La entrega pasional de Plácido Domingo

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Plácido Domingo e Irina Lungu
Plácido Domingo e Irina Lungu

Su concierto de Les Arts de Valencia abarrotó de público el auditorio 

Plácido Domingo sigue teniendo un tirón mediático como el mejor de los sirgadores. El auditorio del Palau de les Arts aparecía a rebosar de un público deseoso de escuchar al cantante madrileño en un recital de ópera y zarzuela junto con la soprano rusa Irina Lungu y Camila Titinger y Vicent Romero, dos alumnos del Centro de Perfeccionamiento que lleva su nombre en el coliseo valenciano. No es extraño, su voz sigue teniendo una calidad envidiable, su musicalidad es creativa e inspirada, precisa y sugerente, su presencia escénica llena de carácter y su cercanía y humanidad tan próximas como afectuosas. Por otra parte su fama posee una aureola tan multimedia que ni la de San Pedro. La gente quiere oírle, quiere verle, quiere estar cercana a él, obtener una fotografía o un autógrafo. De hecho al final de la audición fueron muchos centenares de admiradores los que se acercaron a su camerino a tener el privilegio de conocerle y él, sin desenfundarse el frack que había lucido en el concierto, fatigado como estaba, atendió a todos con un grado de amigable familiaridad, que para nada revelaba el cansancio que a buen seguro minaba su, sin duda, fuerte naturaleza. Tiene un don de gentes, una simpatía y una calidad humana tan eminentes como su forma de cantar. Domingo en la cercanía de sus admiradores es el anti divo, familiar, amigable y efusivo y nunca regatea una sonrisa o una palabra amable a nadie. Su trato cordial y afectuoso resulta, ayer y hoy, casi inaudito para quien ha sido el mejor tenor del mundo que ha pulverizado todos los records escénicos del arte canoro. 

Plácido Domingo
Plácido Domingo

E igual que no defraudó en el backstage, no lo hizo en la escena. La entrega y la pasión son las principales referencias del tenor-barítono-director, que conserva la voz hermosa que le ha hecho célebre sin que muestre el más mínimo asomo de vibrato senil, algo inexplicable en un cantante de casi 78 años. Plácido no es barítono, eso lo sabemos todos, sigue emitiendo desde su posición de tenor: paladar alto e impostación arriba, pero su centro es tan amplio que le permite abordar, con solvencia, el repertorio baritonal haciendo gala de un fraseo pleno e intenso de carácter. Es cierto que en sus dúos con el tenor Vicent Romero de «Les Pêcheurs de Perles» y «Marina» se echaba a faltar mayor contraste entre las voces, pero en los habidos con las sopranos Irina Lungu y Camila Titinger la eficacia de su canto fue absoluta y no digamos en sus intervenciones en solitario. Pasional en el aria de Gerard del tercer acto de «Andrea Chenier», contrastado desde el desespero a la devocionalidad en la del cuarto acto de «Nabucco», intenso y evocador en la salida de Juan de «Los gavilanes», lírico y emocional en la romanza de Rafael de tercer acto de «Maravilla» y  humano y sentido en la de Germán del primer acto de «La del Soto del Parral» que regaló al público para agradecer sus aplausos. En los dúos mostró siempre su intencionalidad en el fraseo, su dicción sincera, su musicalidad eminente y su altura de actor. ¡Qué hubo fallos! No se puede negar: el desajuste en «Marina» en «también muy tierno el mío, en otro tiempo fue», y el olvido de una frase en «Maravilla» «fueron falsas palabras mentiste mil veces….» dejando sola a la orquesta en la reexposición del tema, son ejemplos, pero son insignificancias ante un decir tan intenso capaz de transmitir la gran verdad del canto: la emoción. 

Es de justicia destacar la hermosa voz cristalina y traslucida, de lírica pura, la dicción sensitiva y viva y el temperamento escénico de Irina Lungu que por igual sedujo en una cautivadora Violetta de «La traviata» llena de emotiva pasión enamorada que en la romanza de Concha de «El niño judío» arrobada de casticismo hispánico de la mayor postinería. En sus dúos con Domingo del cuarto acto de «Il trovatore», fue encendida pasionalmente y seductora  y aristocrática en « Lippen schweigen» del tercer acto de « Die Lustige Witwe». Muy convincente Camila Titinger en la cautivadora aria de las joyas de «Faust», y también en el castizo dúo del taller con Domingo de «La del manojo de rosas», que no es especialmente adecuado para su voz, sobre todo en los compases iniciales. Vicent Romero solvente arriba (se vio muy bien en el Si del dúo de «Marina») amplio de fiato (en el Lab de la romanza de Juan de Colás de «La pícara Molinera») y preciso en la dicción, con una voz generosa pero de menos kilates. Por último Oliver Diaz estuvo muy pendiente desde el podio del acompañamiento a los cantantes, de la métrica y el matiz y mucho menos de sacarle todo el partido sonoro y el empaste a una orquesta tan excepcional como es la del Palau de les Arts.  

Antonio Gascó