La ópera será siempre ópera   

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La muerte de Monserrat Caballé ha traído a la memoria su paso por el teatro Colón de Buenos Aires. La recordamos mucho y no olvidamos su Liù de “Turandot” en 1965. El tiempo transcurrido no es un obstáculo  para la admiración. Su esclava junto a Birgit Nilsson con la dirección de Fernando Previtale, quedó para siempre entre nosotros  los amantes de la ópera.

Hoy, cuando operaworld.es nos mantiene unidos para conocer inmediatamente  las noticias europeas operísticas, surge espontáneamente un clamor unánime por el buen gusto. La ópera es un arte difícil pero consuela poder rescatar el trabajo de tantas y tantos. Reconozco que leo con avidez los comentarios que aparecen en operaworld.es y, entre ellos, los del  profesor José M. Izurzum. Todos ellos son una excelente colaboración para conocer desde esta lejana Buenos Aires lo que acontece en el mundo europeo de la ópera.

Observo también  que se han llevado al cine algunas óperas. No necesito advertir a los amables lectores que en las mismas, todos poseen voces capaces de arrasar con los sonidos de la orquesta. Sin embargo, la intención es buena y se llega a un público muy variado.  A veces y llevados por los antecedentes cinematográficos, se exige en el  teatro a los cantantes en exceso. No hace mucho tiempo una soprano confió en una entrevista, que debió “entrenar” durante varias horas diarias para lograr un momento ideado por el director escénico para “Lucía”.

De Europa llegó hasta aquí una versión cinematográfica de “Andrea Chenier”. Es una obra difícil de cantar y difícil de poner en escena. Los antiguos besos operísticos consistían en el acercamiento de los rostros de dos  cantantes.  Así y desde el público, quedaba patente una escena de amor sin otras exageraciones innecesarias. Pero el realismo anima. Así, en el cine, cuando el carcelero Schmidt cita a Andrea y a la falsa Idia Legray, ellos se besan con pasión y cantan el   “viva la morte insiem!  Y de inmediato, suben al carro  que los llevará al cadalso.

Soy de los que hemos estudiado muchas partituras y reconozco que a veces constituyen  serias barreras para los cantantes. Hace muchos años atrás, una niña encarnó a Rosina en “El barbero de Sevilla”. Había cumplido ella  los dieciséis y el público del San Carlo de Nápoles se estremeció ante su canto.  Era Elvira de Hidalgo. Pasado el tiempo ella enseñó a María Callas los secretos del canto lírico.

Hasta los lejanos puertos de Buenos Aires y Rosario, llegaron a principios del siglo XX, compañías de ópera. Los cantantes, el coro, la orquesta y sus músicos, los decorados venían para poner en escena las obras. Transcurrido el tiempo fue posible presentar al público óperas con verdadera dignidad.

En operaworld.es  pude apreciar que en el ovetense teatro Campoamor, “El turco en Italia” de Rossini ha sido objeto de muy cuidada presentación. También fue aplaudida una  “Medea” en Berlín y un Barbero de Sevilla en la Opéra national du Rhin

Roberto Sebastián Cava