La Bohème en el Teatro Colón de Buenos Aires

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La Bohème en el Teatro Colón de Buenos Aires
La Bohème en el Teatro Colón de Buenos Aires

La ópera de Puccini sigue cautivando a los porteños en una correcta versión que conmovió.

Buenos Aires fue la primera ciudad fuera de Italia que conoció La Bohème, tras su estreno mundial en Turin, allá por Junio de 1896 y desde entonces no se aleja de los escenarios porteños durante mucho tiempo, probando un enamoramiento que puede más que las modas y el tiempo… Y es que las obras maestras logran esos milagros sin necesidad de agionamientos nacidos de la moda de modernizar a ultranza  que pareciera que se impone a uno y otro lados del Atlántico.

El Teatro Colón presentó una vez más La Bohème ante una sala desbordante de público en cada una de las ocho funciones programadas, a las que se deben sumar la transmisión por streaming y la proyección en pantalla gigante de dos de esas funciones, multiplicando la cantidad de público que se emocionó, una vez más con la historia de los jóvenes bohemios parisinos.

Para la ocasión se contó con la puesta de Stefano Trespidi quien optó por un enfoque tradicional y en época, aunque limpiando las escenas de cierto exceso de romanticismo y apuntando a una imagen más “realista” de las situaciones que resultó más efectiva en aquellos pasajes en que el argumento lo permite y que le quitó encanto a ciertos pasajes en los que el autor nos pide cierta credulidad poética. Cito por caso el “Quando m´en vo” de Musetta actuado con más picardía y desenfado que encanto y seducción, olvidando el ritmo sugestivo del vals que lo acompaña.

De la misma forma, el personaje de Mimí no transmitió su enfermedad constante… ese mal que la vuelve frágil desde su entrada del primer acto y que acentúa su carácter. Hubo si toses y desmayos, pero sin transición la costurera se recuperaba y seguía adelante. Sólo en el último acto, la enfermedad se volvió más patente.

Sin embargo, y más allá de estos detalles, la concepción resultó efectiva, entretenida y conmovedora con interesantes aciertos como la marcación de los movimientos de masas del 2° Acto que no interfirieron con los protagonistas al paralizarlas cada vez que estos intervenían volviendo más fácilmente inteligible la acción de ese pasaje, normalmente enrevesado.

Bellos cuadros, ricos efectos, subrayados por la bellísima escenografía e iluminación de Enrique Bordolini y el cuidado vestuario de Imme Möller tan justos en detalles, gratos visualmente y creadores del marco propicio para cada situación.

El hecho de que esta sea una coproducción del Teatro Colón con el SODRE de Montevideo y la Ópera de Tenerife (donde se montará en 2019 y 2020 respectivamente) obligo a no utilizar en el diseño toda la capacidad del inmenso escenario de nuestro Teatro lo que llamó la atención de más de un abonado, pero aun así, el espectáculo visual fue impactante.

Marina Silva se consolida como una de nuestras sopranos más prometedoras. Su Mimí resultó gratísima. Rica en matices, cantada con expresiva línea y buen caudal. Su registro se mostró parejo a lo largo de toda la tesitura y su timbre grato. El “respetable” premió sus arias con merecidísimas muestras de satisfacción. Disfrutamos de su trabajo y le damos nuestra enhorabuena!

La Bohème en el Teatro Colón de Buenos Aires

El Rodolfo  de Gustavo López Manzitti conmovió y creció a lo largo de la función. Bien servido en lo dramático, con soltura y convicción escénica, nos brindó un poeta simple e idealista, pero también con carácter a la hora de mostrar sus “pocas pulgas”. En lo vocal, sirvió al rol con buenas armas: buen fraseo, agudos seguros, fiato confiable; Tras su “Che gélida manina” recibida por un contundente reconocimiento del público, creció y nos entregó un estremecedor final.¡Bravo!

Vinicius Atique resultó un interesante Marcello tanto en lo dramático como en lo vocal y, en este apartado tiene méritos a detacar: una sobrado caudal, un timbre gratísimo y mucha expresividad que fueron puestos de manifiesto en cada una de sus intervenciones.

La Musetta de Paula Almerares, como señaláramos más arriba, careció un tanto de seducción y fue servida con la sapiencia de una intérprete a la que le hemos aplaudido este rol en varias oportunidades. Resultó más impactante en el último acto con su desolado dramatismo que en el segundo, en el que pareció más graciosa que cautivante. Su voz responde a la partitura con soltura de gran artista.

Emiliano Bulacios compuso un buen Colline y conmovió con una grata versión del Aria del gabán.

Muy cumplidos el Schaunard de Cristian Maldonado, el Benoit de Gustavo Gibert y el Alcindoro de Enzo Romano. Otro tanto puede decirse del estupendo Parpignol de Sergio Spina.

Los coros, tanto el Estable como el de Niños, tuvieron una lucidísima actuación tanto en lo referente a su compromiso escénico, cuidado y creíblemente divertido, como desde lo musical, mostrando empaste, ajuste y rigor interpretativo en sus difíciles, por lo complejas, participaciones.

Muy buena resultó, por su parte, la dirección del Mtro. Joseph Colaneri quien extrajo de la Orquesta estable del Teatro sus mejores virtudes y nos entregó una lectura matizada, que supo respirar y aprovechar el instante de silencio tanto como el sonido. 

La primavera porteña nos encontró renovando un enamoramiento que no declina en Buenos Aires desde aquel 1896.

Prof. Christian Lauria