La Filarmónica de Viena en Madrid: el arte de hacer música

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La Filarmónica de Viena en Madrid: el arte de hacer música
La Filarmónica de Viena en Madrid: el arte de hacer música

La Filarmónica de Viena visitaba Madrid en el fin de semana del 24 de Junio. Situando el eje central entre el final de temporada 15/16 de Ibermúsica y la apertura de la 16/17 en otro de los milagros de su director, Alfonso Aijón . 

En el programa dos tardes con una abanico inmenso de compositores y estilos. Beethoven (con Javier Perianes al piano en el cuarto concierto para piano y orquesta), Brahms, Strauss, Rachmaninoff y Kodaly.

El concierto del viernes 24 de Junio fue de los que se quedan grabados en el oído y la retina para toda una vida. Abría el programa la obertura Coriolano de Beethoven. Compositor clave de esta orquesta legendaria que ya desde los primeros compases demostraba, nada más y nada menos, lo que es. Una de las mejores orquestas del mundo. Su director (sustituto de D. Gatti) Jonathan Nott, llevó a la orquesta por unos derroteros rara vez escuchados en la capital. 

Abría Coriolano. Los primeros compases de la obertura denotaron un increíble balance (que se mantuvo presente en todo el concierto) en el que se podían distinguir todas y cada una de las notas en el tutti de los famosísimos acordes iniciales en ff. Mágico presagio. Grandes contrastes estaban escritos en la partitura de Beethoven que la Filarmónica interpretó en el tempo giusto y con fidelidad al texto. Cabe destacar las notas tenidas por el viento metal. Realmente afinadas y con una textura amable y aterciopelada. Nott sabía lo que tenía entre manos. Crescendos interminables acentuaban las secciones trágicas de la obertura que la gente ya aplaudió con grandísima aceptación.

Así pasábamos a Strauss. Muerte y transfiguración. Aumento de plantilla orquestal y cambio radical en el estilo. Qué magnífico contrapunto en esos acordes iniciales a contratiempo. De nuevo la orquesta con Nott a la cabeza hicieron gala de un gran sentido del ritmo y sobretodo, sonoro. Así quedó patente en los metales, quienes aportaron a la masa sonora la potencia y la armonía justa. Sin ser ariscos o agresivos. Los solos de cuerda o flauta fueron interpretados con dulzura y expresividad. Nunca escuchamos un instrumento por encima de otro sino una gran masa sonora que iba modificándose, transformándose, en los que sin duda era un prodigio de trabajo (y oído) de los integrantes de la orquesta y de su director. Nott dirigió con sobriedad, sin demasiados adornos. Fue profesional y efectivo. Al servicio de la música. Muy bueno.

En la segunda parte nos esperaba toda una primera sinfonía de Brahms en el que era el plato fuerte de la tarde. 

El comienzo fue espectacular. Profundo, sobrio, sincero. La sinfonía en general, fue el éxito de las articulaciones. Notas picadas, ligadas, staccato. Todo se escuchaba individualmente y en conjunto. Brahms fue un gran arquitecto musical y así fue el sentido que Nott imprimió. 

Los tempi fueron cuidados, libres, metronómicos y fraseados. Todo obedecía a la gran construcción de la forma en una sinfonía que se iba a los más de 35 minutos de música. 

Destacaron los grandes cantabiles de las secciones mas dolce con mención especial a los segundos violines. Tales, volvieron hacer gala de su gran sentido del ritmo y la capacidad para ser armonía y melodía al mismo tiempo. Bravo

La tarde del 24 de Junio se recordará como aquella en la que la Filarmónica de Viena volvía a Madrid. Aquellos que asistimos al concierto, agradecidos diremos “yo estuve allí”.

Francisco García-Rosado