“La traviata”  en el Teatro Colón de Buenos Aires

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“La traviata”  en el Teatro Colón de Buenos Aires
“La traviata”  en el Teatro Colón de Buenos Aires

Cuando la dirección del Teatro Colón anunció su programación de la temporada 2017, acudió a una práctica internacional y, así junto a los títulos de las óperas a darse, incluyó los elencos que las cantarían. En el caso de  ”La traviata”, Ermonela Jaho, Saimir Pirgu y Fabián Veloz integraron un elenco. Por otra parte, Jaquelina Livieri, Darío Schmunck y Leonardo López Linares serían también los protagonistas de misma ópera en otras funciones.

Afortunadamente la sensatez se inclinó por la escenografía de Franco Zefirelli en lugar de una posible producción de la señora Sofía Cóppola. Pese a la gran distancia entre Roma y Buenos Aires, todo llegó a tiempo. En la de Zefirelli hay una lectura muy pausada y profunda de” La traviata”. Lo aprecié mayormente en los actos segundo y cuarto de la obra. Esta  ópera de Verdi posee un carácter más intimista y los  grandes desplazamientos de personas y decorados no favorecen  al espíritu de esta obra.  La dirección orquestal estuvo a cargo del maestro italiano Evelino Pid al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón.

La soprano argentina Jaquelina Livieri hizo su gran debut en el Colón, una sala que no le era desconocida porque ya había encarnado allí varios personajes. Sin embargo, el gran desafío de encarnar a Violetta Valèry le dio un resello de gloria, la gloria de un merecido triunfo.  Lo presentía y, por eso en otra nota, la alabé por su gran musicalidad y compenetración en el personaje de Verdi. La protagonista de “La traviata”” debe cantar siempre después de haber dado la bienvenida a los amigos que han ido a su casa. Desde aquel “Flora, amici, la notte che resta” hasta el “Oh gioia” final, Violetta cambiará de vestidos y recorrerá arduos momentos musicales en el escenario.

Con la partitura en mano, es posible seguir cada momento de “La traviata”. Todo tiene una trabazón y es imposible tomar solamente algunos momentos. Hasta estas lejanas tierras han llegado noticias muy tristes sobre algunas puestas en escena de la ópera. Violetta no puede morir alocadamente. Una persona creyente se da cuenta del error cometido cuando nos presentan a la protagonista   rabiosa, desesperada. Ella confía a Germont padre, que cambió su vida con su arrepentimiento y el perdón de Dios. Al final de la ópera, siente un dejo de esperanza cuando pide a Annina que vaya a llevar una limosna y pase   por la estafeta postal. “Cerca poscia miei lettere…”, que no es un pedido para que le acerque las cartas, como alguna vez ha pasado. “La carta” de Giorgio Germont , la lleva junto a su pecho.

Cuentan que no hace mucho tiempo se encontró una partitura de “La traviata” con algunas anotaciones y palabras traducidas al griego. Ese tesoro perteneció a María Callas    y es una prueba más de la compenetración   que ella tuvo de los personajes operísticos.

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Junto a Jaquelina Livieri   cantaron Darío Schmunck como Alfredo y Ricardo López Linares como Giorgio Germont. Dos voces espléndidas. Fui testigo de los primeros pasos de Darío, cuando debutó en el Teatro Argentino de La Plata en el breve papel de Parpignol de “La bohème”. A él, con sus estudios profundos, le aguardaban muchos éxitos europeos. En nuestro Colón ya había cantado en una espléndida “Lucía di Lammermoor”. Su maestro, el ya retirado tenor Nino Falzetti, le trasmitió una espléndida escuela de canto.  Como sé que Darío leerá   esta nota, voy a descubrir que él también estudió con la gran Delia Rigal en Buenos Aires. No puedo olvidar su “Quanto è bella, quanto è cara” en el Salón Dorado del Teatro Colón.  

Fernando López Linares fue Giorgio Germont. Un Germont humano, asequible. Es una barítono  de fuste y ha cantado como barítono, en las principales óperas. Su nombre trae de inmediato el recuerdo de La arena de Verona. Sharpless de Madama Butterfly o Scarpia de Tosca,   son algunos de los personajes que ha encarnado. A ellos se suman Amonastro, Nabucco,   Marcello, Iago, Sir John Falstaff.  En la versión de La traviata, pudo ser escuchado con su inconfundible color de voz. Supe que en una ocasión le preguntaron cómo se hacía un barítono. Su respuesta inmediata no dejó dudas: “Barítono se nace por la disposición de las cuerdas vocales”. Su Germont no fue envarado y supo trasmitir vocalmente su sorpresa ante la presencia de Violetta y sus dichos sinceros.

En el tercer acto pudo observarse una casa de Flora deslumbrante con muchos invitados. Quizás se olvida que a Violetta le llegó la invitación en la misma mañana de esa fiesta, parecería entonces excesivo lo que se hace en los teatros de ópera y, también en el Colón. Flora confía y expresa: “Tendremos baile de máscaras”. Por eso, Gastón y otros se presentan disfrazados de toreros y picadores. Más adelante, los hombres se quitarán las máscaras para incorporarse al festín. En este acto, el cuerpo de baile del Colón lució espléndido. El coro, en tanto refirió la apuesta de una enamorada: “Quiero ver cómo derribas/cinco toros en un solo día/ Si sales vencedor, cuando vuelvas/te daré mi mano y mi corazón.” Debo mencionar, con elogio, a un joven bailarín del cuerpo de baile del teatro Colón. Es Juan Barbosa. El, al igual que Jaquelina Livieri, hizo su gran debut en el Colón. Fue brillante en el baile y en el difícil despliegue armonioso de su capa.  

Roberto Sebastián Cava