La Clemenza di Tito. Mozart. Munich

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Nationaltheater de Munich. 16 Julio 2014.

No es La Clemenza di Tito una ópera fácil de montar y menos en los tiempos actuales con tanto protagonismo por parte de los directores de escena. No es extraño que en muchas ocasiones se recurra a la versión de concierto. En Munich hemos asistido a un Mozart bien servido musicalmente, bastante más irregular en términos escénicos y con luces y sombras en el apartado vocal.

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La producción escénica lleva la firma del alemán Jan Bosse, que se estrenó en este teatro el pasado mes de Febrero. El trabajo de Bosse pone en valor por encima de todo la estética, aunque haya que decir que su concepto sobre la misma no será compartido por todos. Traslada la acción, a juzgar por el vestuario de Victoria Behr a la época barroca más recargada, ofreciendo la ópera en teatro, haciendo uso de los palcos laterales, donde sitúa al coro durante el primer acto de la ópera. La escenografía de Stéphane Laimé ofrece un hemiciclo con gradas, que podría ser tanto un teatro romano como el propio senado, coronado con grandes columnas al fondo, dejando un espacio circular por delante, por donde de mueven los cantantes. El mencionado hemiciclo queda totalmente desnudo, con practicables a la vista, en el segundo acto, tras el incendio del Capitolio. El vestuario de los solistas, especialmente en los casos de Vitellia y Servilia consiste en pesados y exagerados vestidos rococó, en los que destacan unos peinados todavía más exagerados. Jan Bosse no parece dar importancia a que los personajes de Sesto y Annio sean masculinos y no tiene mejor idea que hacer que Sesto lleve tacones de aguja, mientras que Annio lleva una extraña peluca. El cuidado de sus ideas estéticas hace que Jan Bosse vista a la orquesta, director y coro de blanco, que pasa a ser negro en la segunda parte. La iluminación de Ingo Bracke funciona bien, haciendo la producción uso de proyecciones de los cantantes en primeros planos.

Uno al final no sabe si Jan Bosse se toma en serio la ópera o todo lo contrario. Llama poderosamente la atención que convierte al personaje de Publio en una especie de sacerdote, que no se sabe a ciencia cierta si es el bufón de la corte o el pelota mayor del imperio. Una producción un tanto extravagante, en la que dirección de escena no brilla mucho.

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La dirección musical la asumió el húngaro Adam Fischer, sustituyendo a Kirill Petrenko, quien se encuentra ahora en Bayreuth ocupado en los ensayos del Anillo wagneriano. La lectura de Adam Fischer ha sido enérgica y vibrante, quizá algo corta de la ligereza que normalmente relacionamos con Mozart. No es fácil dirigir con éxito esta ópera, debido a su notable estatismo, y el húngaro lo consiguió de manera notable. Hubo numerosos cortes en recitativos, lo que no parece criticable sino por puristas. A destacar la prestación de la Bayerische Staatorchester, con menciones especiales a Markus Schön (clarinete) y Martina Beck (corno di bassetto), acompañando en escena de manera brillante a Sesto y Vitellia, respectivamente. Buena también la actuación del Coro de la Bayerische Staatsoper.

El Emperador Tito fue interpretado por el tenor británico Toby Spence, cuya actuación fue más convincente escénica que vocalmente. La voz de este cantante es un tanto ligera para el personaje y tuvo muy serias dificultades en su gran momento vocal, es decir el aria Se all’impero. No deja de ser una alegría verle ya recuperado de su grave enfermedad.

La triunfadora de la noche fue la mezzo soprano irlandesa Tara Erraught en el personaje de Sesto. Hace algo más de un mes esta cantante fue objeto de una agria polémica en la crítica inglesa tras su actuación en el personaje de Octavian en Rosenkavalier. Hubo algún conocido y prestigioso crítico que comentó muy negativamente la adecuación de su figura (es bajita y algo redondita) para Octavian, lo que trajo consigo que corrieran ríos de tinta en Inglaterra sobre lo apropiado del comentario. Apenas pasado un mes, todo han sido elogios a su actuación en la parte de Sesto. La suya es una voz amplia, bien timbrada y ágil, muy adecuada para el personaje, cantando muy bien y enfrentándose brillantemente a las agilidades requeridas. Creo que nadie ha podido mediar en la polémica mejor que ella, demostrando que es una gran cantante y todo lo demás sobra.

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Kristina Opolais venia de obtener un triunfo personal importante en la Manon Lescaut de Londres junto a Jonas Kaufmann. Cualquier aficionado sabe que entre Puccini y Mozart la distancia es enorme y me resultaba sorprendente verla anunciada como Vitellia. Kritina Opolais es una artista excepcional, aunque se le puedan poner pegas de importancia a su calidad vocal y a la extensión de la misma. Mozart tiene para mí la gran virtud de ser la mejor piedra de toque posible para juzgar a un cantante, ya que sus virtudes y defectos quedan siempre en primerísimo plano. Kristina Opolais no me resultó convincente en el personaje, salvo en su presencia física y su desenvoltura escénica. A la voz le falta belleza, resulta algo estridente en la parte alta y escasa en los muy exigentes graves de Vitellia. En otras óperas todo esto puede quedar oculto ante sus muchas virtudes, pero en Mozart las cosas son de otra manera.

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Hay que destacar la actuación vocal y escénica de la segunda pareja de amantes, formada por Annio y Srvilia. El primero fue interpretado de manera brillante por la mezzo soprano americana Angela Brower, una estupenda cantante con una voz muy atractiva y no muy poderosa. Me gustó mucho también la soprano Hanna-Elisabeth Müller en la parte de Servilia. Es una soprano ligera, de timbre muy atractivo y muy expresiva en su canto. Finalmente, Publio era el kuwaití Tareq Nazmi, que ofreció una voz sonora y de cierta calidad.

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Una vez más el teatro ofrecía un lleno total, aunque había oferta de entradas en los alrededores. A escena abierta hubo sonoras ovaciones en las dos arias de Sesto. Acogida final muy cálida, especialmente para Tara Erraught, pero no faltaron ovaciones y bravos para el resto del reparto, así como para Adam Fischer y los dos clarinetistas.

La representación comenzó con 7 minutos de retraso y tuvo una duración de 2 horas y 59 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 13 minutos. Nueve minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 164 euros, habiendo butacas de platea desde 92 euros. La entrada más barata con visibilidad plena costaba 40 euros. Las entradas de pie costaban 12 euros.

José M. Irurzun