Las caras de L’enigma di Lea en el Liceu, de Benet Casablancas y Rafael Argullol.

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L'enigma di Lea en el Liceu. Foto: © A Bofill
L’enigma di Lea en el Liceu. Foto: © A Bofill

-Nunca amarás, Lea, porque eres la puta de Dios —la condena Milojos en el primer acto…

Después de ocho años de gestación, el Liceu estrena con L’enigma di Lea una ópera propia en tres actos con música de Benet Casablancas sobre el libreto de Rafael Argullol. 

El transcurso a partir del segundo acto en un manicomio nos invita a reubicar de algún modo el primero, de un cariz metafísico, en la mente errante y herida de Lea, interpretada por una convincente Allison Cook, vestida con su camisón empapado de sangre entre las piernas y un mantra rasgado en su garganta una y otra vez, “Abboeh“, el nombre de su violador como la sonoridad simétrica de Jehová.

Casablancas construye un mundo musical que engarza los vestigios, los augurios y los extravíos de los personajes en una composición que abunda en sensaciones y cromatismos, ejecutados con fineza desde el foso por el maestro Josep Pons.

Por su parte, la puesta en escena de Carme Portacelli contrapone a la latencia propia del libreto dramaturgias, composiciones y estéticas orientadas a un mayor vigor narrativo. Al aliciente visual se suman el vestuario de Antonio Belart, y la escenografía de Paco Azorín.

Los tres actos de L’enigma di Lea se alojan en el austero interior de un gran cubo de paneles de chapa perforada y estirada que hace de soporte para las videocreaciones de Miquel Angel Raió o las visiones en directo de cámaras en escena, pero sobre todo sirve como difusor de los focos traseros a través de las perforaciones como si se tratara de la inversión de la pantalla de una lámpara. Esto permite al iluminador Ignasi Camprodon plantear composiciones atmosféricas de bordes evanescentes muy afines al cariz casi onírico y metafísico del libreto. Junto a la “rejería” de tubos fluorescentes del tercer acto, la luz expresa siempre en sus diversas formas la antítesis de la luz natural propia de nuestro mundo físico.

L’enigma di Lea en el Liceu. Foto: © A Bofill

De las caras del gran cubo se desgajan trinitariamente tres cubículos: uno descolgado, asociado a la aplastante violación divina del preludio y a la redención final de los protagonistas, y dos correderos, asociados a dos heraldos divinos, enviados al plano terrestre de Lea para asegurar su silencio: los certeros Felipe Bou y Sonia de Munk interpretan la fijación de Dios como la censura de las mil miradas de Milleocci, y los prejuicios de las mil bocas de Millebocche. Ellos son los garantes del silencio de Lea, que debe sostener a lo largo de la obra, frente a una serie de personajes que buscan desentrañar y poseer su secreto, su enigma.

Frente al abismo del vacío de Lea, las Tres Damas, interpretadas por Sara Blanch, Anaïs Masllorens y Marta Infante, la previenen de esa última frontera y le vaticinan la presencia de Ram, una lúcida interpretación de José Antonio López como el sonámbulo despojado de sentidos, sumido en la razón después de haber conocido y amado a la Muerte… en esencia, un ser reducido exactamente a lo opuesto de Lea.

Desde el segundo acto nos ubicamos en el manicomio del Dr. Schicksal, el “domador de los instintos” interpretado por un magnífico Xavier Sabata, que se presenta a sí mismo como psicólogo y anterior dueño de un circo y hace de esperpéntico cicerone en sus intentos de penetrar el enigma de Lea, ya sea por sí mismo o a través de tres pacientes que encarnan tres visiones arquetípicas del amor -virginal, místico y sexual- personalizadas como célebres escultores. Cada vez más retrotraída al silencio de su enigma frente a personajes que disponen de su presencia, Lea logra llegar hasta Ram y juntos, mientras hacen el amor, trascienden sus abismos al auspicio de las damas de la frontera.

Un contenido aplauso final cierra la última función de este L’enigma di Lea en el Liceu, el primer estreno propio en casi una década. Frente al telón quedan las caras del enigma de un público. Tras el telón queda un tentador viaje al simbolismo, a la metáfora, incluso al esperpento, con algunos versos que enraízan la tragedia en la belleza, una música pulidamente severa y fértil, y una inmensa dirección escénica, pero cuya acción narrativa se percibe de algún modo más con la distancia intelectual de lo “expositivo” que con la inmersión y el arrebato de lo teatral. 

Félix de la Fuente