La mejor oración, la música. Réquiem de Verdi en La Valetta

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Cuando hay ingenio, las trabas se desvanecen. En nuestra hermosa y barroca catedral de La Valetta (Malta) se había programado, con orquesta y coro la interpretación de un Requiem de Verdi, que había despertado la atención del público de la capital. La pandemia, obligó a las autoridades a prescindir de la masa coral y de la presencia del público, para evitar contagios. Sin embargo la creatividad y el ánimo de los organizadores, músicos y solistas, sustituyó el proyecto previsto, por otro en el que, haciendo uso de las muchas posibilidades tecnológicas audiovisuales de nuestros días, pudiera ofrecer una interpretación de altísima calidad que eludiese cualquier tipo de riesgo. Así se preparó un programa alternativo en el que se interpretaron los números del cuarteto solista, con excepción del «Libera me» que entona la soprano, al final de la misa de difuntos del maestro de Le Roncole. Seguidamente, se ofreció un repertorio con obras sacras concertantes y para voces solistas, cuyo resultado no pudo ofrecer mayor nivel. El concierto se transmitió en vivo y en directo, a todo el mundo, en la página Facebook de Classic FM, a las 7 de la tarde del 1 de abril, Jueves Santo y también en nuestra cadena televisiva nacional, Malta Televisión. Fue en aquella primera ocasión, cuando quien firma este comentario pudo apreciar el evento, emocionándose en su escucha y en su visualización. El registro puede obtenerse conectándose en el Facebook de Classic FM. La grabación televisiva no pudo ser mejor por iluminación, plasticidad y acústica. El marco condicionaba en gran manera la audición. Una catedral del siglo XVII con grutescos en relieve y estofados al oro, convertían el interior en un ascua refulgente. Las pinturas de Erardi y Caravaggio en los altares, fueron el recinto perfecto para el evento musical. El inconveniente estuvo en la reverberación y en la separación de los instrumentistas, para evitar los contagios del Covid 19. Réquiem de Verdi en La Valetta

Ramón Tebar y Christian van Horn en el Réquiem de Verdi en La Valetta.
Sondra Radvanovsky, Marvic Monreal, Ramón Tebar, Joseph Calleja y Christian van Horn en el Réquiem de Verdi en La Valetta.

Nuestra orquesta nacional, la Filarmónica de Malta, estuvo excelente por conjunción, métrica y sonido mórbido, circundante y aromatizado. Siempre señora del matiz o de la intensidad cuando las ocasiones lo demandaban. Los armónicos de los violines primeros en el «Faceas domine» del Requiem y el divisi de los segundos, revelaron una sinfónica de excepción, que debería tener más reconocimiento del que tiene. La batuta del maestro Ramón Tebar, precisa, clara, sugestiva y siempre inspirada, supo cortejar. Su mano izquierda lograba, en su dicción acariciadora, auspiciar la atmósfera del sacro recinto. Pocas veces ha sonado nuestra orquesta como bajo las órdenes de este director que hasta consiguió exorcizar la mala acústica. He de decirlo. No conocía a este joven director español y me causó la más grata de las impresiones. Bien haría nuestra orquesta en no perderlo de vista y traerlo de vuelta cuantas veces pueda. Réquiem de Verdi en La Valetta

Comenzó el programa con los fragmentos del citado Requiem de Verdi dedicados a los solistas. Christian van Horn, cantó con autoridad, hermosa y amplia materia prima, de alientos baritonales, permitiéndose iniciar el «Mors stupebit» con un inverosímil y nada habitual piano con el pedal ominoso de la gran caja con sus obstinadas corcheas en Fa. Su inflamado «Confutatis», más musical que trágico, bien lo manifestó. Sin duda es un bajo de emisión brillante óptimo para encarnar Wotan, Kurvenal, Pizarro o Scarpia. Si este comentarista fuera director de escena no dudaría en adjudicarle un Vitelio Scarpia, habida cuenta que, por su gallarda presencia, inspiraría una muy creativa puesta en escena con un rival tan capaz de enamorar a Tosca como Cavaradossi.

Ramón Tebar y Christian van Horn en el Réquiem de Verdi en La Valetta.
Ramón Tebar en el Réquiem de Verdi en La Valetta.

