La Traviata de Flórez y Damrau en el Met

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Vincent Peters / Met Opera
Vincent Peters / Met Opera

Después de la escandalosa salida del anterior director musical de la Metropolitan Opera de Nueva York, la llegada del canadiense Yannick Nézet-Séguin ha sido jaleada por crítica y público con voluntarista unanimidad. Su primer título en el Met como Director Musical es la Traviata de Guiseppe Verdi, que llega al coliseo del Lincoln Center en una nueva producción de Michael Mayer con Diana Damrau (Violetta) y Juan Diego Flórez (Alfredo) como estrellas principales.

El Met ha puesto todos los ingredientes necesarios para asegurarse el éxito que cierre un año espléndido para la compañía. No cabe duda de que quienes disfrutan estos días de esta Traviata en Nueva York y todos los que la verán en retransmisión en directo y alta definición el día 15 de diciembre, pueden dar buena cuenta de sus virtudes. Sirva esta crónica para subrayar, no obstante, algunos aspectos importantes de la ópera que no se debieran soslayar.

La adhesión y el entendimiento de Yannick Nézet-Séguin con los cuerpos estables de la compañía están fuera de toda discusión. Existe la consigna de cerrar filas en torno al director canadiense, y el gran nivel artístico conseguido tanto en el foso como por el coro y los solitas dan cuenta de un trabajo especialmente riguroso, que supera en profundidad artística a otros títulos que se ofrecen estos días en el Met.

Siempre cabe el matiz subjetivo de quienes no comulgan con los tempi extremados Nézet-Séguin, de quienes encuentran por ejemplo, el preludio muy lento y las cabaletas a veces más precipitadas que acompasadas. No obstante, la batuta de Nézet-Séguin parece responder siempre a los requerimientos del drama y ajustarse con generosidad a los recursos de los solistas.

Esta Traviata es un ejemplo claro de todo ello. La orquesta suena distinta acompañando a Flórez (más ligera y camerística), a Diana Damrau (tensa y firme) o al coro (extensa y colorista), pero siempre verdiana y teatral. Aunar eficacia y eficiencia solo es posible con buenos músicos y una dirección consciente. Así pues, poco se le puede reprochar a YNS.

Marty Sohl / Met Opera
Marty Sohl / Met Opera

Juan Diego Flórez se ha dejado convencer por Peter Gelb para encarnar a Alfredo Germont. Es claro que el papel del poeta enamorado no es el que más se ajusta al aparejo vocal del peruano, más ajustado a papeles de lírico ligero y lírico francés que a este tenor verdiano que pide un sostén sonoro por encima de las posibilidades de Flórez. Sin embargo, y en gran parte gracias a la inteligencia de Yannick Nézet-Séguin, Juan Diego Flórez sale airoso, y según muchos, reforzado, con este Alfredo enamorado hasta el tuétano, sensible y redondo. La media voz de Flórez, con sus ataques en piano y la liviandad de su fraseo, dibuja un Alfredo sutil y poético, que aunque algo apocado bajo el torrente sinfónico del foso se sobrepone gracias a su musicalidad y presencia escénica. Se engañan los que consideren su Alfredo como un referente, pues solo el arte de Flórez puede obrar estos imposibles.

No hay Traviata sin un buen Giorgio Germont. El Met ha confiado el papel al barítono hawaiano Quinn Kelsey, que está en forma y de moda tras su espaldarazo como Amonasro en la Aida del Met que se retrasmitió en todo el mundo este otoño. La voz de Kelsey es bella, de gran tamaño, corre sin problemas ni brechas en todo el registro y tiene una proyección squillante que le permite controlar un torrente sonoro que todo lo inunda pero que nunca se descontrola. Musical y preciso, Kelsey parece llamado a ser uno de los barítonos de referencia en el Met. Podríamos afearle un apoyo quizá demasiado cargado de gola y cierta escasez de recursos expresivos, pero los pequeños detalles no empañan un éxito que sigue creciendo con cada representación. Con Giorgio Germont pasa como con la mujer del César, que hay que parecerlo. La diferencia de caracteres, y étnica, con Flórez, junto con las enormes frescura y vitalidad de la voz de Kelsey son factores que no ayudaron a hacer creíble su papel de padre severo. No obstante, el público del Met quedó encantado con el vozarrón de este hawaiano llamado a grandes cosas en el futuro.

La soprano alemana Diana Damrau nunca olvidará esta Traviata. Su Violetta, de todo punto incontestable, es el resultado de años de trabajo y estudio que no siempre han dado los resultados esperados. Sin embargo, la búsqueda de su Violetta parece hacer concluido felizmente. Damrau es Violetta Valery, en el sentido más extenso de la frase. No hay recoveco de la dama de París que la Damrau no haya explorado y hecho suyo. Por eso, en arias tan psicológicamente complejas como Sempre Libera, Diana Damrau transita innumerables estados anímicos que encuentran reflejo en un canto hiperrealista y genuino. Siempre por encima de la partitura, Damrau no hace concesiones a la acrobacia vocal ni endulza sus ademanes; al contrario, su Violetta se desenvuelve en escena con inusitada eficacia dramática. Tras caer el telón, y sepultada bajo una de esas ovaciones cerradas de un Met lleno hasta la bandera, las lágrimas de Diana Damrau eran las de una artista que sabe que llegado allí donde se proponía.

Marty Sohl / Met Opera

Por lo demás, la propuesta escénica de Michael Mayer tiene muchos elementos en común con su recientemente estrenada Marnie: los colores planos, la precisión de la iluminación y la economía de medios siempre dentro del lujo requerido en la compañía. Destacan los espléndidos figurines de Susan Hilferty  y los adornos escénicos de Christine Jones, imposibles de detallar por su prolijidad. No se entiende, empero, la presencia escénica de la hija de Germont, una moda que se ve mucho en Estados Unidos y que el público no parece afear.

El acrobático ballet del segundo acto, protagonizado por Garen Scribner y Martha Nichols estuvo coreografiado por Lorin Latarro y levantó grandes aplausos por su espectacularidad plástica y limpia presentación.

Hay mucho aparataje artístico en esta nueva Traviata del Met, que apenas está dando sus primeros pasos, pero que marca un antes y un después en las carreras de los artistas principales. Así, Yannick Nézet-Séguin demuestra que ha venido para quedarse, Kelsey arrasa con una voz de las de antes, Flórez obra el milagro y cuaja un Alfredo de valía, y Damrau firma la Violetta de su carrera. Casi nada.

Carlos Javier López