La poesía de Mishima en escena: El pabellón de oro, de Mayuzumi, en la Opéra national du Rhin

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El pabellón de oro, de Mayuzumi, en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck
El pabellón de oro, de Mayuzumi, en la Opéra national du Rhin. Foto: Klara Beck

Si uno pasea por Estrasburgo estos días en los que parece que al fin se retira el invierno, es fácil cruzarse con algún japonés al margen de los que integran los grupos de turistas que en bloque recorren el centro. Una prueba de la capacidad de convocatoria del festival Arsmondo, organizado por la Opéra National du Rhin (OnR), cuya primera edición está dedicada a Japón. El objetivo de Arsmondo es dar conocer al público la cultura de países no occidentales con una visión distinta de la tradición operística europea. Se trata del proyecto más ambicioso de Eva Kleinitz, que tomó las riendas de la institución hace medio año. Ha habido conferencias, talleres, conciertos y hasta un concurso de cosplay. Pero, por supuesto, también ópera: El pabellón de oro, de Toshiro Mayuzumi, inspirada en la novela homónima del célebre Yukio Mishima. Inencontrable en CD, nunca representada en Francia, esperemos que esta nueva producción, con Paul Daniel como director musical y Amon Miyamoto a cargo de la puesta en escena, ponga de relieve esta joya contemporánea.

Creada en 1976, en alemán, en la Deutsche Oper de Berlín, la ópera sigue muy fielmente no sólo el argumento del libro sino también el código poético de Mishima. Los protagonistas son el joven Mizoguchi y el propio Pabellón de Oro (“Kinkaku-ji”), el templo en el que Mizoguchi trabaja y el fruto de su obsesión por la Belleza. Durante la obra somos testigos del paso del monje de la adolescencia a la juventud, condicionado por sus traumas infantiles y sus disfunciones físicas. El tartamudeo descrito por Mishima se convierte en la ópera, por razones obvias, en la parálisis de un brazo. Con la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo, la postura de Mizoguchi ante el mundo evoluciona a partir de su encuentro con varios personajes hasta llegar a la culminación final, las llamas que devoran el Pabellón de Oro. La historia está, de hecho, basada en un suceso real: el Pabellón de Oro existía, en Kioto, y fue quemado por un joven monje con problemas mentales. Una versión reconstruida, más dorada para hacer honor a su nombre, se yergue ahora frente al mismo lago.

Mayuzumi se revela en esta obra un compositor excepcional, capaz de fusionar la música clásica occidental con las tradiciones japonesas sin llegar nunca al pastiche. Gran pionero de la música electroacústica en Japón y admirador de John Cage, su música incorpora disonancias experimentales sin dejar de ser por ello accesible a un público amplio, a lo que ayuda la clara separación musical entre escenas y un libreto con una línea argumental fácil de seguir. Se intuye también la influencia del jazz, especialemente en el leitmotiv que asigna a los soldados americanos. Por otro lado, es precioso el solo de flauta shakuhachi, el más directo homenaje a la música tradicional nipona. Pero donde Miyamoto es realmente magnífico es en la coposición de los coros, que atronadores recitan sutras y guían al espectador dentro de la mente atormentada de Mizoguchi. Si hay algo que criticar de esta ópera es el tono demasiado sombrío que mantiene la música durante las intervenciones de Tsurukawa, amigo con el que Mizoguchi vive los momentos más luminosos de la novela.

La versión de Paul Daniel integra bien todos los estilos tratados por Mayuzumi, aunque sorprende descubrir que el libreto ha sido recortado respecto a la versión original. Se agradece al menos que la OnR presente el texto entero en su edición en papel, tan bien editada como siempre, indicando en un color distinto los trozos suprimidos. Sobre la puesta en escena, Amon Miyamoto desarrolla la acción en un espacio cerrado, oscuro y opresivo, tanto como la mente del protagonista. Los episodios y recuerdos de Mizoguchi se suceden en escenas de ambientación tradicional japonesa que se deslizan saliendo de los muros laterales. Destaca por su poesía la escena de la joven dando a probar a su pareja, que parte a la guerra, la leche del niño que esperan. Además de quien canta el rol protagonista, el barítono Simon Bailey, un álter ego más joven, Pavel Danko, se pasea por la escena, algunas veces copiando a su sosias pero otras interpretando escenas que refuerzan lo cantado, como el momento en el que se embadurna con la ceniza del padre muerto antes de la quema del templo. En el fondo del escenario se proyecta en ocasiones la imagen del Pabellón de Oro, creada virtualmente por Bartek Macias y Stanislaw Zaleski. Visto esto uno esperaría que la quema del final la resolviesen con efectos especiales, pero nada de eso: el fondo, refulgiendo dorado, se acerca a Mizoguchi y su doble, empujándolos hacia el público, en un apogeo que quita el aliento.

El vestuario, a cargo de Kaspar Glarner, evoca fielmente los años en torno a la Segunda Guerra Mundial y los diseños tradicionales nipones. La excepción son los jóvenes Mizoguchi, Tsurukawa y Kashiwagi, cuyo vestuario y maquillaje de diferentes colores (azul, verde y rojo, respectivamente) renfuerza lo distinto de sus personalidades. El peinado japo de Mizoguchi y su doble, al estilo de los “otakus” o frikis japoneses, sugiere un paralelismo entre el joven monje alienado y contrahecho y los grupos de jóvenes gamers de Akihabara. Muy conseguidos están los dobles de Hirohito, MacArthur y otros líderes de la guerra en la escena que representa la rendición de Japón. La escena es por lo demás magnífica, con un gran hongo nuclear al fondo y soldados americanos hostigando a un pueblo japonés cubierto de ceniza, interpretado por el coro.

En lo que respecta a la lírica, está ópera está construida en torno a las voces graves: todos los personajes masculinos principales, excepto Kashiwagi, son barítonos. Simon Bailey parece tan desequilibrado como el Mizoguchi que interpreta. Destaca la inflexión de sus frases, medida y elegante, aunque le falta empaque en general. No hay ninguna otra voz especialmente destacable, si bien Paul Kaufmann, al margen de su canto, lleva a cabo una interpretación digna de la actitud irónica y prepotente de Kashiwagi, el personaje que encarna. El resto del reparto está compuesto por Dominic Grosse, quizás demasiado serio en su papel de Tsurukawa; Yves Saelens, que con falta de fueza encarna al padre de Mizoguchi; Michaela Schneider, la madre, y Fumihiko Shimura, un prior Dosen al que es difícil seguir.

Para concluir, El pabellón de oro ha sido una grata sorpresa dentro de la programación de la OnR de este año. Una obra maestra de Mayuzumi, compositor muy reconocido en Japón pero no tanto fuera de sus fronteras. Esperemos que, una vez rescatada del olvido, esta ópera se represente regularmente en todo el mundo. Serviría además de ayuda a la divulgación de la obra de Mishima, estigmatizado por las circunstancias de su suicidio y por su simpatía con la extrema derecha. Y un magnífico ejemplo de que la buena ópera no sólo se hace en Occidente.

Julio Navarro