La voz de Beczala brilló en Les Arts

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Piotr Beczala. Foto: Mikel Ponce
Piotr Beczala. Foto: Mikel Ponce

Piotr Beczala volvió a Valencia, donde actuó en el Palau de la Música hace un año, esta vez para participar en el ciclo de lied (aunque incluyó en su recital cinco arias de ópera) de Les Arts y donde dejó constancia del centro nobilísimo de su voz de tenor lirico con posibilidades de spinto, con una brillante e intensa zona de passaggio y de su excepcional amplitud que llenaba el ámbito de la sala teatral de la primera planta del edificio de Calatrava.  El tenor emite muy bien usando un buen fraseo con su voz de muchos quilates, aunque no sea excesivamente refinado en el decir y mantiene siempre una emisión homogénea sin demasiado uso de portamentos y filaturas para establecer un posibilismo de bel canto. Su declamación siempre es natural, franca, intensa, apasionada y la calidad de su dicción hace que sus interpretaciones se sigan con interés, por la naturalidad sincera de su decir.

Tras una «Matinatta» de Leoncavallo que le permitió impostar ya la voz de salida  y en la que se atuvo al rigor de la partitura, hecho que suele hacer en prácticamente todas sus interpretaciones pasó a un ciclo de Lieder de Karlowicz en el que se encontró especialmente cómodo por una cuestión de paisanaje, refiriendo muy bien el postulado melódico, acentuando con intención los temas basados en el folclore, en los que se vislumbraba la determinación patria, sobre todo por el carácter de la apreciación del ritmo. 

Algo semblante sucedió con las canciones gitanas de Dvorak, haciendo uso de la mezza voce en la lírica «Cuando mi vieja madre me enseñó a cantar» y un pasaje de la voz a la cabeza para resolver un pianísimo de refinada atmósfera, que fue uno de los momentos en los que exhibió su mejor escuela de canto en todo el recital. Las canciones de Dvorak piden intensidad interpretativa algo que el tenor polaco tiene en demasía en su canto e hizo uso del  recurso para valorar el vals que cerró el grupo de motivos, y la dumka que lo antecedió en el que lució el territorio más bello de su voz e hizo gala de su suficiencia en el agudo. 

La canción del mercader indio de «Sadko» de Rimsky Korsakoy es una de las melodías más bellas de la opera rusa. Beczala la cantó con elegante y personal resolución aunque sin las concesiones al fletismo, que tanto han imitado tenores posteriores, ni la intención de musicalísimo paisanaje de Gegham Grigorian, inimitable en este fragmento.

Cerró la primera parte el tenor polaco con tres canciones de Rachmaninov en las que pasó del lirismo más exacerbado a una osadía pasional, demostrando lo vivido de su interpretación. 

En la segunda parte comenzó su actuación con napolitanas de Tosti, de Curtis y Bixio, la mayoría muy populares y a las que añadió de su cosecha agudos no escritos como el Sib de «Torna a Surriento» para ganarse el favor del público, que precisamente respondía con viveza con aplausos a estas heroicidades vocales. Sin embargo, hay un punto de circunspección en las versiones de Beczala que le resta transmisión emocional a su canto y que hace que las versiones queden un punto impávidas. Así el cantante no parece seducirse con la mediterraneidad del acento de estas piezas tan serenateras, que di Stefano, Gigli, Pavarotti y, por supuesto Caruso, hicieron suyas sentando cátedra en sus versiones. 

 Posiblemente la mejor pieza de opera que interpretó fue el aria de Riccardo del primer acto de «Un ballo in maschera», por la soltura, el tiempo, el carácter e incuso la jovialidad desenfadada de su creación. No es obra con la que se resuelvan la mayoría de sus colegas y él estuvo absolutamente determinado en los dos temas. Fueron correctas, dichas con intención y carácter y sobre todo exhibición de su estimable voz, sus versiones de «Manon» (por cierto no cantó «A fuyez douce image» como figuraba en el programa, sino «En fermant les yeux»)  y «Carmen» y  más que digno su «Werther», sin duda, dicho con propiedad personal, aunque no nos hizo olvidar el referencial de Kraus.

A destacar el acompañamiento de la joven Sara Tysman de elegante articulación en el mecanismo, siendo capaz de respirar con el propio cantante a quien permitió frasear a placer sugestionando desde el teclado las cadencias vocales del tenor. 

Antonio Gascó