La violación de Lucrecia. Britten. Santiago de Chile

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La obra de Benjamin Britten se presentó en el GAM en un montaje que mostró adecuadamente su alto dramatismo, gracias a una lograda interpretación de los involucrados.
Si suponemos que existiera algún prejuicio o valoración peyorativa hacia el formato de ópera de cámara, en tanto que sería menos contundente, menos desarrollada, o menos dramática, lo que se vio en el Centro Gabriela Mistral (GAM) con “La Violación de Lucrecia”, dejaría todas esas infundadas opiniones hechas polvo. Porque la obra de Benjamin Britten (Op.37 de su catálogo) fue presentada en una cuidada puesta en escena que resaltó tanto su explosiva carga teatral, como su oscura pero fabulosa partitura. Y todo gracias a la iniciativa del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado, en cuya temporada artística se enmarcó el presente montaje.
La regié correspondió a Miguel Ángel Jiménez, mientras que escenografía e iluminación fueron firmadas por Pedro Torres Momberg y Andrés Poirot, respectivamente. Una concepción sencilla, justa, que a primeras inspira el espíritu de un drama griego (o deberíamos decir romano, pues la historia se centra en la antigua Roma). Los mínimos recursos escénicos se circunscriben a un cuadro visual caracterizado por tres grandes paneles de forma triangular.
Esta obra, que recoge un antiguo relato de Tito Livio, también ocupado por Shakespeare en un poema, puede no requerir de un gran despliegue escénico, pero es un drama total, para el cual es necesaria una interpretación que transmita esa expresividad. En esto, el presente montaje es un verdadero triunfo. La dirección musical correspondió a Paula Torres, quien además de tocar las partes de piano, guía a los 12 músicos restantes, ubicados a un costado de la escena. Todos los detalles de la partitura de Britten relucieron claramente, incluyendo sus ilustraciones musicales (como el galope de un caballo), aunque hubo cierta rigidez en algunos pasajes del primer acto, donde Torres parecía limitarse a simplemente marcar compás.

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Los cantantes involucrados tuvieron un espléndido desempeño actoral. El rol titular de Lucrecia fue cantado en su función de estreno por Claudia Lepe (también se contempla en el rol a María José Uribarri). Su desempeño histriónico fue en ascenso a medida que se desarrollaba la progresión dramática, en especial en la inquietante secuencia de su sabida violación. Y con su canto logró también una gran emotividad en la escena de su suicidio. Pablo Oyanedel fue Tarquino, el responsable de ultrajarla, quien pese a ser más parco en su actuación, logró una interpretación vocal digna de elogios.
Elena Pérez y Andrea Aguilar fueron Bianca y Lucía, nodriza y doncella respectivamente de Lucrecia. Ambas estuvieron impecables en estos roles secundarios, donde sus bellos timbres se adosaron magníficamente al todo musical. Excelente en lo musical estuvo también Javier Weibel como Junio, sobre todo en las importantes líneas que le corresponden en la primera escena del Acto I. Arturo Jiménez, en tanto, fue cálido y muy humano como Collatino (esposo de Lucrecia), y se complementó al resto del elenco para lograr un adecuado balance.
Junto a los personajes principales, se encuentran los narradores y comentadores de la historia, un tenor y una soprano que son denominados respectivamente Coro Masculino y Coro Femenino. Ellos también reflejan sentimientos de los personajes, y son portavoces de un mensaje cristiano que francamente en el libreto no resulta del todo convincente. Curiosamente estas partes se asignaron a cantantes diferentes para cada uno de los dos actos. Eso sumado a que en el programa de mano aparecen los cuatro nombres junto a dos voces adicionales fuera de escena, nos hace imposible individualizarlos. Pero sí podemos decir que la pareja del primer acto fue mucho más sólida, especialmente el tenor, quien se mostró parejo vocalmente y con una clara dicción del idioma inglés.
En el centenario de Britten, los comentarios multiplicados por todo el mundo han acentuado su aporte al campo de la ópera, donde fue autor de una quincena de títulos, de los cuales varios se representan con regularidad en el mundo. A eso podemos agregar específicamente que también hizo mucho por elevar la ópera de cámara, con obras como esta, “Albert Herring” o “La Vuelta de Tuerca”. Se puede hacer “gran” ópera sin necesidad de una orquesta gigante, un enorme coro o una legión de cantantes.

Álvaro Gallegos M.
06/10/2013
Fotos: Jorge Sánchez