Israel Galván inaugura el 35º Madrid en Danza enredándose con El amor brujo 

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Israel Galván, como Eduarda de los Reyes, en El amor brujo. Foto- David Mudarra
Israel Galván, como Eduarda de los Reyes, en El amor brujo. Foto- David Mudarra

Cristina Marinero

El carisma de Israel Galván, con su personal movimiento flamenco, le ha convertido en una de las figuras internacionales de nuestro baile, ligado tanto a circuitos de danza “contemporánea” como a los de flamenco. Siempre, eso sí, entendiendo su trabajo dentro de su universo surrealista, donde el expresionismo inherente en este género, individual y espontáneo en origen,  se deconstruye en sus manos trufado de formas alejadas de lo ortodoxo.

Su versión de El amor brujo le muestra en un solo de dos caras, siguiendo el subtítulo de su versión de estreno de 1915, compuesta por Manuel de Falla para Pastora Imperio, Gitanería en un acto y dos cuadros

En la primera de ellas lleva peluca rubia y labios pintados porque Galván se transforma en Eduarda de los Reyes, una bailaora “aparecida” con gafas de sol negras y guantes rojos largos, un tanto “lady” a lo Martirio. Baila sentado y, en la representación que ha inaugurado este 35º Madrid en Danza, de estreno en la Comunidad, se atrincheró en tela negra, en forma de falda y capa, más tapado que en las fotos y clips de video difundidos de sus actuaciones anteriores de este ballet, con botas altas y rodeado de esos cachivaches que tanto atesora.

Su encarnación en Eduarda de los Reyes prometía, pero se queda en “lo que podría haber sido”. En los textos que respaldan a esta producción, en la que le acompaña como siempre su inseparable Pedro G. Romero en asir lo intelectual a cada uno de sus pasos, exponen su trabajo en torno a Pastora Imperio, la Gitanería del primer Amor brujo, de 1915, con revuelo también alrededor de Antonia Mercé y el ballet que Falla perfeccionó durante una década, estrenado por la gran bailarina en París, en 1925.

Conociendo la querencia de Galván por esa época –sobre todo vía Vicente Escudero, su “mentor” surrealista- pensamos en lo jugoso que lo tenía para ir de Pastora a Antonia, del flamenco intuitivo y no académico de la primera (ese mundo de cuevas y brujas que le ofrece tanto…), al discurso coreográfico de la segunda, con quien colaboró Escudero en sus últimas representaciones. También le imaginábamos ávido por arremolinar su cuerpo entre energías y espíritus, con el personaje fantasmagórico  que da base a la historia -¡el espectro; el aparecido!- prácticamente esperándole para ser parte de su imaginario singular.

Sin embargo, vimos a una Eduarda/Israel buscando la ruptura como fuese, alejada del sinsentido del artista que en otras de sus creaciones se entiende, al final, que tiene un sentido dentro de su propia atmósfera. Incluso comprendiendo que en la galaxia de Israel Galván nada es como pudiese cualquiera vaticinar, nos faltó un trabajo profundo de punto de vista para confeccionar el personaje. 

Luego, en su otra cara, zapateando ya como bailaor (¿espectro?), le acompañaron el pianista Alejandro Rojas-Marcos y el cantaor David Lagos. Escuchamos los versos de la Gitanería, las cuerdas deslizadas o percutidas del piano asonante mostrado en su esqueleto, choques de tapas de cacerolas y el rechine de pisar sobre los garbanzos que Eduarda había esparcido volcando el gitano puchero. Pero, por encima de todo, la bella voz de Lagos deleitándose con las palabras que escribió María Lejárraga…

Galván, con Alejandro Rojas-Marcos, al piano, y el cantaor David Lagos. Foto-David Mudarra

¿Y Falla? Pues su magna composición acompañó al show de Eduarda de los Reyes en la distancia. Lejana y sin envolver con su belleza melódica al público, parecía un eco en off de El amor brujo, una de las obras más hermosas de la creación musical universal como constatamos cada vez que la escuchamos. No nos extraña que Antonia Mercé rogara a Falla que se lo diese a ella en exclusiva, ya que, decía la gran estrella de nuestra danza, lo iba a cuidar en su puesta en escena siempre, tal y como le había alabado el compositor gaditano cuando lo bailó en París.

En el patio de butacas, dado lo especial de este estreno por la reapertura de Teatros del Canal desde que se cerraran hace tres meses a causa de la epidemia de covid-19, junto a la directora de Madrid en Danza, Aída Gómez, estuvieron la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Ayuso, el vicepresidente, Ignacio Aguado, y la consejera de Cultura y Turismo, Marta Rivera de la Cruz, además de la Blanca Li, directora de Teatros del Canal, quien sembró el patio de butacas de inquietantes “espectadores” flanqueados por plantas: maniquíes de medio cuerpo blancos y calvos, con camiseta negra y mascarilla, ocuparon las butacas que deben estar vacías por el aforo reducido a un tercio.