John Eliot Gardiner en el Carnegie Hall, el Beethoven más auténtico

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John Eliot Gardiner en el Carnegie Hall
John Eliot Gardiner en el Carnegie Hall

Cuanto más se estudia la obra Ludwig van Beethoven, más enigmática aparece su figura, y más insondable resulta el misterio de su arte. La celebración este año del 250 aniversario del nacimiento el músico del Bonn auspicia una avalancha de conciertos que revisitan su legado de todas las maneras imaginables. Y, si bien la elusiva figura del compositor lo convierte en un personaje alejado de todo y de todos, su legado musical engrasa los goznes de la tradición musical occidental. El terremoto estético que supuso Beethoven aún se siente hoy bajo nuestros pies.

Sólo en la ciudad de Nueva York, la oferta beethoveniana en la presente temporada resulta casi inabarcable. Entre los eventos más relevantes del año Beethoven, el Carnegie Hall presenta a Sir John Eliot Gardiner, al mando de su Orquesta Revolucionaria y Romántica (ORR), en la integral de las sinfonías de Beethoven, junto con otros trabajos del maestro alemán. En OperaWorld asistimos a las cuatro últimas sinfonías del ciclo, interpretadas el domingo y el lunes pasado.

La ORR es bien conocida por su aproximación historicista al repertorio. En la presente temporada se cumplen 30 años desde su fundación. Un camino siempre exitoso que la ha llevado a terrenos inexplorados y le ha permitido ensanchar el horizonte sonoro de compositores de los que todo parecía dicho. Pese a su prolífica discografía, el interés del conjunto de Gardiner va más allá del registro fonográfico y se asienta en largas giras internacionales. Este ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven se podrá disfrutar también en otras salas de conciertos en los Estados Unidos y en Europa.

Es en el concierto en directo cuando la ORR se presenta al público en su verdadera dimensión. Violas y violines tocan en pie, chelos y contrabajos no emplean pica ni anclas, el viento madera emplea herramientas de principios del s. XIX. El viento metal está compuesto por instrumentos sin válvulas, de los que tan sólo pueden extraer un puñado de notas.  De ahí que los músicos, verdaderos héroes de su cuerda, tienen una relación casi fisiológica con sus instrumentos.

En las manos de la ORR, la Sexta de Beethoven se abrió con un primer movimiento colorista, con la pujanza en las cuerdas y el perfume en los vientos. Advertimos algún desbarajuste entre la flauta y el oboe, subsanado con presteza. El segundo movimiento, Escena en el arroyo, con más belleza estética que chispa expresiva, fue evolucionando del comienzo hacia una línea almibarada que abusaba un tanto del legato. Gardiner comprime el volumen y ensancha el tempo, apianando y ralentando, para crear momentos de vacío que subrayan la labor de los solistas, con su timbre añejo y singular. Un camino arriesgado y difícil que la orquesta se esfuerza en transitar sin transmitir la sensación de seguridad que encontramos en las grabaciones en disco de la pieza. Así, si algunos momentos de este segundo movimiento resultaron de una dulzura irresistible, otros sonaron más encorsetados y artificiosos. Una entrada en falso del flauta dejó en el aire cierto estupor que no tardó en disiparse. El tercer movimiento, mucho más lucido y predecible, regaló una Tormenta excepcional por su valía técnica y la limpieza en la ejecución. En el Allegretto final, épico y sugestivo, vimos por fin aquí al mejor Gardiner.

La Séptima Sinfonía de Beethoven comenzó con un primer movimiento recio e intenso, con grandes contrastes entre capas orquestales. El segundo movimiento, Allegretto, es probablemente unas de las páginas más intrigantes de Beethoven. Su inclusión en la Séptima es sorprendente, y su simplicidad estructural contrasta con la indescriptible fuerza emotiva de la melodía. En manos de la ORR, sonó más lírico que solemne, con un magnífico papel de las violas, que llevaron sin titubeos el peso orquestal.

El tercer movimiento salió canónico y beethoveniano. Muy inteligente Gardiner con unos tempi que promovieron un desarrollo natural de la voz orquestal. EL cuarto movimiento, Allegro con brio, fue casi un vivace; una explosión musical de detonaciones controladas y deflagraciones deslumbrantes. Fue un final lucido para la velada del domingo, en la que la ORR demostró que tiene voz propia.

La Octava Sinfonía abrió el concierto del lunes en el Carnegie Hall. El brillo del primer movimiento, de gran seguridad en la ejecución, enmarcó la actuación de un Eliot Gardiner que, en aquellos primeros compases, parecía como flotar sobre la orquesta. El sonido era soberbio, en una presentación limpia y detallista. Con frases cortas, el Allegro scherzando sonó más bien adusto y contenido, si bien a fuer de cuidar la línea y la expresión, el segundo movimiento fue ganando en profundidad. En el minueto subsiguiente, menos equilibrado, destacaron las parejas de flautas y trompas. EL cuarto movimiento quedó un tanto abrupto y acelerado, muy masculino.

La Novena sinfonía fue interpretada con la rapidez que Beethoven prescribió. El primer movimiento ya empezaba raudo, como en un vórtice, pero con pellizco. Pese a la rapidez del tempo, la orquesta mantiene el aroma y la personalidad gracias al orden y la rigurosidad de Gardiner. Prosiguió la sinfonía con un segundo movimiento impecable. El sonido, tan precario en ocasiones, llegaba entonces al espectador con una fuerza singular. Las notas parten del esfuerzo físico y artesanal de los músicos, y al pasar por la batuta de Gardiner devienen en savia artística.

El tercer movimiento, Adagio – Andante, también fue interpretado con una premura  desusada, pero resultó en todo momento honesto y comunicativo. Al comienzo del cuarto movimiento, cuando chelos y bajos entonan los acordes del famoso himno de la alegría, la elegía se convirtió en oración en el Carnegie Hall. La voz del bajo británico Mathew Rose rompió el velo instrumental con una sonoridad que llenó la sala. Lo secundaron la voz clara y bien proyectada del tenor Ed Lyon, y los bien dotados instrumentos de la contralto Jess Dandy y la soprano Lucy Crowe. El tempo del cuarto movimiento seguía acelerándose cuando se distinguieron las inevitables pérdidas de balance en el contrapunto. Las voces del coro Monteverdi, sobradas en su cometido, no tuvieron problemas para eclipsar el sonido de la orquesta, con una proyección tan clara como exagerada. Gardiner consiguió nivelar el desajuste para concluir con gracia el ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven.

A finales de los años 20 y primeros 30 del siglo XIX, los músicos del Conservatorio de París se unieron para firmar una versión detallada y unificada de las sinfonías de Beethoven. Dicho trabajo, presentado a la audiencia de París como la versión definitiva del ciclo, es la más cercana a Beethoven en cuanto al ideal interpretativo de la época, y supone la base de inspiración y estudio de la Orquesta Romántica y Revolucionaria de John Gardiner.

Juntos crean un producto musical único de trasciende lo historiográfico y, pese a sus defectos, aparece hoy como una voz imprescindible en este año Beethoven. Pues es acaso Beethoven el paradigma del enigma irresoluble, un horizonte lleno de significado que se antoja más lejano cuanto más se avanza hacia él.

Carlos Javier López