La Flauta Mágica de Mozart cierra una gran temporada de la Seattle Opera

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Andrew Stenson (Tamino). Jacob Lucas photo
Andrew Stenson (Tamino). Jacob Lucas photo

La Seattle Opera despide su Temporada 2016/17 con La flauta mágica de Mozart, en una producción dirigida por Chris Alexander, con la directora Julia Jones al frente de la SSO y vestuario de la diseñadora inglesa Zandra Rhodes.

La flauta mágica que se puede ver este mes en Seattle no desmerece ni en lo escénico ni en lo musical una temporada bastante sólida de la SO. La compañía sigue creciendo año tras año, con una programación cuidada y un estudiado equilibrio entre lo tradicional y la vanguardia. En paralelo, intenta llevar a cabo una profunda renovación que incluye el traslado de su sede administrativa y de sus instalaciones auxiliares a un nuevo edificio, ya en construcción. Seattle es el hogar de empresas como Microsoft, Amazon, Starbucks o Boeing, por lo que la financiación de la SO, aunque siempre complicada por su escasa rentabilidad, ofrece oportunidades que para sí quisieran otras ciudades del país. Aidan Lang, el director de la Seattle Opera, quiere potenciar las coproducciones y los intercambios con otros teatros para reducir las creaciones propias, y depender menos de las grandes donaciones de particulares. Pero los cambios nunca son fáciles: El pasado sábado, los responsables del taller de escenarios que tradicionalmente ha trabajado con la SO repartía panfletos a la entrada del teatro, animando a los espectadores a apoyarles en su oposición al plan de Lang, que les dejaría sin su único cliente.

Todos estos cambios y desafíos no han afectado a la calidad artística de la temporada. Prueba de ello es el éxito que está cosechando La flauta mágica. Entre sus principales atractivos se cuenta el vestuario diseñado por Zandra Rhodes. Fresco, directo y colorista, transmite a la perfección la personalidad de cada uno de los personajes. La escenografía de Robert Dahlstrom y Robert Schaub es esquemática pero elocuente. Los creadores abundan en la simbología masónica basada en la pirámide, conjugándola con potentes contrastes entre los colores cálidos del templo de Sarastro y los fríos del reino de la noche. La iluminación de Duane Schuler emplea el claroscuro con eficacia y se alinea correctamente con el resto de la producción, aunque sin demasiada finura técnica.

La Seattle Opera ofrece dos repartos vocales bastante homogéneos. En el turno de estreno disfrutamos de las voces de Andrew Stenson (Tamino) y Lauren Snouffer (Pamina). Stenson fue un Tamino retórico y adusto. Su voz mate se adelgaza en lo alto de la tesitura, pero la limpieza de su técnica y su línea de canto le sirvió para dejar un Tamino de mérito. Por su parte, Lauren Snouffer, a la que ya escuchamos como la condesa de El Conde Ory, se mostró segura con un instrumento que combina la anchura lírica en las notas medias con una gran flexibilidad en el agudo. La soprano de Texas convenció con una Pamina poliédrica que evoluciona durante la obra hasta erigirse en la piedra angular de un final que exorciza al público de la insufrible misoginia de Sarastro. Más cándida resultó la Pamina del segundo reparto, encarnada por Amanda Forsythe. La soprano, especializada en el repertorio barroco, dejó frases irresistibles gracias a un vibrato muy atractivo y al partido que supo sacar de una voz más bien pequeña. Junto a ella tuvimos al tenor Randall Bills, que ofreció un Tamino lineal y falto de encanto. Con una línea de canto poco elegante, se empleó con gracia en las arias de su personaje, adornadas con el brillo de sus notas agudas y la agradable calidez de su timbre.

Los barítonos americanos John Moore y Craig Verm dieron vida a Papageno. El personaje del pajarero es el más agradecido de la producción: tiene el mejor vestuario y el mayor movimiento escénico, como le hubiera gustado al propio Schikaneder. John Moore, al que ya vimos con la SO como el Conde de Las Bodas de Fígaro la temporada pasada, cantó con gran solvencia, aunque no terminó de conectar plenamente con el personaje, al punto de rozar lo histriónico en ocasiones. Más convincente sobre el escenario, aunque solo cumplidor en lo musical, nos pareció Craig Verm, muy celebrado por el público de Seattle.

La pareja formada por la soprano griega Christina Poulitsi (Reina de la noche) y el bajo croata Ante Jerkunica (Sarastro) actúa junto a ambos repartos. La Poulitsi superó sin problemas los obstáculos vocales de sus dos arias, si bien dejó un recitativo algo soso que se olvidó pronto gracias al brillo acerado de sus sobreagudos. Como era de esperar por lo lucido de sus páginas vocales, fue la más aplaudida en ambas veladas. Los aficionados españoles pudieron disfrutar de las oscuridades de la voz de Ante Jerkunica en su Sparafucile en el Liceu de Barcelona. En Seattle, el croata firmó un Sarastro de peso, algo dubitativo la noche del estreno. El pasado domingo, una vez los nervios del estreno se hubieron temperado, el artista regaló una sobresaliente aria In diesen heil’gen Hallen, manejando su voz con inteligencia, precisión y economía.

La flauta mágica
Nian Wang (Segunda Dama), Andrew Stenson (Tamino), Jacqueline Piccolino (Primera Dama), John Moore (Papageno), y Jenni Bank (Tercera Lady). Philip Newton photo

 

La soprano Amanda Opuszynsky fue una graciosa Papagena, y supo adaptarse a sus dos compañeros. El tenor filipino Rodell Rosel debutaba en la Seattle Opera con Monóstatos. Espléndido en lo actoral y ayudado por un vestuario muy llamativo, no decepcionó en lo vocal, con una línea segura y templada que le permitió jugar con las inflexiones de la voz para dibujar un Monóstatos impagable.

La batuta de Julia Jones ensambló con maestría las escenas del primer acto, mientras que en la segunda parte de la ópera su solidez sobre el cajón aportó frescura cuando la música de Mozart se torna más retórica. Siempre acudiendo en auxilio de los cantantes, la templanza de la directora fue clave para el éxito de la ópera. El coro de la Seattle Opera, preparado por John Keene, cumplió su cometido sin lujos.

Los sobretítulos en inglés estuvieron firmados un vez más por Jonathan Dean. Tan poco cuidadoso con el libreto original como de costumbre, en esta ocasión supo adaptar el libreto de Schikaneder para potenciar la comicidad de los diálogos en alemán. En el primer acto, por ejemplo, cuando Papageno se ve libre del embrujo que le impide hablar, el quinteto de Papageno, Tamino y las tres damas de la noche interpreta una oda a la honestidad. Aquí Dean introduce una sibilina mención a las noticias falsas y a los mentirosos y embaucadores. Suficiente para que la audiencia de Seattle, la ciudad más pro-demócrata y anti-Trump de Estados Unidos, estallara en carcajadas y aplausos. Una reacción espontánea que tuvo lugar tanto durante el estreno como en la matiné del domingo, y que prueba la actualidad de la obra de Mozart en el S. XXI y en una ciudad separada de Viena 8.600km.

Con todos estos mimbres y dejando que el genio de Mozart lo impregnara todo, el director de escena Chris Alexander consiguió crear un espectáculo muy completo. Tampoco renunció a la fantasía, ni a dejar guiños dirigidos a la audiencia de Seattle, e incluso consiguió contrarrestar el machismo de Sarastro con pinceladas de feminismo; o la aridez de los ritos masónicos, con una escenografía ágil con una estética lírica y elegante.   

Carlos Javier López