Juan Diego Flórez en Pamplona: Splendidissimo y Esplendidísimo

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Juan Diego Flórez en Pamplona
Juan Diego Flórez en Pamplona. Foto: I. Zaldúa

Al salir del concierto me vino a la memoria la frase que canta Óscar en Un Ballo in Maschera. Me refiero a su llegada a la mansión de Renato para invitarles al próximo baile de máscaras, que, según él, será splendidissimo, es decir brillantísimo. Esta expresión en castellano tiene otro significado además del de brillante y es el de generoso o desprendido. Pues bien, ambos significados de espléndido son perfectamente aplicables al resultado del concierto de ayer en El Baluarte. Juan Diego Flórez estuvo espléndido en su actuación y otro tanto se puede decir de su esplendidez o generosidad en las propinas, que fueron nada menos que 6. Sobran más comentarios.

Juan Diego Flórez ha recalado en Pamplona en una gira de conciertos por distintas ciudades europeas, entre las que cabe destacar París, Londres y Viena, para hacer una parada en un par de días en el Teatro Real de Madrid y seguir con su exitosa gira. La verdad es que le he encontrado en un momento vocal espectacular, habiendo ensanchado un tanto el centro sin haber perdido ni un ápice de su brillantez y facilidad en las notas caras. El concierto ha sido exigente desde su inicio y se ha visto un Juan Diego Flórez relajado y cómodo, capaz de gestos simples con los que se ha metido al público en el bolsillo.

Abrió el programa con tres canciones de Rossini, muy bien interpretadas, que sirvieron para calentar tanto su voz como al público, que había agotado las localidades del auditorio. Siguió con Mozart, de quien ofreció el aria de Belmonte en El Rapto en el Serrallo, cantada con gusto y brillantez, y la más que virtuosa aria de Mitridate, sobre cuya discutible paternidad dio explicaciones el artista. Terminó la primera parte del concierto con el aria de Rodrigo Ah, come mai non sentí, del Otello de Rossini, donde brilló de principio a fin.

La segunda parte dio comienzo con tres canciones de Ruggero Leoncavallo, siendo la tercera de ellas la bien conocida Mattinata, donde explotó el entusiasmo de la audiencia. Continuó con Puccini, con una brillante interpretación del aria de Rinuccio, perteneciente a Gianni Schicchi, seguida de la archiconocida Che gelida manina, de la Bohème. Me resultó más adecuado vocalmente en la primera que en la segunda, en la que eché en falta algo más de peso en su voz.

Terminó en concierto con el Pourquoi me reveiller del Werther de Massenet, muy bien interpretado, seguida de dos páginas de Verdi. En primer lugar el aria La mia letizia infondere de I Lomabardi para cerrar el programa oficial con el aria y cabaletta de Alfredo del acto II de La Traviata. Obviamente, lo bordó con un agudo final en la cabaletta O mio rimorso, interminable.

Y de ahí pasamos del splendidissimo al esplendidísimo Juan Diego Flórez, que apareció con una guitarra en el escenario y ofreció tres canciones que desataron la locura del respetable. Me estoy refiriendo a La Flor de la Canela, de su compatriota Chabuca Granda, Cucurrucucú Paloma, del mejicano Tomás Méndez, y la bien conocida Solo le pido a Dios, del argentino León Gieco. Siguieron las propinas, ahora ya acompañadas al piano por Vincenzo Scalera. No podía faltar La donna è mobile, donde puso el teatro boca abajo con un SI sobreagudo interminable. Cuando ya creía que todo se había acabado, nos dedico La Jota del Trust de los Tenorios, de José Serrano, como si de Miguel Fleta se tratara. Y aún hubo más, ya que por si los sobreagudos no habían sido suficientes, nos ofreció para finalizar el aria Pour mon âme, de la Fille du Regiment de Gaetano Donizetti y sus bien conocidos 9 DOs.

Espléndido, efectivamente, por partida doble. 

José M. Irurzun