Joyce DiDonato decepciona por su tacañería en su esperado regreso a Seattle

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Joyce DiDonato decepciona por su tacañería en su esperado regreso a Seattle. Foto: Carlin Ma
Joyce DiDonato decepciona por su tacañería en su esperado regreso a Seattle. Foto: Carlin Ma

El concierto de apertura de la Temporada 2016-17 de la Seattle Symphony Orchestra marca el comienzo del año musical en Seattle y concita, más allá del mero interés artístico, la curiosidad de reunir a lo más granado de una de las ciudades con más millonarios de EEUU (Gates, Bezos y compañía). Y es que sin las generosas donaciones de los filántropos, probablemente la SSO no sería una de las orquestas más importantes de Norteamérica.

Por tanto, si pensamos que el concierto del pasado sábado, junto con la lujosa gala posterior, iban dirigidos a este público en particular, debemos admitir que fueron un gran éxito. Lo más relevante de la velada fue la aparición, tras una larga ausencia, de la diva americana Joyce DiDonato, que cantó tres arias de ópera y siete canciones del musical y el folclore norteamericano. Convertida ya en una estrella mundial, y tras haber hecho del MET su centro de operaciones, la mezzo de Kansas se convierte en un fenómeno musical en cada ciudad que visita, como pudimos comprobar en Seattle.

El público estaba deseoso de disfrutar, lo que se evidenció cuando dos ayudantes de escenario fueron ovacionados cuando salían a quitar el atril de los discursos. Un equívoco que provocó la risa nerviosa de parte de los asistentes. La primera pieza de la tarde, la obertura de la Música para los reales fuegos de artificio de Haendel fue acometida con entusiasmo y vivacidad por la orquesta. Ludovic Morlot cuajó una sugestiva versión de la pieza, en la que la fanfarria de los vientos brilló con la solemnidad esperada. Le siguió la Entrada de la Reina de Shaba, del oratorio del mismo compositor, Salomon. Más deslavazada esta vez, la orquesta preparaba así la llegada de DiDonato, que no comenzó con un aria barroca, como hubiera sido de esperar, sino con la tormentosa y arrebatadora página Ove t´aggiri, o barbaro de la ópera La estrella de Nápoles, de Pacini. La voz de la famosa cantante, en plenitud, abordó la azarosa partitura con una facilidad que no deja de sorprender, pese a ser de sobra conocida. A su solidez técnica, ella suma una forma muy sugerente de colorear la línea de canto, de manera que cada trino suena diferente, con la intención dramática justa. El maestro Morlot la acompañó con tino, sin acusar el brusco cambio de estilo y la intensidad de DiDonato sobre el escenario.

El barroco vino después con la famosísima aria Ombra mai fu, del Xerxes haendeliano. Aquí la animosidad se tornó en delicadeza. Tras el recitativo, toda una lección de efectividad comunicativa, la voz de DiDonato nos llegó más pura sobre el bajo continuo. Aquí vinos algunas de sus mejores armas: la limpieza de su media voz, junto al gusto con que ataca las frases en piano para desplegar luego hermosísimas frases en canto legato. Todo ello cantado en estilo, con una musicalidad intachable. Hubo una frase, sobre la palabra amabile, en la que consiguió llevar al público al filo de cada nota, alargando un fiato que parecía eterno. La artista fue muy celebrada al final de la pieza, con tímidos bravos.

El adorno del belcantismo romántico se hizo presente después con el aria Tanti affetti, de La donna del Lago de Rossini, ópera que la cantante a re-rescatado en el MET la pasada temporada junto a Juan Diego Flórez. DiDonato le tiene tomada la medida a la página, y la sirve apenas sin esfuerzo, a pesar de lo intrincado de la partitura, repleta de escalas descendentes, grupetos y trinos imposibles. Pero no solo hay técnica y gimnasia vocal, sino también una intuición expresiva que es, a nuestro juicio, el arma secreta de la artista. El público reaccionó con entusiasmo, aplaudiendo en pie, en una muestra de generosidad que es ya seña de identidad de los aficionados de Seattle. Después vino el descanso y ya no hubo más opera.

Tras el inevitable himno nacional, llegó una limitada aunque vistosa colección de canciones del musical estadounidense que DiDonato cantó al micrófono. Entre ellas se incluyeron la evocativa The Star –Spangled Banner o la emocionante You´ll never walk alone. Tras un respiro instrumental en el que Morlot dejó una animosa versión de la obertura de West Side Story de Bernstein, escuchamos I feel pretty, de la misma obra y Embraceable you, donde vimos a la DiDonato más juguetona y carismática. Por supuesto, ninguna de estas piezas supuso para la diva mayor dificultad. Todas ellas fueron, no obstante, del gusto de los asistentes que recibieron, como premio a su ovación, dos bises. En el primero, la diva de Kansas recordó sus orígenes con una canción popular y cerró el concierto con Over the rainbow, con música de Harold Arlen. Ludovic Morlot anticipó la frívola jovialidad de la cena de gala que seguía al concierto con una chispeante obra de William Bolcom, llamada Ragomania.

En cuanto a lo musical, que es lo aquí nos ocupa, la noche no alcanzó la altura esperada, sobre todo por la parquedad y la falta de interés de un programa que parecía diseñado para maximizar lo emotivo y minimizar el esfuerzo interpretativo de la intérprete. De esta manera, lo que podría haber sido una memorable noche para abrir la temporada, terminó pareciéndose más a un espectáculo de Las Vegas. Quizá el programador pensó que un programa más denso restaría colaboradores para la noble causa de financiar la institución. En fin, todo sea por que la música siga sonando en Seattle.

Carlos Javier López