La Boston Symphony y una emocionada Renée Fleming rinden homenaje a André Previn en el Carnegie Hall

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 Andris Nelsons by Marco Borggreve, Renée Fleming by Andrew Eccles
Andris Nelsons (Marco Borggreve), Renée Fleming (Andrew Eccles)

La Boston Symphony Orchestra junto a la mítica soprano Renée Fleming, bajo la dirección de Andris Nelsons, ofrecieron el pasado martes un concierto en el Carnegie Hall de Nueva York, con un programa dedicado por entero a Richard Strauss que se convirtió en un espontáneo recuerdo al compositor André Previn.

El Carnegie Hall es parada obligada de todas las grandes orquestas en sus giras por Estados Unidos. El auditorio de la Séptima avenida sigue siendo un templo de la música cuyas glorias se venden caras. En efecto, el Carnegie aún mantiene esa aura de respetabilidad irreprochable que otras salas de la Gran Manzana hace tiempo que perdieron. El aficionado del Carnegie Hall está acostumbrado a ver de lo bueno lo menor, y no se conforma con menos. Tal vez por ello el público respondió de manera algo tibia a una velada de gran relevancia.

La primera mitad del programa del pasado martes incluía el aliciente de poder escuchar a la famosísima soprano americana Renée Fleming en una de sus páginas straussianas predilectas: la escena final de la ópera Capriccio. Antes, y a modo de aperitivo, los solitas de la BSO Tamara Smirnova y Haldan Martinson (violines), Steven Ansell y Cathy Basrak (violas), y Blaise Déjardin y Adam Esbensen (chelos) interpretaron el Sexteto para cuerdas que abre la ópera. El público conectó rápido con la obra, elevada y poliédrica desde el inicio. Smirnova se empleaba a fondo en frases cálidas y desgarradas mientras Esbensen le daba el contrapunto con hermosas volutas en el chelo. Sin apenas salir del arrobamiento, y ya con la Fleming sobre las tablas, comprobamos lo bien engrasada que mantiene Andris Nelsons a la Boston Symphony. El orden y el rigor, encarnados en los líderes de cada familia instrumental, son la base del sonido de la orquesta. Ellos se encargan de su parte, mientras que Nelsons cuida de forma intensa el equilibrio y distribuye los acentos con gracia entre sus profesores. Todo ello resultó en un discurso orquestal claro y poderoso.

Sobre la riqueza tímbrica y la voluminosa sonoridad de la Boston Symphony, la voz de Fleming apareció como un añadido fantástico. El instrumento de la cantante ya no es lo que era: reducido en armónicos, tirante en el paso de registro, forzado para mantener la proyección. Pero la Fleming sabe navegar esta música como nadie y emplea su sabiduría y su milagrosa musicalidad para salir más que airosa del compromiso. La inelasticidad de una voz ya agostada se ve compensada por un timbre oscurecido y misterioso, un vibrato emotivo y estudiado, y la presentación artística de quien encarna cada papel operístico con las mañas de la mejor actriz. A su lado, vimos a un Andris Nelsons cuidadoso y artesanal, extrayendo del sonido orquestal dosis extra de carnosidad.

El éxito estaba descontado. Por ello, los artistas tenían preparada una propina muy especial: el aria I Can Smell the Sea Air, de la ópera Un tranvía llamado Deseo, del recientemente desaparecido André Previn. Fue la propia Fleming la que introdujo la pieza, con evidente emoción por su reciente pérdida. No olvidemos la gran amistad de la soprano con el compositor gemano-americano; y que fue ella misma quien interpretó a Blanche DuBois en el estreno de esta ópera en San Francisco en 1998.

La segunda parte del concierto la ocupaba el grandioso poema sinfónico de Richard Strauss Also sprach Zarathustra Op.30. De la importante interpretación ofrecida por Andris Nelsons y sus músicos podría decirse mucho, y tal vez fuera merecedora de un análisis más profundo e ilustrado. Permítaseme que cuente aquí tan solo algunos detalles que, por su relevancia, se erigieron en categoría, y que pueden dibujar una idea cercana a lo que se vio en la sala Isaac Stern del Carnegie Hall.

Estar a la altura de esta obra no es fácil para ninguna orquesta, pero la enorme concentración de todos los músicos de la BSO trasmitía seguridad. Todos parecían tener el mono de faena puestos, dispuestos tras la batuta de Nelsons. Hay mucho trabajo y mucha experiencia en la orquesta. Lo atestiguan la cavernosidad justa de los contrabajos, la precisión puntillosa de los violonchelos, la proyección triunfal de trompetas, trombones y tubas, el canto afilado de flautas y oboes, la trasparencia de las arpas, los violines que se estiran en un arco continuo y plástico. Todos juntos, forman un torrente imparable que encuentra sus meandros con la mismas sencillez y oportunidad con que se agita en remolinos brutales e inapelables. Cada familia de instrumentos mantiene su sabor personal dentro del marasmo sinfónico de Richard Strauss, y al unísono suenan en estilo.

La Boston Symphony Orchestra suena exultante, se expande sin complejos y suena amplia incluso en las partes más intimistas de la obra, como si la música de Strauss fuera un acontecimiento inevitable que sólo Nelsons pudiera controlar. Porque al director  letón no se le escapa la orquesta, parece llevar las cuerdas atadas a la batuta. Nelsons explora los límites sonoros del conjunto orquestal, trata las páginas solistas como elementos episódicos, no como hitos expresivos, e intenta huir de apianamientos no escritos. Ello resulta en una propuesta palpitante, netamente sensorial, capaz de colmatar la sensibilidad del espectador más reservado, pero alejada de sentencias trascendentales.

Tan solo la belleza más genuina puede salir al paso de la voluptuosidad y la exuberancia, para pasar a convertirse en sujeto trascendente, en arte. De ahí que no todos estuvieran contentos con el enfoque de Nelsons, si bien su mérito primordial reside, además de en el empleo fisiológico y casi desbordado del acontecimiento sonoro, en mantener viva y actuante la expresividad de una línea orquestal que suena cierta y semántica (pero no siempre poética) durante toda la obra.

No sé si me explico.

Carlos Javier López