Las bodas de Fígaro en El Escorial, veleidades estéticas

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Las bodas de Fígaro en El Escorial. Foto: Jaime Villanueva
Las bodas de Fígaro en El Escorial. Foto: Jaime Villanueva

Antes de recalar en la próxima edición de la Quincena Musical Donostiarra, esta producción del Festival de Spoletto de la ópera Las bodas de Fígaro, la primera de la trilogía Mozart-Da Ponte, ha llegado en dos únicas funciones al Teatro Auditorio de la localidad madrileña de San Lorenzo de El Escorial, como el plato fuerte de su festival de verano, en el que un año más ha apostado por un título lírico en su programación.

Y lo ha hecho con la régie de Giorgio Ferrara, que plantea una propuesta de corte minimalista, sin apenas decorados, donde diversos telones pintados enmarcan el escenario y el mobiliario va cambiando levemente en cada uno de los actos, dejando al espectador en muchas situaciones hacer volar su imaginación. No hay guitarra con la que Susanna acompaña a Cherubino en su aria del segundo acto, no hay armario donde el paje se oculta, y tampoco existe ventana por la que el joven enamoradizo se arroja al jardín, también inexistente. La impresión general que produce esta pintoresca puesta en escena de empolvados rostros es que, pese a su llamativo colorido y nada escaso movimiento escénico, lo intrincado de las situaciones teatrales, que hacen de esta deliciosa y genial ópera un galimatías en lo argumental, no se han visto resueltas con demasiada habilidad para hacerle más fácil la tarea al espectador. Por otra parte, por lo exacerbadamente multicolor y colorista, algunos figurines rebasan lo estridente, como es el caso de los recargados trajes del Conde Almaviva, ocurrencias debidas a Mauricio Galante, responsable del vestuario, quizá con la pretensión de ridiculizar la pompa de este personaje, en ocasiones de estética casi “draculiana”. También llama la atención lo chillón de la peluca y el traje amarillos que viste la Condesa en su habitación, y lo chocante de los vestidos cuasi circenses, de colores verde y rosáceo, de Cherubino, tocado con sombreros en forma de cono.

Las bodas de Fígaro en El Escorial. Foto: Jaime Villanueva
Las bodas de Fígaro en El Escorial. Foto: Jaime Villanueva

Pese a las veleidades estéticas, musicalmente el espectáculo alcanza un alto nivel, a lo que contribuye desde el foso la espléndida dirección musical de la jovencísima taiwanesa Yi Chen Lin al frente de una versión reducida de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Su batuta sabe acompañar a las voces, espera por ellas y consigue concertar con agilidad y desenvoltura, como demostró por ejemplo en el siempre dificultoso concertante final del segundo acto. La joven directora imprime tanto ligereza como vigor a la partitura mozartiana, eligiendo tiempos muy pertinentes e igualados, y procura mantener siempre vivo el pulso de la acción, acentuando y dotando de continua expresión a los recitativos.

El rendimiento del reparto vocal, sin ser éste ideal, es loable y satisfactorio. El bajo menorquín Simón Orfila realiza una auténtica creación del personaje de Fígaro, hasta el punto de hacerlo creíble y sumamente divertido en lo teatral. Apoyado en una muy sólida y homogénea voz, borda sobremanera sus tres magníficas arias, con entera musicalidad. Se puede decir lo mismo de su compañera, la soprano lírico-ligera Katerina Tretyakova como Susanna, cuya voz, de leve tinte oscuro, derrocha frescura, gracejo y mucha seguridad en los agudos. Se antoja demasiado grande el papel de la Condesa para la soprano Carmela Remigio, con una voz de medianías líricas y timbre claro. La italiana canta con gusto y delicadeza, procura filados y se desenvuelve con soltura en el recitativo y las situaciones teatrales, pero no consigue dotar de suficiente autoridad vocal al personaje. El Conde Almaviva del barítono Lucas Meachan, resulta señorial y autoritario en el escenario, pero la voz, lírica y amplia en volumen, la administra por ráfagas, murmurando en ocasiones y haciéndose casi inaudible, especialmente en los números de conjunto. Muy desenvuelto, inquieto y juguetón resulta el encantador Cherubino de la mezzosoprano Clara Mouriz, aunque de canto algo destimbrado y con algunas notas abiertas, siendo más satisfactorio en lo expresivo el aria Non so più que el Voi che sapete. El resto del reparto cumple a buen nivel y contribuye a redondear la función: el bajo Valeriano Lonchas como un cómico Don Bartolo, cuyo aria resulta un poco atropellada en la parte del trabalenguas, una déspota Marcellina de la mezzo Marina Rodríguez-Cusí, un estupendo Don Basilio de corte excesivamente remilgado por el tenor Juan Antonio Sanabria, y unos muy competentes Don Curzio de Gerardo López, Antonio de Fernando Latorre y Barbarina de Belén Roig. Las escasas voces del Coro de la Comunidad de Madrid cumplen con satisfacción en sus breves escenas del primer y tercer actos. 

Germán García Tomás