Joaquina Pino, la granadina que reinó en el Apolo

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Joaquina Pino
Joaquina Pino

El Teatro de la Zarzuela de Madrid fue durante años el centro crucial del género lírico español. En la década de 1880 otro teatro de la capital comenzó a hacerle la competencia: el Apolo, que en pocos años estrenó algunas de las más populares zarzuelas breves, por lo que fue conocido como «la Catedral del Género Chico».

Entre los artistas que contribuyeron al éxito de dicho teatro destacó sobremanera la soprano granadina Joaquina Pino, nacida en 1868 e hija del abogado Miguel Ángel del Pino Melgar y de Mercedes Cano. Su padre, muy aficionado al teatro, tuvo amistad con el actor Antonio Vico, que residió durante años en Granada. Al trasladarse por cuestiones de trabajo la familia a Madrid en 1885, Joaquina Pino, que mostraba innegable temperamento de actriz, fue admitida en la compañía del mencionado actor que por aquel entonces ocupaba el Teatro Español. Tras algunos pequeños papeles en los que ya llamó la atención, tuvo la oportunidad de participar en el estreno de la obra maestra del género chico, La gran vía,  en el Teatro Felipe (teatro de verano junto al Retiro) haciendo el papel cómico de La Lidia, lo que despertó en ella la afición por el canto, disciplina que empezó a estudiar con empeño. Comenzó a combinar actuaciones como actriz de teatro en el Teatro Español con pequeños papeles en zarzuelas en el Teatro Eslava. «Muy pronto será una estrella», decía la prensa de sus intervenciones en sainetes cómicos del género lírico como Un pretextoo Las virtuosas, junto al mítico tenor José Mesejo. Su foto aparecía entre las celebridades que solían exponerse en el Retiro: «En fotografía está tan hermosa como al natural». Con la hoy olvidada zarzuela El gorro frigio, obtuvo un gran reconocimiento; hasta inspiró loas a algún que otro libidinoso crítico de la época: «Con ese rostro divino / y esa figura elegante / no hay mujer como la Pino / ni actriz más interesante». Con la Compañía El Dorado actuó en 1890 en el Teatro de Cataluña de Barcelona y en el Teatro Princesa de Madrid, de donde pasó junto a su amigo y mentor, José Mesejo, al Teatro Apolo. Allí se encontraron algunos de los artistas más fabulosos de la historia de la zarzuela: Isabel Bru, Luisa Campos, el mencionado José Mesejo y su hijo Emilio, Emilio Carreras y el barítono granadino José Ontiveros, entre otros.

Su consagración se produjo de la mano de su admirado amigo el compositor Ruperto Chapí en La czarina, y de Manuel Fernández Caballero, quien no dudó en apostar por ella para el estreno de El dúo de La Africana. Ambos papeles le granjearon los más vehementes elogios, y ya su fama fue creciendo hasta ser considerada como la más admirada cantante de zarzuela del Madrid de final de siglo. Sus apariciones hacían furor y se contaban por éxitos. Una auténtica hueste de seguidores se agolpaba a las puertas del Apolo para conseguir entradas y ver en acción a la Pino: «Cuenta con admiradores incondicionales: unos la admiran por su talento de actriz, otros por sus condiciones de cantante. Todos por su espléndida hermosura». Se sucedió su participación en estrenos de obras tan conocidas como El tambor de granaderos, El santo de la Isidray, aunque por casualidad no intervino en ellos, los de La verbena de la Paloma y La Revoltosa, cuyos personajes de estas piezas únicas del género también hizo suyos durante años: «Los papeles que interpreta la Pino no encuentran después intérpretes parecidos. Por su habitual naturalidad, su sencillez, su ternura y su talento». Numerosas llamadas a escena, ovaciones delirantes en cada representación –sobre todo, como era costumbre de la época, las que eran dedicadas a su beneficio–, y literales aluviones florales en su camerino se convirtieron en escenas cotidianas en el Apolo de la Pino. Junto a estos éxitos también actuó en numerosas obras que dejaban mucho que desear, la mayoría de veces por infames libretos; obras que ella con su actuación solía salvar del desastre, ya que su participación se consideraba sinónimo de éxito: «Aunque la obra no lo merezca la defiende siempre con tenacidad y entusiasmo ¡cuántas obras ha salvado del fracaso!». Pero cuando su talento y el de su compañía coincidía con una genial pieza, la apoteosis era total, como ocurrió en Agua, azucarillos y aguardiente, la genial partitura de Federico Chueca, La boda yEl baile de Luis Alonsoy La torre del oro, las tres de Gerónimo Giménez, o La reina mora, de José Serrano.

