La orquesta y coro de Les Arts siguen en lo más alto

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La orquesta y coro de Les Arts siguen en lo más alto
La orquesta y coro de Les Arts siguen en lo más alto

Es evidente que la orquesta del Palau de les Arts mantiene el alto nivel de sus tiempos gloriosos cuando tenía como titulares a Zubin Mehta y a Lorin Maazel, pese a que sus efectivos originarios menguaron casi un 50 por ciento a la agrupación se le ha mantenido un aura de elogiosa calidad que sigue inquebrantable y en particular cuando tiene al podio a un director con nivel y posibilidades. Y no digamos nada del coro. La agrupación que desde el inicio sigue dirigiendo el maestro Francisco Perales a quien este comentarista se enorgullece en llamar amigo, sigue siendo un prodigio de afinación, sensibilidad, cuadratura, y sobre todo conjunción en su elenco  y calidad irreprochable en todas y cada una de sus cuerdas. Sin duda tanto en ópera como en oratorio o en prestaciones sinfónicas (por no decir en los conciertos a capella) el colectivo es, sin duda, el mejor de España y uno de los más prestigiosos de Europa. Bien haya por sus componentes y por su director. De todo ello podemos dar fe los castellonenses, en particular en el último concierto que se ofreció en el Auditorio, merced a la gentileza del Palau de les Arts.

El maestro Michele Marioti es un director clásico, especialmente refinado  que frasea con una delectación muy sugestiva y que es capaz de extraer a orquestas de calidad todos cuantos recursos positivos puede encerrar. Su mano es como la que destapa el tarro de las esencias y así lo pudimos comprobar en la obra de Mendelssohn que abrió el programa «Mar en calma viaje feliz» en cuyos primeros compases la batuta permitió un  embeleso sonor de inmensidades serenas y refinadas en una inmensidad azul y en la segunda una intensidad radiante con palmarias onomatopeyas del viento y el oleaje, al ser cortado por la proa del barco, en rítmico vaivén.

La Sinfonia Haffner de Mozart que completó la primera parte comenzó con un primer tiempo vehemente aunque sin perder la aristocracia de los diálogos de una cuerda suntuosa y unas maderas enervantes. Seductores y refinadísimos los arcos en el andante, sobre el pedal del fagot. Si algo hubo de especialísima mención fue la transparencia con postulado sensitivo de un descriptivismo bucólico. El breve minueto emergió lleno de galanura y el presto no pudo tener más entusiasmo  sin que por ello se perdiera lozanía y riqueza de timbres. Pocas veces ha oído este comentarista este tiempo con más creativa intención, más esmerado refinamiento y más atención a los contrastes.

La «Pavana» de Fauré se inició sobre el ondulado pizzicato de las cuerdas con el evocador solo de flauta replicado por oboe y clarinete,  como apertura a la entrada de un coro en una festiva y manifiesta sugestión. La versión no pudo estar más empastada, ser más aérea, llegando casi a poseer una aliento se ensoñación en la contraposición de las voces que sobre el pedal de la pavana llevan a cabo un régimen de variaciones reveladoras de las futuras sonoridades de Debussy y Ravel.

Acabó el programa con el «Gloria» de Poulenc, iniciado con solemnidad aunque sin el menor arrebato de pasión, acogiendo el contrapunto del coro de preciso y esmerado contrapunto en una significativa vehemencia rica en matices. Los jocosos solos de trombón del «Laudamus te», combinaron con un coro suelto, con una alegría callejera cercana a Stravinsky y Gershwin, suavizada en el risueño «Gratias agimus», para volver en el «Propter magnam» al postulado de esa algarabía ambiental del inicio.

La soprano Aida Gimeno cantó de forma angelical con una voz cristalina y luminosa el «Domine Deus», arropada por las voces pietistas del coro y el diálogo de embelesada riqueza de timbres. La agilidad gozosa de la orquesta en el inicio del «Domine fili», se enfatizó en el fugato en el «Unigenite». Reverencial el solo de clarinete acompañando a la soprano que llevó a una diversificación entre el canto angélico de la solista y la humanidad de la masa coral. Otro momento de esmerada concepción litúrgica fue el «Qui tollis» en donde la batuta conjugó con sensitiva atmósfera el idilio de la soprano con la solemnidad  organística de coro y orquesta.

La magnificente riqueza de timbres del «Qui sedes» se esfumó con el solo a capella de infinito matiz contemplativo  atmosféricamente devocional, que fue el preludio de la glorificación celeste antes de entrar en el contemplativo «Amen» que fue acogido con justicia con clamorosas ovaciones por el público.

Antonio Gascó