La tetralogía levanta el vuelo con Die Walküre en Berlín

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Die Walküre en Berlín. Foto: Monika Rittershaus
Die Walküre en Berlín. Foto: Monika Rittershaus

Tras el decepcionante Rheingold del día anterior, la Tetralogía ha tomado una senda mucho más brillante, aunque no todo haya sido extraordinario. Musicalmente, las cosas han rodado con brillantez, la producción escénica al menos no ha molestado en esta ocasión y, finalmente, el reparto vocal ha dejado que desear un tanto, como ocurriera en la entrega anterior.

Ya desde el arranque de la ópera con la tormenta, no me cabía duda de que la versión de Daniel Barenboim no iba a estar en la línea que nos ofreció en el Oro del Rhin. Y así fue, efectivamente. Hoy me he congraciado con Barenboim, que ha estado inspirado y brillante, aunque no haya mantenido el mismo nivel a lo largo de toda la ópera. Lo mejor ha sido su dirección en el primer acto, uno de los más brillantes a los que he podido asistir hasta ahora. Aquí Barenboim demostró su gran categoría de director y músico. En el segundo acto el enfrentamiento con Fricka y el Monólogo de Wotaln no estuvieron a la misma altura, aunque todo mejoró de manera más que notable en la escena del Anuncio de la Muerte de Siegmund. En el tercer acto no me convenció la Cabalgada de las Valquirias, a la que faltó brillantez y hubo sonidos más que discutibles por parte de algunas de ellas. Barenboim volvió por sus fueros en la escena de Wotan y Brünnhilde, aunque me quedó un tanto corto de emoción el Fuego Mágico que pone fin a la ópera. Aunque no haya sido una Walküre completa y para el recuerdo, sí ha cubierto las expectativas que uno alberga cuando viene a Berlín a ver una Tetralogía. Nuevamente la Staatskapelle Berlín fue una orquesta excepcional, que brilló a lo largo de toda la representación.

En cuanto a la producción escénica de Guy Cassiers, hay que decir que en esta ocasión no habido danza en el escenario y hemos pasado de lo malo (Rheingold) a lo aceptable en este caso. En conjunto me ha parecido una producción un tanto hìbrida, entre modernismo y pura tradición. Incorpora proyecciones de video más frecuentes que en Rheingold, aunque no ofrecen mucho interés. En general, la producción es muy oscura, especialmente el último acto y la iluminación de Enrico Bagnoli deja que desear. La escenografía se debe al propio Guy Cassiers y a Enrico Bagnoli y no es particularmente atractiva. Un cubo traslúcido y cerrado en el primer acto como habitaciones de Hunding, un arranque del segundo acto con un grupo escultórico de caballos, que desaparecen a continuación, resultando bien conseguida la escena del anuncio de la muerte de Siegmund. El tercer acto resulta poco atractivo, particularmente lo relativo al Fuego Mágico, resuelto con unas luces rojas que bajan del techo, como si Brünnhide estuviera en una sesión de rayos UVA. El vestuario de Tim Van Steenbergen en el caso de Fricka y las Valquirias me recuerda a los modelos recargados que suele ofrecer Christian Lacroix. Durante el monólogo de Wotan hay una esfera elevada que gira con rapidez y donde se proyectan imágenes anteriores del dios. Sorprendentemente, eran imágenes de René Pape, que fue quien estrenó la producción. No puede ser muy gravoso cambiar esas imágenes y hasta suprimirlas. La dirección escénica no aporta nada de particular, pero narra la trama de manera correcta.

Como en el estreno de esta producción en Berlín hace 5 años, Brünnhilde volvió a ser interpretada por la soprano sueca Irene Theorin. Nuevamente, ha ofrecido sus virtudes y defectos de otras ocasiones. Entre los primeros, se puede señalar su voz amplia y adecuada la las exigencias de una soprano dramática, además de sus buenas dotes como intérprete. Entre los defectos hay que señalar una vez más sus notas altas que son invariablemente gritadas, lo que no parece importar al respetable en Berlín.

Die Walküre en Berlín. Foto: Monika Rittershaus
Die Walküre en Berlín. Foto: Monika Rittershaus

Como el día anterior, Wotan volvió a ser Iain Paterson y nuevamente ha ofrecido una correcta actuación, pero insuficiente para entrar en la nómina de los grandes Wotan, no ya de la historia, sino de la actualidad. A la voz le falta amplitud y queda corto en graves, resultando su canto un tanto monótono, porque la paleta de colores de su voz no es excesiva. Anda bien por la parte de arriba, pero queda corto por abajo. Un Wotan más bien modesto.

Anja Kampe ha sido siempre Sieglinde en esta producción en Berlín y ha vuelto a repetir su intensa interpretación. Intachable en cuanto a intensidad vocal e interpretativa, pero sus nota altas están muy comprometidas, resultado calantes en más de una ocasión, aunque no gritadas como las de su compañera de reparto.

El tenor neozelandés Simon O’Neill también es un fijo en esta producción y su Siegmund resultó convincente. La voz no tiene demasiada calidad, al menos para mi gusto, y hay sonidos nasales en ocasiones, pero tiene poderío suficiente para superar las dificultades del personaje. Se lució en los Wälse, wälse, que en su caso fueron casi interminables, cantó adecuadamente la escena con Brünnhilde y terminó brillantemente el primer acto.

Ekaterina Gubanova es otro valor fijo de esta producción y lo hizo bien como Fricka, cantando con gusto e intención, aunque su volumen noesexcesivo.

Falk Struckmann no me convenció como Hunding. Tiene tablas, pero vocalmente sigue siendo un barítono y Hunding necesita una voz de auténtico bajo. Eché en falta a Matti Salminen, que supongo sigue en Berlin.

El grupo de Valquirias fue un tanto irregular vocalmente. En general, funcionaron mejor las voces graves que las sopranos, no faltando algunas notas desafinadas. Eran Sonja Mühleck (Gerhilde), Vida Mikneviciute (Helmwige), Anja Schlosser (Waltraute), Anna Danik (Schwerleite), Anna Samuil (Ortlinde), Julia Rutigliano (Siegrune), Anna Lapkovskaja (Grimgerde) y Simone Schröder (Rossweisse).

El Teatro Schiller estaba lleno de nuevo, con alguna petición de localidades a la entrada del teatro. El público dedicó un triunfo a Barenboim y la Staatskapelle. Entre los cantantes las mayores ovaciones fueron para Irene Theorin.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 5 horas y 6 minutos, incluyendo dos intermedios. Duración musical de 3 horas y 49 minutos, es decir 8 minutos más lenta que la de Thielemann en Dresde el pasado mes de Febrero y 18 minutos más lenta que la de Kirill Petrenko en Munich. Once minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 165 euros, habiendo butacas de platea desde 85 euros. La entrada más barata costaba 58 euros.

José M. Irurzun