La forza del destino en Berlín. ¡Adiós, Frank Castorf, hasta nunca!

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La forza del destino en Berlín. Foto: T. Aurin

Es ésta la primera nueva producción de la Deutsche Oper esta temporada, que se estrenara hace unos días y fue recibida (con razón) con una auténtica tempestad de abucheos. Hay producciones buenas y malas, pero ésta entra en una categoría diferente. 

La citada producción escénica se debe al alemán Frank Castorf, cuyo trabajo se caracteriza fundamentalmente por ridiculizar la propia ópera y buscar la provocación a toda costa. No tiene ningún sentido que quien no cree en la obra que tiene escenificar lo haga. Tampoco tiene sentido que los teatros acepten sin rechistar los trabajos de los directores de escena a los que hacen encargos de nuevas producciones. No dejan de ser cómplices del resultado. 

La acción se traslada a la época de la Guerra Civil española, aunque tampoco se incide en exceso en la misma. Ya en la famosa obertura de la ópera, nos encontramos al Marqués de Calatrava soltando un discurso fingido en la terraza de su casa. El mencionado discurso, según se lee en las pantallas superiores, va sobre los ¡ojos de cristal!, tema tan importante en esta ópera, como bien conocen los aficionados. La entrada de Don Álvaro a la casa para huir con Leonora la hace llevando un cesto y todos nos preguntamos el motivo, que queda claro cuando Curra, la criada de Leonora, lo abre durante el dúo de su dueña con Don Álvaro y comienza a comerse lo que parecen ser ostras dentro del cesto. Este primer acto termina con la muerte accidental del Marqués de Calatrava, lo que no le impide levantarse al final del acto para soltar un discurso, explicando que lo que había en el cesto y comía Curra no eran ostras, sino ¡ojos de cristal! 

En el escenario giratorio de Aleksandar Denic pasamos a lo que se supone que es Hornachuelos, donde nos aparecen por encima dos grandes pantallas, donde se desarrollan asuntos que nada tienen que ver con la trama de la ópera y que, por supuesto, no hacen sino molestar y distraer. La entrada de Leonora en el Monasterio es apoteósica, ya que es recibida a la puerta por Melitone y un personaje en paños menores y con lentejuelas que parece literalmente salido de actuar en un cabaret de gays. El tal personaje parece vivir en el Monasterio, ya que también se abraza cariñosamente con el Padre Guardiano a continuación. Durante el precioso pasaje musical de la Vergine degli angeli, las pantallas de arriba no hacen sino mostrarnos al personaje gay dando vueltas por todas partes y haciendo que no podamos concentrarnos en la música. 

En el acto de Italia nos ponen en las pantallas visiones extrañas de un bosque, mientras abajo canta su aria Don Álvaro. Durante toda la escena de Don Carlo y Don Álvaro vemos en las pantallas los horrores de la enfermería de guerra con las monjas en minishorts de plástico rojo, que acaban ligando con los enfermos. Curiosamente, mientras Don Carlo descubre la verdadera identidad de Don Álvaro, éste, a quien se supone herido, se levanta, se viste y se va para que un rato después aparezca el cirujano para comunicar a Don Carlo lo de È salvo. Señor, señor… 

La escena final de este acto, conocida como la del rataplán se ofrece con un figurante dando vueltas al escenario con unas banderas. Es lo único que hace y no se sabe la razón. Lo cierto es que da nada menos que 20 vueltas al escenario, si es que no me perdí alguna. 

En el último acto la distribución de comida a los pobres convierte al escenario en un auténtico estercolero. Antes de volver al monasterio, asistimos a dos largos discursos, uno a cargo del caballero de las lentejuelas y el otro un dueto de dos figurantes sobre la figura de Cristo. Por supuesto, fundamental para que entendamos lo que transcurre en la ópera 

La forza del destino en Berlín. Foto: T. Aurin
La forza del destino en Berlín. Foto: T. Aurin

Así llegamos a la escena final, donde nos llevan a la caja de un camión, donde se coloca Don Carlo. Finalmente, aparecerá Leonora, la ermitaña, que va vestida con transparencias como hacen todos los ermitaños de este mundo, siendo al parecer acuchillada fuera de escena por su hermano, de quien no estoy seguro si muere, ya que la pantalla nos lo enseña siempre vivo y fumando. El último gran golpe de genialidad de Frank Castorf viene en los minutos finales, en los que las pantallas nos presentan una visión de Broadway por la noche. Nada más apropiado para terminar esta ópera. 

Espero que mis lectores me perdonen esta larga descripción de lo visto, pero uno no tiene oportunidad de ver cosas así todos los días y no me resisto a que participen de mis alegrías. Llegado al final, terminaré diciendo: ¡Adiós, Frank Castorf, hasta nunca! 

Con lo que un director tiene delante de sus ojos tiene que resultar casi imposible concentrarse en la dirección musical. Sin embargo, el valenciano Jordi Bernàcer lo consigue y su lectura me ha parecido interesante y adecuada, con buena carga dramática. Habría que verle en otras circunstancias, porque es claro que en esta producción nos resulta a todos muy difícil concentrarnos en la música. Buena la prestación del la Orquesta de la Deutsche Oper Berlín y lo mismo se puede decir del Coro de la Deutsche Oper. 

 La parte de Don Álvaro fue interpretada por el tenor americano Russel Thomas, cuya prestación vocal me ha parecido lo mejor de la representación. Le he encontrado mejor como intérprete y como cantante que la última vez que le vi en escena como el Otello de Verdi. La voz tiene atractivo y cantó con gusto, ofreciendo en conjunto una actuación digna de elogio. 

La soprano uruguaya María José Siri dio vida a Leonora di Vargas y su actuación fue buena, aunque no excepcional. La voz resulta adecuada y canta con cierto gusto, aunque eché en falta más matices en su canto, ya que tiende a cantar en forte. 

El barítono alemán Markus Brück fue Don Carlo y lo hizo bien, incidiendo quizá en exceso en la maldad del personaje, ya que su canto tuvo muchos sonidos abiertos. La voz tiene calidad y está en general bien manejada. 

El Padre Guardiano era el bajo Marco Mimica y lo hizo bien, aunque lejos de lo que han ofrecido en este personaje otros colegas suyos hace unos años. 

La mezzo soprano Judit Kutasi volvió a escena tras su Ulrica de la noche anterior para ofrecer una Preziosilla sin mucho interés, aunque la voz me pareció más adecuada para este personaje que para Ulrica. 

El barítono Misha Kiria fue un Fra Melitone de voz amplia y sonora, aunque con escasa vis cómica. Mucho me acordé del incombustible Carlos Chausson, insuperable siempre en este personaje. 

El Marqués de Calatrava era Stephen Bronk, que lo hizo de manera adecuada. 

En los personajes secundarios estaban Amber Fasquelle como Curra, Pedraic Rowan como Alcalde, Michael Kim como Trabuco y Byung Gil Kim como Chirurgo. 

El teatro ofrecía una entrada algo superior al 80 % de su aforo. El público se mostró cálido con los artistas en los saludos finales, especialmente con Russel Thomas y María José Siri. 

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 3 horas y 35 minutos, incluyendo un intermedio y las paradas para los discursos señalados en escena. Duración musical de 2 horas y 42 minutos. Nueve minutos de aplausos. 

El precio de la localidad más cara era de 100 euros, habiendo butacas de platea desde 34 euros. La localidad más barata costaba 24 euros. 

José M. Irurzun