Katia Kabanova. Janacek. Berlin

88

Schiller Theater de Berlín. 25 Enero 2014.

Uno de los grandes alicientes de este viaje a Berlín era justamente poder asistir a la representación de Katia Kabanova, que contaba con atractivos tan importantes como la presencia de Sir Simon Rattle al frente de la dirección musical, la producción escénica de la alemana Andrea Breth, que fue muy alabada en su estreno en Bruselas, y la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek al frente del reparto. El resultado final no ha estado a la altura esperada ni en la parte vocal ni en la escénica, aunque nada ha dejado que desear la vertiente musical.

Como decía, esta producción de Andrea Breth, una de las figura más reconocidas en la dirección teatral de Alemania, se estrenó en el año 2010 en La Monnaie de Bruselas y fue muy bien recibida por público y crítica. De hecho, no recuerdo haber leído ni una sola crítica negativa. La producción responde al estilo del Regietheater, tan en boga en Alemania. Desde mi punto de vista es una producción que ofrece aspectos muy interesantes y otros mucho más discutibles.

La representación arranca con los acordes del preludio, con el teatro totalmente oscurecido, lo que da un aire de indudable misterio al sonido que sale del foso. Al iluminarse el escenario, nos encontramos en una habitación desvencijada, con un suelo de tierra y unos personajes estáticos, entre los que se ve a Dikoj en una butaca, apoyando sus pies en su sobrino Boris. En el centro de la escena, un frigorífico abierto e iluminado, donde encontramos a la protagonista de la opera. Es éste el escenario único en el que se desarrollará el drama en sus tres actos, trayendo la acción a tiempos recientes.

La dirección de Andrea Breth tiene aspectos bien conseguidos, definiendo bien a los personajes, desde la doble moral de Kabanicha a la sumisión de su hijo Tichon, al que ella baña en una palangana, como si fuera un niño, a lo que habría que añadir también la relación amorosa entre Várvara y Kudriach, que tiene muy poco de romántica y mucho de sexo apresurado. A partir de aquí, nos encontramos con un trabajo escénico que tiene mucho de figurativo y simbólico, al que reconozco no ser muy aficionado, ya que hace falta casi un tratado para poder entender lo que el director quiere significar con sus símbolos. El Volga, tan importante en esta ópera, parece estar representado simbólicamente por una bañera, en la que se mete finalmente la protagonista para supuestamente suicidarse, a lo que habría que añadir una bolsita de plástico con un pececillo, con el que Kudriach entra en escena. Lo que signifique el frigorífico con Katia dentro se escapa a mi escasa imaginación y a mis dificultades habituales para resolver frigoríficos. A esto todavía habría que añadir que en las diferentes escenas los personajes que intervienen en algún momento en las mismas no desaparecen, sino que siguen inmóviles en el escenario, como si no existieran, lo que me recordaba nuestros juegos infantiles, en los que a un niño se le tocaba y se le decía: tírate, que estás muerto. Las apariciones de comitivas eclesiásticas están bien para presentar la doble moral de Kabanicha, pero me parece muy debatible convertir al personaje de Kuligin, el amigo de Kudriach, en un cura.

La escenografía única se debe a Annette Murschetz y resulta bastante confusa en todo el desarrollo de la ópera. El vestuario de Silke Willett y Marc Weeger resulta adecuado para las ideas de Andrea Breth y la iluminación de Alexander Koppelmann me parece mejorable. La dirección de actores es francamente buena y en resumidas cuentas, estamos ante una producción magnífica para los seguidores de modernismo en boga en la ópera y mucho más discutible para los aficionados de a pie. Si sirve una simple comparación, me quedo con la producción de Robert Carsen que vimos en el Teatro Real, mucho más atractiva y poética que la que ahora nos ocupa.

En lo que seguramente todos estaremos de acuerdo, modernistas, pseudo intelectuales, nostálgicos y simples aficionados, es en que la dirección musical de Sir Simon Rattle fue magnifica. Como extraordinaria fue también la prestación que ofreció la estupenda Staatskapelle Berlín. Cuando se unen en una ópera un director y una orquesta excepcionales el resultado es de los de tocar el cielo con la mano. Y así fue, efectivamente. Pocas veces ha podido estar Leos Janacek tan bien servido como en esta ocasión. Creo que es la ocasión en que el director británico me ha resultado más inspirado y convincente.

En cuanto al reparto vocal hay mucho que hablar, ya que no todo lo que reluce es oro. Desde luego, no ha estado a la altura de la prestación musical, ni mucho menos, no faltando errores de bulto en el reparto.

La Katia Kabanova de la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek era uno de los grandes atractivos de esta representación, no en balde estamos ante una de las importantes cantantes de los últimos años y de una intérprete muy intensa en los roles que aborda. El año pasado asistí a su Minnie en Frankfurt y escribí que su agudo estaba mucho más comprometido y blanquecino que anteriormente, aunque seguía siendo una gran artista. Lo mismo puedo decir de su Kabanova. Su interpretación me pareció intachable y plenamente convincente, pero vocalmente no es la misma de hace no más de 3 años. Volviendo a las comparaciones, su interpretación vocal me parece inferior a la que pudimos disfrutar con Karita Mattila en el Teatro Real en la mencionada producción de Robert Carsen.

La veterana (64) soprano (¿) Deborah Polaski dio vida a Kabanicha y lo hizo de manera destacada en escena, pero vocalmente está en un estado lamentable, del que no parecen darse cuenta ni ella misma ni los teatros que la contratan. Ni siquiera resulta suficiente en personajes escritos para mezzo sopranos.

El tenor checo Pavel Cernoch estuvo bien en el personaje de Boris. La voz es atractiva y responde a las características de un tenor lírico. Stephan Rügamer fue un adecuado intérprete del personaje de Tichon, el marido de Katia. La pareja de enamorados – más o menos – estaba formada por el tenor Florian Hoffmann, como Kudriach, y la mezzo soprano Anna Lapovskaya en la parte de Varvara. El primero cumplió bien con su cometido, mientras que ella ofreció la voz más interesante de todo el reparto, mostrando una voz fresca y bien timbrada, expresando además muy bien sus sentimientos. Me parece que puede tener importante recorrido por delante.

Pavlo Hunka fue un adecuado Dikoj, aunque también le he encontrado en declive vocal respecto de sus actuaciones de hace unos años. Roman Trekel estuvo bien en Kuligin. Completaban adecuadamente el reparto la veteranísima Emma Sarkisyan (Glascha), Adriane Quieiroz (Feklusha) y Blanka Modra (Una mujer).

El Teatro Schiller sigue siendo la sede de la Staatsoper Unter Den Linden, ya que las obras de reconstrucción del teatro parecen avanzar a ritmo lento. El teatro ofrecía un lleno total. El público dedicó una cálida acogida a los artistas, siendo las mayores ovaciones para Sir Simon Rattle y la Staatskapelle Berlín. Entre los cantantes los únicos bravos fueron dedicados a Eva-Maria Westbroeck y a Anna Lapovskaya. El equipo creativo fue recibido tibiamente, aunque no hubo abucheos.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 1 hora y 39 minutos, sin intermedios. Siete minutos de aplausos. El precio de la localidad más cara era de 128 euros, habiendo butacas de platea por 65 euros. La entrada más barata costaba 40 euros. Salíamos del teatro a la agradable temperatura de 13 grados bajo cero. Entonces entendí lo de sustituir el Volga por una bañera.

José M. Irurzun