Hubo una obra que no pudo salvar del desastre cuyo estreno coincidió en uno de sus beneficios. El hecho ocurrió el 22 de marzo de 1904, y el sainete lírico en cuestión se titulóLa obra de temporada, escrita por Sinesio Delgado, autor con fama de veleidoso. El público estalló en «gritos, silbidos, bastoneo…», fue un escándalo de los que hacen época. Ante tal tumulto, con la gente pidiendo que se le devolviera el dinero o se le diera en pago otra obra, tuvo que salir al escenario Joaquina Pino “quien emocionadísima rogó al público que se contentaran con una nueva actuación de los ‘Niños Collerg’», equilibristas que completaban la función. El público viendo a la Pino a punto de llorar, la aplaudió… aunque al retirarse volvió a arreciar el escándalo…

Con la gran cantidad de obras que se estrenaban era imposible que todas mantuvieran un nivel alto de calidad. Algunas hoy olvidadas tuvieron un gran éxito: Los pícaros celos: «Pino sigue luciendo las esplendideces de su arrogante figura» (más tarde estas tiples de finales de siglo serían conocidas por ser tan «garbosas como gordas»), El perro chico, Doloretes, Abanicos y panderetas, La chavala, y algunas recuperaciones como El barberillo de LavapiésoLos sobrinos del capitán Grant. En el estreno de La madre abadesa, con la Pino caracterizada de religiosa, el salaz crítico de turno no pudo dejar de mostrar sus pretensiones: «No hay quien pueda imaginarse a Joaquina Pino renegando del amor y sus placeres, para acogerse entre los muros de un convento de monjas. Adviértala de mi parte que si el claustro la mortifica debe venir a decírmelo, porque… para salvarla la aguardan los brazos de este don Juan que suscribe».

A partir de 1907 el Teatro Apolo entra en crisis. Se habla del envejecimiento del género chico. Lo cierto es que el teatro sufre pérdidas y su empresario decide rebajar el sueldo a todo el equipo, incluida Joaquina Pino, que no tarda en tener una jugosa oferta del Teatro de la Zarzuela, al igual que los hermanos Quintero, libretistas talismanes del Apolo. Junto a Lucrecia Arana y Leocadia Alba, formó un irrepetible trío de tiples en el teatro de la calle Jovellanos. Allí permaneció un año compartiendo éxitos junto al magnífico plantel que presentaba dicho teatro, con obras como La patria chica, Los borrachoso algunas de las ya consagradas: «Podrá haber otras que valgan más que ella como cantante (solo, Lucrecia Arana) pero artista como ella no tenemos ninguna: su manera de decir, su modo de cantar, su dulzura de voz, su encantador gracejo; y ¿por qué no decirlo? la hermosura de su rostro, hacen de la Pino una artista brillantísima cuya presencia en las tablas subyuga». Durante este periodo las críticas al Apolo son frecuentes en la prensa: «El Teatro Apolo en declive, con voladores, clowns, osos y danzarinas de varietés, está en desgracia. Echa de menos a Joaquina».

El 7 de Julio de 1908 la prensa anuncia en titulares la vuelta al Apolo de su reina madre: «Vuelve con sus exuberantes curvas matroniles Joaquina Pino y con ella –pero con menos curvas– los hermanos Quintero». El teatro de la calle de Alcalá adquirió de nuevo su perdido renombre. Joaquina vuelve a trabajarse con empeño papeles en su mayoría mediocres para salvar las funciones con su ingenio y picardía. Pero la decadencia del género parece evidente. Con la excepción de alguna pieza comoLa alegría del batallón, El método Górrizo El patinillo, el público comienza a dar la espalda a la zarzuela, y no volverá a respaldar el espectáculo hasta pocos años después con algunos aciertos de Pablo Luna, Amadeo Vives y José Serrano, sobre todo. Estas expectativas unidas a cierto deterioro de su voz hacen que abandone su carrera de cantante y se decida a aceptar un contrato como actriz en el Teatro Lara.

Lejos de disminuir su fama, esta se acrecienta en el apasionado mundillo del teatro de la capital. Sus triunfos en las obras de Jacinto Benavente, Martínez Sierra, Muñoz Seca y, especialmente, los hermanos Quintero, le proporcionan fama y mayores emolumentos. Tras pasar por el Teatro Español (1915) y el Infanta Isabel (1917), en 1922 se retira definitivamente de los escenarios. Parece que en su decisión influyó el agravamiento de su miopía. Retirada del mundanal ruido vivió sus últimos años junto a su familia y tan solo reapareció en público cuando fue requerida con motivo de algún homenaje o en sendas entrevistas de prensa, la primera en 1929 –con motivo de la demolición del Teatro Apolo–: «Qué dirán el Julián de La verbena, o el Felipe de La Revoltosa…», y en 1933: «Conserva Joaquina Pino la lozanía que cautivó a los públicos de entonces… vive de sus recuerdos». En la misma entrevista comenta que «el diagnóstico que mi médico, el distinguido doctor Marañón, hace de mis dolencias es agotamiento nervioso por tantos años de trabajo». El 28 de diciembre de 1948 falleció a los ochenta años y, tal y como fue el deseo de, en otros tiempos, tan admirada mujer, a su entierro tan solo acudieron amigos íntimos y familiares.

José Miguel Barberá