La Ópera de Santa Fe y el estreno mundial de Cold Mountain

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La Ópera de Santa Fe y el estreno mundial de Cold Mountain

Razón tenían StravinskyGeorgia O’Keefe en volverse locos por Santa Fe. En realidad, estaban tan cuerdos como el visionario John Crosby que fascinado con el desierto de Nuevo México decidió fundar una compañía de ópera. La patriada de Crosby rindió sus frutos y hoy la SFO se acerca a su sextoagésimo aniversario disfrutando de inmenso prestigio, apoyo generoso y sin permitirse aquello que no puede, el secreto de su éxito. Cada verano concita un público internacional y curiosamente heterogéneo que distendido se da cita en el espectacular teatro al aire libre con capacidad para 2000 asistentes enclavado entre sierras para una temporada de cinco títulos que incluye piezas de repertorio, rarezas y primicias  que acaparan la atención de crítica y público. Esta es la compañía donde figuras de la talla de Frederica von Stade, Bryn Terfel, Joyce DiDonato y Susan Graham hicieron sus primeras armas y donde el programa de aprendices es uno de los mas completos de la nación americana.

La vedette de esta temporada fue Cold Mountain, primera ópera de la laureada Jennifer Higdon con libreto de Gene Scheer que resumió a lo esencial la novela de Charles Frazier llevada al cine por Anthony Minghella en 2003. En dos actos, el primero funciona como prólogo, plantea en flashbacks la odisea del desertor W.P.Inman y su regreso a Cold Mountain donde lo espera Ada, una Penélope sureña asistida por la rústica Ruby. En el segundo, Higdon encuentra – o resuelve – un lenguaje tanto más sólido y convincente que en el primero. Honesta y consciente, deja “respirar” a las voces en diálogos, arias y ensembles, mientras que los momentos sinfónicos peca de un abigarramiento orquestal algo obvio cuando no convencional. Es en las instancias íntimas y evocación de los Apalaches y del lirismo sureño donde plasma tanto ese mundo como el ansia de los amantes siempre separados en escena. El climax de la ópera es el coro Buried and forgotten; que estremecedor e inolvidable, también marca una senda para la compositora al aunar todos los elementos que hacen grande al género lírico.

El éxito del estreno mundial – hubo que agregar funciones – descansó sobre los hombros de la puesta en escena de Leonard Foglia y un elenco superlativo a las órdenes del talentoso director peruano Miguel Harth-Bedoya. Los personajes navegaron la sombría, apropiadamente enmarañada escenografía de Robert Brill constituida por tablones y vigas entrelazadas iluminados, transformados por las proyecciones de Elaine McCarthy. En los protagónicos, un contenido Nathan Gunn dió vida a Inman y la radiante Isabel Leonard fue ideal como “belle” Ada en un papel que como la Charlotte massenetiana crece a medida que avanza la ópera. No se quedó atrás la consagratoria Ruby de Emily Fons ni el villano Teague por un estentóreo Jay Hunter Morris, muy bien secundados por Anthony Michaels-Moore, Roger Honeywell, Kevin Burdette y Deborah Nansteel como la esclava Lucinda. Un equipo de lujo para una premiere importante que clama por un DVD.

Mas allá de las consabidas audacias que impone la actualidad lírica, Rigoletto fue otra buena entrega. La abarrotada puesta de Adrian Linford sirvió a Verdi con un elenco solvente donde brilló el bufón de Quinn Kelsey. Apenas un punto por debajo, Georgia Jarman fue una Gilda creíble y Bruce Sledge excelente Duque de Mantua bajo dirección de Jader Bignamini.

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Laberíntica comedia de enredos de un Mozart de  apenas 18 años, La finta giardiniera fue remontada por un ensamble excepcional que aplacó los longueurs del segundo y tercer acto. Gran trabajo de Harry Bicket – director musical de la compañía – que logró una literal orquesta de período, refrescante, atrevida, de pura estirpe mozartiana. A esto se sumó la impredecible Arminda de Susanna Philips, una cantante que como Isabel Leonard ha crecido como artista, deliciosamente secundada por William Burden, Joel Prieto y Joshua Hopkins. Si la Serpetta de Laura Tatulescu robó el show con cada intervención, ni Cecilia Hall (Ramiro) ni la condesa vuelta jardinera de Heidi Stober fueron opacadas gracias a la sagaz dirección de Tim Albery, el delirante vestuario de Jon Morrell y la escenografía rococó de Hildegard Bechtler que jugó feliz aprovechando el panorama al fondo del escenario: el ocaso en las montañas.

Menos suerte tuvo La hija del regimiento, a estas alturas un Donizetti sólo potable como vehículo de lucimiento para megadivos. La agradable puesta de Ned Canty probó que si es dificil hacer reír en teatro, tanto más lo es en ópera; un género donde la comedia requiere estilo y timing perfectos para no caer en el ridículo o en querer ser graciosos a toda costa. Desde el foso orquestal, la lectura vigorosa de Speranza Scappucci enmarcó la farsa escénica que amén del maquillaje sonó un tanto perimida. En esa vena, cumplieron Anna Christy (Marie) y Alek Shrader (con la andanada de agudos de Ah mes amis aunque se lo sintió algo disminuido como cantante y repetitivo como actor). Afortunadamente, Phyllis Pancella trazó una ajustada Marquesa sin los tics y recursos acostumbrados, algo que tentó más de la cuenta al Sulpice de Kevin Burdette.

Oportuna vuelta al drama con Salomé en una puesta de Daniel Slater ambientada en tiempos de Oscar Wilde y de una Herodías (Michaela Martens) quasi Reina Victoria. La imaginativa escenografía de Leslie Travers es un gigantesco cajón metálico, será terraza, palacio y cisterna donde Iokanaan (espléndido Ryan McKinny) encarna un filósofo febril al que se le acaba el tiempo. Robert Brubaker fue un Herodes sórdido sin desbordes mientras que Brian Jagde (Narraboth) es definitivamente un nombre a seguir.

Slater cambia la danza de los siete velos por un revelador racconto freudiano de la infancia de la princesa, incluído abuso por su tio, asesino de su padre. La búlgara Alex Penda (ex Alexandrina Pendatchanska) fue una apasionada Salome cuyo incisivo timbre eslavo careció de la opulencia wagneriana para esa imposible “Isolda de 16 años” requerida por el compositor; asimismo David Robertson desató una orquesta feroz pero también recordó a la frase de Strauss “mas fuerte, aún puedo oir a los cantantes”.

Propuesta tentadora en un marco magnífico, el festival lírico de Santa Fe permite ver cinco títulos en cinco días. Es un acontecimiento anual compartido por el público aficionado, el taxista o el mozo de bar que comenta la ópera que vio la noche anterior. Es una invitación irresistible para regresar cada verano a un lugar por el que Stravinsky, O’Keefe – y tantos otros – se volvieron “locos”.

Sebastian Spreng