Le Comte Ory y Lawrence Brownlee abren la temporada en la Ópera de Seattle     

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Le Comte Ory en Seattle. Foto: Philip Newton
Le Comte Ory en Seattle. Foto: Philip Newton

Justo cuando el verano, esperado con ansias en Seattle (EEUU), da sus últimos y tórridos coletazos, da comienzo la temporada 2016-17 de la Opera de Seattle. Lo hace con la ópera cómica de Gioachino Rossini, Le Comte Ory. Pese a la indiscutible calidad de las producciones de la compañía, no deja de sorprender que el público esté llenando el McCaw Hall, si tenemos en cuenta que en esta esquina de los Estados Unidos, un día soleado es un regalo divino de recurrencia incierta, por escasa.

Por ello, tenemos que felicitar a la Ópera de Seattle por el éxito de público de este primer título de la temporada, al que le seguirán Hansel y Gretel de Humperdinck, La Traviata, Katia Kabanova de Leos Janacek y la Flauta Mágica.

Este Comte Ory es una nueva producción de Dan Potra, dirigida por Lindy Hume y Daniel Pelzig. La versión es fiel al libreto: ambienta la acción en la Francia de la Edad Media, aunque con elementos que crean una atmósfera que recuerda a los cuentos de hadas y al mundo del cómic. Al fondo de la escena, una proyección dibuja una campiña francesa, cuyas ondulaciones y formas evocan la desnudez femenina. El vestuario combina lo pintoresco de los atuendos del medievo con toques de leopardo y heavy metal para los personajes masculinos. Este juego de contrastes genera una tensión estética que, sin duda, enriquece el espectáculo, y es un notable e inteligente trabajo que debemos felicitar.

La compañía ha hecho un esfuerzo apreciable para programar dos buenos elencos (del segundo reparto ya dimos cuenta la semana pasada en Opera World). El primer reparto cuenta con tres cantantes en los roles principales con carreras consolidadas tanto dentro como fuera del país. El tenor lírico ligero Lawrence Brownlee es la estrella de esta terna protagonista. Su cuidada técnica, junto con su gusto estilístico y una cuidada interpretación actoral hacen que su Ory convenza, pese su consabida escasez de armónicos. Sarah Coburn, que interpretó a la Condesa Adele, es una de las más reconocidas sopranos coloratura de Estados Unidos. En Seattle pudimos disfrutar de su atenta dicción, la calidad y afinación en las agilidades. Coburn parece buscar una exquisitez en la proyección de la voz que, si bien le confiere a su canto ropajes de gran soprano, resulta algo pacata en el borde más agudo de la tesitura, donde los agudos en estacato deben resonar con mayor rotundidad. Muy apreciada por el público de Seattle, puso en pie a una audiencia siempre proclive a identificarse con los buenos de la película. Por su parte, la mezzo Hanna Hipp rindió como se esperaba, luciendo un instrumento cuya belleza se descubre poco a poco. Aunque lo sirvió sin problemas, parece que este no es el mejor papel para su voz, que encandila en el canto legato. Fueron muy apreciables sus intervenciones en recitativo, aspecto en el que supero a sus compañeros.

Le Comte Ory en Seattle. Foto: Philip Newton
Le Comte Ory en Seattle. Foto: Philip Newton

Del resto de cantantes destacaron el bajo Patrick Carfizzi, que dejó un tutor de relieve. Sabedor de la amplitud de su instrumento, no debería abusar, como hace, de las notas demasiado abiertas. El barítono Rodion Pogossov fue Rimbaud, la mano derecha del Comte Ory. Poco imaginativo en lo actoral, vocalmente estuvo irreprochable. Su aparición en la escena de la borrachera de los caballeros (disfrazados de inocentes monjas) en el castillo fue todo un revulsivo para el conjunto, que terminó dejando uno de los momentos más hilarantes, y mejor cantados, de la velada.

Todos ellos, junto al coro de la Opera de Seattle, cuya calidad sigue un marcado ascenso, estuvieron dirigidos por el maestro Giacomo Sagripanti, de batuta irregular. Sagripanti dejó momentos de gran calidad musical, como en el ensemble del primer acto o la escena de la cama al final del segundo, aunque pinchó inexplicablemente interpretando la tormenta que estalla al comienzo del segundo acto. Aquí, fue patente su descoordinación con el coro, mientras que en las transiciones entre escenas, el director italiano parecía tener poco de novedoso que aportar. El resultado final, pese a todo, fue un gran espectáculo, digno de una compañía que no baja el listón, y que quiere codearse con los mejores teatros líricos de Norteamérica.

Carlos Javier López Sánchez