La joven mezzo local Marvic Monreal, lució una voz de mezzo lírica muy sugestiva ofreciendo una lectura del «Liber scriptus» alejada de las habituales tensiones, sin perder autoridad en el aterciopelado registro grave, como asimismo lo demostró en el dúo del «Recordare» con la soprano, que fue uno de los momentos mágicos de la noche. Aquí el director dejó frasear «a piacere» a las dos mujeres, marcándoles tan solo ciertas intenciones de modulación, operando con el inmaculado el pálpito de la orquesta. La reconocida soprano Sondra Radvanovsky (estadounidense de Illinois, aunque de apellido ruso) lució en esta misma página su voz de diamante y su sensibilidad en el bien decir, prodigando pianísimos y esfumaturas de sugestiva elevación, como el cristalino la natural en el «Ad vitam», mantenido los tres compases que pide la pauta en el final del Ofertorio, o los diez del «Sed signifer». Su buen decir verdiano asimismo fue reverencial en su lectura interiorizada y piadosa del «Ave Maria» de Otello, que cantó en la segunda parte del recital, con un La dulcificado al remate, de elevación angélica. Tebar propició, en la acogida de la orquesta, el deleite de la cantante para cantar con conmovedor e inspirado fraseo, que empañó sus ojos de lágrimas al concluir el aria. Será muy grato volver a escuchar a este binomio, en cualquier teatro del mundo. Lo mismo cabe decir de su equilibrado «Ave verum» mozartiano y del «Pie Iesu» de Lloyd Weber, (realzado, a dúo, por una fecunda voz de la mezzo) cuajado de diáfanos reflejos de emisión impostada en la cabeza; por ejemplo, el de la primera sílaba del postrer «Requiem». Otro dúo prodigioso, esta vez con el tenor fue el «Ave Maria» de Mascagni basado en el intermezzo de «Cavalleria rusticana». En el piano final del «Non mi lasciar», compitieron por ver quién de ambos esfumaba la voz con más belleza, mientras Tebar convertía la orquesta en un sahumerio. Réquiem de Verdi en La Valetta

Joseph Calleja tiene muy hecho el «Requiem» de Verdi y bien lo manifestó, con un «Ingemisco» y un «Hostias» cuajados de espaciales pianos y con un fiato interminable. El maestro le esperó con fervorosa solvencia en la resolución del «Mihi quoque» y dirigió con gesto espacioso y elegante, la intervención de todo el cuarteto. No es de extrañar que nuestro artista más internacional eligiera otra vez más a este joven maestro español. No es fácil encontrar un vínculo tan identificado y sentido en estos días. Reciprocidades como las que percibimos, son de las que emocionan y perduran en el tiempo. Estamos bien seguros de que esta pareja, nos dará muchas más noches de satisfacción en un futuro próximo. El reverencial canon fugado, lento del «Domine Jesu Christe» del Ofertorio, no pudo tener un carácter más pietista por parte de todo el cuarteto. Por supuesto el tenor maltés, a quien se debe la gestación del grato espectáculo que disfrutamos, brilló en el registro superior y por ello nos extrañó que interpretase el Ave Maria de Bach Gounod en el habitual tono de barítono de FaM. El timbre de nuestro compatriota y su emisión diáfana nos recuerda la de grandes del pasado como Kraus, Gigli o incluso Björling. A ella cabe añadir la fácil técnica para emitir pianísimos, esfumaturas y la capacidad de diminuendos muy poco habitual en cantantes de hoy en día. Es realmente un orgullo para nuestra nación contar con un artista tan universal como él.

El concierto concluyó con la intervención del cuarteto del bellísimo «Amazing grace» de John Newton, que los países anglosajones han llevado al territorio folk, celta. Con ese espíritu la sintieron los intérpretes. Réquiem de Verdi en La Valetta

Sin duda, la música es la mejor oración y en particular cuando los sonidos, henchidos de fervor, de inspiración, de belleza y de musicalidad, se elevaban, como un incienso sonoro, hacia la bóveda celeste desde la catedral de Malta.

Isaac Camilleri  Traducido para Opera World por Nuria Pesudo