan en el escenario crea una cortina musical que se amalgama con las voces, especialmente con las del coro, y hace ininteligible lo que se canta. Si a esto se une que, para que las voces no se pierdan y tengan nitidez, los solistas deben cantar casi en la embocadura del escenario, al carecer este de concha acústica, hay que dar un aplauso a Producciones Telón por sacar adelante una obra con una dignidad meritoria.

En «Il trovatore» nos resuena en los oídos con sus personajes arquetípicos del drama romántico, el Verdi joven, con esta obra popular, que conforma trilogía con «Rigoletto» y «La Traviata» y nos muestra la complicada intriga teatral de truculento conflicto que ideara para el teatro el español Antonio García Gutiérrez, con personajes de sentimientos vehementes. Estos personajes: el trovador Manrico, la gitana Azucena, el conde de Luna, la dama noble Leonora, enamorada de Manrico y cortejada por el Conde, y los demás que acompañan, coros y orquesta incluidos, nos ofrecen una muestra inestimable de la maestría compositiva de Verdi, como puede apreciarse, por ejemplo, en el aria«Di quella pira», que se puede considerar como una de las melodías de aliento heroico más importantes de entre las que compusiera el maestro transalpino. Intriga, personajes y dramatismos aparte, en«Il trovatore» apreciamos la culminación de la fastuosidad vocal y melódica de la tradición operística italiana. Y en nuestro oído permanecen momentos de sumo interés, como el aria de Leonora «Tacea la notte placida», la narración de Azucena y la romanza del conde «Il balen del suo sorriso», la citada «Di quella pira» en la voz de Manrico o los bellísimos, melancólicos y patéticos acentos que transmite Leonora en «D’amor sull’ali rosee».

En tiempos de crisis financiera y con una endiablada fiscalidad que grava la producción cultural con un escandaloso veintiuno por ciento, hay que reconocer el atrevimiento, la valentía, el trabajo y el esfuerzo que lleva a cabo Telón para poner en pie una obra que requiere orquesta, coro y solistas, además de escenografía apropiada y la correspondiente dramaturgia.

Esta puesta en escena se asienta sobre la sólida base de los solistas, excelentes todos en la interpretación de la partitura y no tanto en la de los personajes, pero con especial significación positiva, por su exhibición vocal, para quienes ponen la voz a la pareja protagonista, Manrico y Leonora, a la gitana y al Conde. El coro bien compactado y la orquesta, compuesta por un conjunto de jovencísimos intérpretes en su mayoría, cumplen satisfactoriamente su cometido. La escenografía pretende ser funcional, pero crea unos paréntesis entre escena y escena que debieran tener quizá alguna solución más imaginativa, lo mismo que algunas secuencias de la representación, como la de Manrico herido, que rompen el esquema de la verosimilitud.

Los espectadores quedaron satisfechos, interrumpieron con aplausos varias veces la representación tras las arias más espectaculares y, al final, premiaron con una sonora y repetida ovación al conjunto. Creo que el público toledano se siente agradecido por poder asistir a representaciones de ópera realizadas por compañías privadas, con más o menos subvenciones públicas, que ponen en escena obras con recursos modestos pero que buscan criterios de calidad y rigor.

Quiero terminar esta«crítica» de forma poco habitual con una anécdota sobre Verdi y sobre críticos, con el fin de que se entienda que la manifestación de la opinión es solo eso, una opinión.

Cuando Giuseppe Verdi estaba acabando de componer«Il trovatore» le fue a visitar un famoso crítico de ópera. Verdi, sentado al piano, tocó algunos pasajes de la obra y le preguntó:«¿Qué opina de esto? El crítico le respondió:«Me parece terrible». Verdi no hizo un mal gesto y, después de esa afirmación tan rotunda, tocó otro fragmento y repitió la misma pregunta al crítico. La respuesta que obtuvo de este fue:«Aún me parece peor que lo anterior». Verdi no se inmutó y siguió al piano, pasó hojas y llegó al coro de los gitanos, lo tocó, miró al crítico con un gesto, como preguntándole: «¿Y esto qué?». El crítico, ni corto ni perezoso, le espetó:«¡Esto sí que es horrible!». Ante esta última y contundente opinión, don Giuseppe se levantó, abrazó al crítico y le dijo, mientras esbozaba una sincera sonrisa de alegría:«¡Muchas gracias! He escrito esta ópera para el pueblo italiano. Estoy seguro de que si le hubiera gustado a usted, que es tan refinado, probablemente no le hubiera gustado a nadie más. Pero, al parecerle a usted tan horrible, probablemente al resto del mundo le gustará».