La bohème en el Teatro Real: rentabilizar el clásico

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La bohème en el Teatro Real
La bohème en el Teatro Real

Hay óperas que, por méritos propios, están en el olimpo de lo popular; son reconocidas por todos los aficionados habituales e, incluso, entre los neófitos. Si el mes pasado Carmen fue un ejemplo de este estilo, en el Real han vuelto a tirar de este recurso con una de las obras maestras de Puccini; La bohème es una ópera de gran relevancia en lo músical (con momentos muy conocidos) y en lo teatral, ya que la trama es muy asimilable por la mayoría del público además de generar una inevitable empatía con los grandiosos protagonistas. Por si fuera poco, es una ópera cortita, solamente dos horas que se pasan en un santiamén. Es por ello que los teatros suelen programarla con fines monetarios , los llenos están asegurados y no es poco. Hay que rentabilizar el clásico.

El montaje escénico de Richard Jones nos muestra una puesta en escena funcional aunque, todo hay que decirlo, ligeramente lenta en su transición entre actos. Cada acto tenía lo típico, no había nada innovador en poner una buhardilla al principio y al final ni poner un restaurante en el segundo. Lo que destacaba era la transición ya que dichos cambios de escena se hacían a la vista del público y, sinceramente, sin ninguna prisa, como en el caso del paso del primero al segundo acto, arrastrado por dos operarios; no es una mala opción a priori, resalta la parte teatral de cara al espectador que se siente incluido en todos los entresijos pero, sinceramente, en mi opinión, prefiero que esta transición sea tan mágica como la que hacía Giancarlo del Mónaco con un cambio casi instantáneo. Algunos cambios resultaron demasiado lentos por el motivo resaltado. Todo fue muy respetuoso y visible con la trama que se desarrollaba y la dirección escénica estaba muy bien calculada, cada persona que se encontraba en escena sabía lo que tenía que hacer y estaba muy trabajado.

La bohème en el Teatro Real
La bohème en el Teatro Real

La dirección de Paolo Carignani  resultó irregular, con tempos quizá no tan afortunados en alguna ocasión (quizá demasiado morosos), muy al contrario de lo que han comentado otros críticos no pienso que estuviera pasado de decibelios aunque es bien cierto que tras varias funciones suele ajustarse y yo la encontré equilibrada, incluso con el menor volumen de algún solista. La orquesta sonó empastada aunque siempre se le podría sacar más. Lo mismo se puede decir del coro, estuvo sólido en sus prestaciones aunque un poco ruidoso. Mejor los pequeños cantores de la ORCAM en su pequeña intervención.

En los solistas me quedo con las mujeres sin desprestigiar demasiado a los hombres. Me explico, Anita Hartig estuvo por encima de todos en su representación de Mimí, no solo es que su voz llegara en volumen a todas partes sino que los agudos estaban templados y transmitían a la perfección la angustia de su protagonista, esa rara conjunción entre voz y actuación que le permitía expresar a la perfección los estados de ánimo de la maltratada tísica; su personaje es absolutamente creíble y conmovedor y, al mismo tiempo bellísimo. Maravillosas también las prestaciones de Joyce El-Khoury mostrándose chisposa y divertida en el segundo acto, el de su aparición, para cantar con muy buen gusto el “Quando m’en vò” con buen registro agudo a pesar de una ligera falta de volumen, evolucionando su papel en el último acto para mostrar una Musetta más madura y estable. Una gran caracterización.

Stephen Costello no tiene la voz adecuada para cantar Rodolfo, ni más ni menos. Llegar a las notas no es sinónimo de poder hacer un papel y el instrumento del americano es demasiado ligero; esta ligereza, sumada a su incapacidad teatral (la misma cara diga lo que diga), le impide mostrarse expresivo en su canto y resulta todo demasiado plano, me imagino que con el tiempo podrá ganar un poco de volumen en la mezza voce pero, a estas alturas es un cantante poco idóneo para el papel. Mejor Etienne Dupuis con una voz de barítono muy noble, lírica para las prestaciones necesarias para hacer Marcello. Mucho más metido en el papel que su protagonista tenor, compuso momentos muy bellos y su agudo le corrió fácilmente por todo el teatro. Muy interesantes Joan Martín-Royo y Mika Kares como Schaunard y Colline, el primero, muy metido en su papel, resultó además muy divertido en su caracterización, cantó bastante bien, sin aspavientos; el segundo tuvo su mejor momento en su maravillosa aria “Vecchia zimarra, sentí” que podría haber sido mejor si no fuera por unos desajustes en los agudos que desentonaron el resultado final.

En conclusión, una representación loable del clásico pucciniano que la gente disfrutó y aplaudió sin excesos. Es una buena manera de dar a conocer la obra, habrá mejores momentos para buscar las interpretaciones más adecuadas.

Mariano Hortal