Pocas óperas exploran con tanta lucidez los abismos de la obsesión como La dama de picas de Piotr Ilich Chaikovski, basada en la breve novela de Pushkin y transformada por el compositor y su hermano Modest en un retrato febril del alma humana al borde del colapso, tan del gusto del romanticismo ruso. En esta reposición de la Metropolitan Opera de Nueva York, la producción ya clásica de Elijah Moshinsky volvió a desplegar su sofisticada elegancia y su juego de claroscuros como alegoría del destino trágico de los personajes. La ejecución musical liderada por Keri-Lynn Wilson supo hacer justicia al drama.

La puesta en escena, con decorados y vestuario de Mark Thompson, sigue funcionando con eficacia dramática y visual. La producción combina teatralidad clásica con detalles de buen gusto, colorido y momentos de ingenio escénico. Es especialmente irresistible el cuadro pastoral de la tercera escena, resuelto con gracia y ritmo. Una mención especial merecen los espléndidos trajes diseñados por Thompson y preparados por el competente equipo de vestuario del Met, que lucieron con notable elegancia.
El mérito de este funcionamiento escénico impecable recae en gran parte sobre Paula Williams, artífice del revival, que ha sabido guiar con mano firme a reparto, figuración y maquinaria escénica, garantizando una función fluida, viva y bien ensamblada.
La dirección musical de la directora de orquesta canadiense de ascendencia ucraniana Keri-Lynn Wilson fue otro de los alicientes de la noche. Después de su éxito en 2022 con su debut metropolitano en Lady Macbeth de Mtsensk, Wilson vuelve con otra obra maestra del repertorio ruso, en la que la orquesta del Met volvió a sonar lujosa y ordenada, rica en acentos, precisa y fiel al estilo romántico ruso. Wilson escogió tempi muy adecuados, nunca apremiantes, permitiendo que el tejido orquestal respirara con amplitud, sin perder intensidad dramática. En ningún momento se cayó en el sentimentalismo ni en la rigidez: la música fluyó con nervio y riqueza tímbrica.

En el rol de Hermann, el tenor Arsen Soghomonyan ofreció una interpretación propositiva y expresiva, muy bien resuelta en lo actoral. Su timbre es mate y más bien pobre en la media voz, con una línea algo áspera y poco sedosa. Sin embargo, cuando la escritura lo exige, su instrumento se enciende y estalla en el registro agudo, campaneando con un brillo singular, incisivo y penetrante. Su canto fue valiente y apasionado, con notas que, aunque en ocasiones suenan abiertas y de apoyo incierto, resultaron interesantes y comunicativas. Fue un protagonista interesante de escuchar, plenamente implicado dramáticamente y bien integrado en el tejido musical de la noche.
Sonya Yoncheva confirmó su afinidad con el papel de Lisa, al que imprimió un inflamado lirismo y una línea amable, incluso en los pasajes más dramáticos. Su vibrato es sugestivo, y su fraseo, elegante. Aunque en ocasiones algunos sonidos resultaron guturales o algo sobreimpostados, ofreció una interpretación muy expresiva, cuidada en la forma y siempre convincente en lo emocional. Fue una Lisa elegante, frágil y apasionada.
El Príncipe Yeletsky de Igor Golovatenko fue otro de los puntos altos de la velada. Con este papel debutó en el Met en 2019, y ahora volvió a triunfar. Su voz sigue creciendo en amplitud y color, y su canto legato, de gran refinamiento, transmite una noble melancolía muy adecuada para el personaje. Tras su aria de amor del segundo acto fue calurosamente braveado por el público, que reconoció la belleza de su timbre y la hondura de su interpretación. Golovatenko continúa así una carrera internacional de firme ascenso, afianzando su posición como uno de los barítonos rusos más destacados del momento.

La legendaria Violeta Urmana encarnó a la Condesa con una presencia escénica poderosa. Su interpretación fue más actuada que cantada, pues su instrumento, aunque mórbido y aún expresivo, ha perdido gran parte de su estructura y proyección. Sin embargo, su carisma y su alma artística siguen intactos, y eso bastó para convertir su escena con Hermann en un momento de tensión teatral extraordinaria.
Alexey Markov, como Tomsky, fue un auténtico placer vocal. Su timbre varonil y bien proyectado, de centro carnoso y hermoso color, se combinó con una declamación impecable y una musicalidad siempre inspirada. Su canto legato fue de una belleza inusual, y supo darle al personaje la mezcla justa de ligereza y autoridad.
Maria Barakova, joven mezzosoprano rusa en el papel de Pauline, sorprendió gratamente por su atractiva apostura escénica y su voz rica, de emisión serena y limpia. Su línea de canto fue clara, con dicción inteligible y gran sensibilidad musical.

El resto del reparto cumplió con solvencia, con mención especial para el coro del Met, dirigido con eficacia por Tilman Michael. El conjunto coral brilló especialmente en los tableux del último acto, aportando una intensidad dramática clave para el desenlace trágico de la ópera.
La última gran producción de la temporada de ópera en Nueva York se salda así con un final feliz y de gran calidad. Antes del descanso estival, la Metropolitan Opera puede darse por satisfecha tras un año de gran interés operístico, cuajado de producciones del más alto nivel.
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Metropolitan Opera de Nueva York, a 28 de mayo de 2025. La dama de picas, ópera en tres actos con música de Piotr Ilich Chaikovski y libreto en ruso de Modest Chaikovski (hermano del compositor) basado en el novela corta homónima de Aleksandr Pushkin.
Dirección Musical: Keri-Lynn Wilson. Orquesta y coro de la Metropolitan Opera (director del coro: Tilman Michael). Producción: Elijah Moshinsky. Diseño escénico y vesturario: Mark Thompson, Iluminación: Paul Pyant. Coreografía: John Meehan. Directora del revival: Paula Williams.
Reparto: Chad Shelton, Raymond Aceto, Alexey Markov, Arsen Soghomonyan, Igor Golovatenko, Sonya Yoncheva, Violeta Urmana, Maria Barakova, Jill Grove, Edyta Kulczak, Damel O’Hearn, Ann-Kathrin Niemczyk, Scott Scully, Christopher Job.













