Lang Lang, pulsación angélica, pero…

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Lang Lang. @Miguel Lorenzo / Mikel Ponce
Lang Lang. @Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

El famoso Lang Lang visitó el Palau de les Arts en un concierto en que, de salida, su presencia iba a saber a poco. Tan solo ofreció a la audiencia el segundo concierto para piano y orquesta de Beethoven, que en realidad es el primero escrito, pero que se editó en segundo lugar. Una obra de un compositor de 18 años, que, frente a las dos que duró la audición, se completa en escasamente media hora que tiene la vitalidad, e impulso juvenil, de un autor al que aún no habían empezado a sobrevenirle las calamidades que amargaron su biografía.

Es evidente que el pianista chino atraviesa un momento de divismo extremo en su biografía. Buena prueba de ello fue que el auditorio del Palau de les Arts estaba al colmo de su capacidad, con un público que no era demasiado asiduo de este tipo de audiciones, como se demostró en los aplausos extemporáneos al concluir el primer tiempo de la obra de Beethoven.

Lang lang que tuvo una tendinitis que le apartó de los escenarios más de un año, parece completamente repuesto de su dolencia, como lo demostró en la segunda de sus propinas el «Spinnerlied» de Mendelssohn que exige un virtuosismo muy calibrado, del que dio cuenta con primor, soltura y, desde luego sensibilidad, aunque bien es cierto que llevado a un tiempo bastante más que discutible y falto de contraste de lo que es habitual.

En el concierto de Beethoven, faltó por completo esa jovialidad juvenil que se ha testado en la gran mayoría de los registros fonográficos de los grandes maestros que se han ocupado de la obra. Citar una relación sería pretencioso. La lentitud con la que el pianista de Shenyang la planteó (de la que la batuta de Josep Caballé fue mero estafermo) ya supuso desde la desanimada introducción, el propósito por el que iba a navegar la versión. En su entrada el pianista evidenció una pulsación angélica, de impecable mecanismo (que le ha hecho justamente célebre) y una imaginación muy personal, que si bien evidenciaba sensibilidad, no estaba para nada en la tradición con la que de ordinario se interpreta la pieza. Es cierto que la orquesta en el segundo tiempo, recuperó su sedoso terciopelo, y se acomodó a la demanda de la batuta y singularmente, del teclado, pero la versión no tenía el paladar lozano de Beethoven, sino el idealismo caprichoso del intérprete que quería enquimerar el aire de la sala con un sonido excelso y una articulación perlada, pero fuera de la ortodoxia, sobre todo en el tiempo del Adagio que fue tres veces adagio. El más beethoveniano de los tres movimientos fue el tercero, que arrancó con un Lang Lang decidido, por más que buscaba siempre el enquimeramiento sobre la expresión, abandonando el teclado con decisión pero compensando la ausencia de los dedos con el pedal de prolongación.

El público que estaba extasiado con la sutileza del intérprete y que valoró esa exquisitez como un rapto de genialidad, aplaudió con ganas y ello supuso (como sucediera en Madrid) la interpretación como primer bis de la popularísima bagatela en Lam conocida como «Para Elisa» en la que trasformó el poco moto en un adagio y las corcheas del 3/8 casi en negras.

Del resto del programa poco hay que decir. El director barcelonés Josep Caballé no tuvo su noche. En la obertura de «Der freischütz» en el primer piano las cuerdas estuvieron desajustadas y las trompas poco precisas. A los cellos les faltó misterio en su primera intervención, y el tema de Agathe sonó desconexionado. Y por si esto fuera poco el radiante final no tuvo la intensidad deseada por escasez de ajuste, hecho que este comentarista achacaría a la poca precisión de la batuta. La segunda parte estuvo dedicada a Richard Strauss, con un «Don Juan» falto de heroísmo en el motivo del burlador y de fascinación en los dos temas amorosos, contendidos de tiempo y faltos de lirismo y suntuosidad. Los arcos ofrecieron un inicio atmosférico en «Muerte y transfiguración» y se lucieron las maderas en el motivo luctuoso que describe la agonía terminal. Tuvo interés la plasmación audaz del tutti con una excelsa violinata contrapuntando a las trompas, como sucedió en el posterior fragmento procesional. Pero la obra anduvo falta de inspiración, de emotividad y, sobre todo, de sensaciones.

Antonio Gascó