Jaroussky y amigos: Vivaldi de alto voltaje en el Teatro Real

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Madrid, Teatro Real (5 de octubre de 2020). Por Germán García Tomás Jaroussky y amigos: Vivaldi de alto voltaje en el Teatro Real.

La era del Covid en teatros y auditorios, aparte de imponer los aforos reducidos, ha impuesto la reprogramación y la reinvención de programas. En esa línea, el Teatro Real ha conseguido “rehacer” el recital del contratenor Philippe Jaroussky que estaba previsto para el 25 de mayo pasado dentro del ciclo Las voces del Real, y lo que iba a ser previsiblemente un concierto dedicado a Vivaldi y Haendel se ha convertido en un “¡Viva Vivaldi!”, un monográfico consagrado en exclusiva al compositor veneciano en el que han participado además otros tres cantantes que se han repartido con el francés las 12 arias operísticas en programa, auténticas gemas vivaldianas desempolvadas que a diferencia de los grandes hits handelianos no gozan de especial fama.

Jaroussky y amigos: Vivaldi de alto voltaje en el Teatro Real
Jaroussky y amigos: Vivaldi de alto voltaje en el Teatro Real   Foto: Javier del Real

Ha sido por lo tanto un concierto atípico, a cuatro voces, completamente alejado de lo que sería un ansiado tour de force del afamado contratenor, contando con el sostén musical de una orquesta de instrumentos originales que ha sustituido al Ensemble Artaserse, la fiel formación con la que Jaroussky acostumbra a realizar sus giras. Traída también de Francia, Le Concert de la Loge, bajo la dirección del concertino Julien Chauvin, -fundador hace tan sólo un lustro de esta agrupación de 18 instrumentistas, entre violines, violas, violonchelos y oboes, y contrabajo, clave y tiorba para el continuo-, ha sido todo un descubrimiento para el público madrileño. Sus integrantes exhibieron un brillantísimo sonido, muy pulido, compacto y empastado, amén de una viveza rítmica y una hondura expresiva que enriqueció el acompañamiento de los solistas durante toda la velada. De la doble velada, pues en un ejercicio de gran generosidad los artistas se prestaron a ofrecer este concierto en doble función, para compatibilizar la estricta aplicación de las medidas sanitarias y que el mayor número de espectadores pudiera disfrutar del evento (el que escribe asistió al segundo de los pases).

Tuvimos que esperar tres arias hasta la llegada del contratenor, que no pisaba el coliseo de la Plaza de Oriente desde el estreno hace dos años de Only the Sound Remains de Kaija Saariaho, en lo que fue un infrecuente pero interesante acercamiento al repertorio contemporáneo, alejado de su casi absoluta vinculación artística a la música del Seicento. Antes pudimos empezar a disfrutar del material vocal de sus tres compañeros, el tenor de origen chileno Emiliano González Toro, de gratísimo color y gran facilidad, aunque de agilidad no desbordante para el ornamento, que demostró en el aria di bravura “Non tempesta che gl’alber sfronda” de La fida ninfa. Más adelante serviría un “Tu vorresti col tuo pianto” de Griselda. Le siguió la contralto gala Lucile Richardot, que exhibió su timbre penetrante y no menos cálido en el bellísimo aria di cantabile “Sovente il sole” de Andromeda liberata, hilando con sumo gusto y delicadeza expresiva las amplias frases donde se hallan las suspensiones imitativas tan características en la escritura vivaldiana y que parecen detener el tiempo (recordemos por ejemplo el uso de idéntico recurso en el primer y cuarto números de su Stabat Mater). Llegó acto seguido la soprano húngara Emőke Baráth Emöke, que dejó al espectador ensimismado con sus frenéticos y desatados “Furia, furia”, emitidos en una aguerrida versión de “Armatae face et anguibus” de Juditha Triumphans, el único oratorio de todo el programa.

Philippe Jaroussky en un momento del concierto en el Teatro Real.  Foto: Javier del Real
Philippe Jaroussky en un momento del concierto en el Teatro Real.   Foto: Javier del Real

Jaroussky se presentó con “Vedrò con mio diletto” de Il giustino, desplegando un canto reposado, dolcissimo, preñado de sutilezas y matices sotto voce, con impecables filati en melismas de línea finísima y exquisitamente dibujada, todo un vergel de emocionantes affetti como nos tiene acostumbrados el arte sensacional del francés. Si bien esta primera participación le sirvió para romper el hielo y no despertó efusivos aplausos, su más excelso momento llegó en su segunda salida, con “Gelido in ogni vena” del Farnace, una interpretación de esas que dejó a la sala literalmente sin aliento, desde los tremolantes acordes iniciales de la cuerda que recuerdan tanto al inicio del Invierno, y que Chauvin extrajo de su orquesta con un mágico realismo y una retórica tales que conseguían hacer temblar de verdad. Y bajo ese marco, Jaroussky aprovechó al máximo las posibilidades expresivas que la partitura le permitía en este aria. El que escribe no ha escuchado con mayor énfasis, claridad y pathos emocional la palabra “terror” como el contratenor la emitió aquí, a lo que unió un encadenamiento colosal de los estremecedores ornamenti (casi tanto como su registro grave) deliciosamente dilatados en varios fiatos, si bien se percibía cierta fatiga en la voz, apenas distinguible, a buen seguro por el esfuerzo acumulado de la actuación previa. Remató el recital con un tercer aria, “Se in ogni guardo” de Orlando finto pazzo donde volvió a demostrar una vez más que aún se encuentra en plena forma en el exigentísimo canto fiorito.

Como lo hicieron igualmente las dos féminas entre medias, tanto Lucile Richardot con un incisivo, ardoroso “Frema pur” y “Come l’onda” de Ottone in villa, -que sirvieron para mostrar todos el espectro vocal de su honda tesitura de auténtica contralto-, como la facilidad de Emöke Baráth para la coloratura en “Alma oppresa da sorte crudele” de La fida ninfa, aunque pudimos disfrutar más de los hermosos y homogéneos contornos vocales de la joven soprano ligera en el aria lenta “Vede orgogliosa l’onda” de Griselda, de preciadísima factura en fraseo y cantabilità. Como vemos, recital barroco de alta exhibición y rendimiento conseguido con creces por los cuatro cantantes, que a modo de bis, y como si de un brindis se tratase, despidieron su actuación entonando juntos el delicioso coro “Dell’aura al sussurrar” de Dorilla in Tempe, con el estribillo de la Primavera, inmejorable colofón vivaldiano, una estación cuya esencia tuvo mucho este feliz concierto.