La New York Philharmonic y Simone Young se encuentran por accidente en la Sexta de Mahler

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 Simone Young
Simone Young

La Sexta de Mahler iba a ser uno de los conciertos clave en la primera temporada de Jaap van Zweden como Director Musical de la New York Philharmonic. Un título buscado con toda la intención, para demostrar el virtuosismo de la orquesta y las prestaciones directivas del artista holandés. La mala suerte y una inoportuna quemadura en el codo han apartado a van Zweden del evento; todo un contratiempo, si se tiene en cuenta que la temporada va avanzando sin que el director haya conseguido ningún gran éxito que proyecte su trabajo más allá de la isla de Manhattan.

Con mucha cintura y gran olfato, la compañía le ha pasado la patata caliente mahleriana a una especialista. La directora de orquesta australiana Simone Young,  artista versada en el repertorio romántico alemán que combina las representaciones operísticas en plazas tan respetables como las óperas de Viena, Berlín, Zúrich y Múnich, con sus apariciones junto a la Orquesta de Cámara de Lausana, de la que es Principal Directora Invitada. Contamos aquí los pormenores de su actuación en el Lincoln Center.

Lo primero que sorprende el estilo direccional de Simone Young es su gesto preciso y adusto. La mano izquierda es asertiva, dictatorial, e impone un carácter unívoco a la orquesta. Ante estos estímulos, la New York Philharmonic respondió con un primer movimiento algo encorsetado al principio. Por suerte, la naturalidad propia de la orquesta se tornó en cierta rebeldía artística, con la rabia propia del cautivo. Así las cosas, Young fue soltando poco a poco la rienda, y la orquesta pudo respirar y sonar más orgánica y menos maquinal. La energía desbordante y una línea incisiva fueron la tónica del primer movimiento, que resultó, de esta guisa, muy estimulante.

La precisión tonal y la fuerza expresiva de los tempi elegidos por Young  continuaron en el segundo movimiento, scherzo, en el que acaso se hubiera agradecido una interpretación más sensible y menos brusca. El discurso orquestal fue evolucionando a lo largo del movimiento, como hubiera querido Mahler. Hubo pasajes de buscada ambigüedad, casi cínicos, mientras la orquesta no perdía brillo ni precisión.

En el tercer movimiento, andante, Simone Young dejó que la orquesta se alargara, sin perder nunca el control férreo de una articulación descriptiva, mucho más enunciativa de contemplativa. Aquí pudimos disfrutar de buenos ejemplos de la maestría de los profesores de la New York Philharmonic. La tersura epatante del viento metal, en combinación con la untuosa y expansiva línea de las cuerdas, dejaron momentos de gran altura.

En la propuesta de Young, la música sale al encuentro del espectador, revelada y ofrecida sin velos. La transparencia de la dirección de la australiana redundó en un sonido pulcro, sin pretensiones. Liderados por el sensible y disciplinado, casi sumiso, concertino Frank Huang, los músicos de la sección de cuerdas fueron el sustento principal del edificio orquestal en la versión de Young, quien centró sus esfuerzos expresivos en los vientos, mucho más díscolos. Es justo aquí, donde los mimbres instrumentales deben encajar a la perfección, que la New York Philharmonic obtiene sus mejores frutos.

Durante el cuarto movimiento, muchos se preguntaron cuánto de historicista tiene esta versión de Simone Young, tan escrupulosamente fiel al estilo de Mahler. Justo cuando parecía que la orquesta tomaba derroteros propios, con los fagotes y el clarinete bajo totalmente entregados, Young recogió de nuevo a la orquesta para llevarla de vuelta a los corrales de la pureza rítmica, como dando por concluida la faena.

Puede que con algo más de tiempo de ensayos y una mayor generosidad por parte de la directora, acaso demasiado germanizante sobre el podio, la orquesta hubiera conseguido más efectividad emocional. No obstante, la fuerza sonora de la interpretación, sobrecogedora en el cuarto movimiento, hará que los espectadores de Nueva York recuerden con aprecio la inesperada dirección de Simone Young.

En cuanto a los músicos de la New York Philharmonic, parecen velar armas a la espera de poder sellar el final de temporada que merece la compañía, esta vez a manos de su director titular.

CARLOS JAVIER LOPEZ