L’Equivoco Stravagante. Rossini. Bilbao

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Teatro Arriaga de Bilbao. 15 Octubre 2014.

El arranque de la temporada internacional de ópera parece haber dado importancia a desempolvar algunas de las óperas de juventud de Rossini, aunque dudo de que esto vaya a ser algo más que pura flor de un día. Si hace apenas un mes tuve ocasión de ver L’Inganno Felice en Venecia, ahora es el Teatro Arriaga el que me brinda la oportunidad de poder ver L’Equivoco Stravagante. Esta última es la segunda ópera que estrenó Rossini (Bolonia, 1811), siendo la mencionada anteriormente la tercera de su catálogo. Las dos corresponden a lo que se conocen como farsas del compositor de Pésaro.

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Escena

L’Equivoco Stravagante es una de las óperas menos representadas de su autor. Después de su paso por el Festival Rossini de Pésaro en 2002 y 2008, precisamente en la misma producción escénica ofrecida ahora por el Teatro Arriaga, apenas conozco otras representaciones que las que se ofrecieron en Lieja hace casi 3 años, viajando posteriormente a algunas localidades suizas. No está de más decir que L’Equivoco Stravagante lleva el sello de Rossini y su música no es sino una primicia de lo que luego vendrá a continuación. La ligereza, la gracia y la chispa están siempre presentes en la partitura, como lo están también los momentos más delicados que Rossini dedica al tenor. La ópera no tuvo éxito en su estreno, en lo que parece que influyó la propia trama, poco adecuada a los gustos y costumbres de la época. Hoy los motivos para su olvido no pueden ser los mismos, sino que en mi opinión esta ópera cuenta con un hándicap importante en forma de libreto, obra de Gaetano Gasbarri. A mi parecer la obra tiene un gran desequilibrio entre los dos actos que la componen. En el primer acto, y a lo largo de 75 minutos, nada ocurre que no sea la presentación de los personajes, mientras que en la segunda parte gana mucho en comicidad y situaciones disparatadas propias de la ópera bufa. Hoy no están bien vistos los cortes, pero creo que esta obra ganaría ante el espectador recortando de manera notable el primer acto, de modo que pudiera darse sin intermedio y con una duración de hora y media, a semejanza de lo que ocurre con L’Inganno Felice y con La Cambiale di Matrimonio, que son las farsas entre las que se sitúa la que ahora nos ocupa. Ya sé que los amantes de Rossini montarán en cólera al leer esto, por lo que les presento mis excusas, al tiempo que me reafirmo en lo dicho.

L’Equivoco Stravagante, conocido en castellano como El Curioso Malentendido, aunque yo abogo por traducirlo literalmente, trata de la trama urdida por los criados del nuevo rico Gamberotto para impedir la boda de su hija Ernestina con el simplón Buralicchio, elegido por su padre, y conseguir que se case con Ermanno, el joven preceptor y profesor de filosofía de la joven. Para ello lanzan el bulo de que Ernestina es en realidad un castrado, que pasa por mujer para librarse del ejército, produciéndose escenas muy divertidas por parte de Buralicchio, que se convence de la autenticidad del bulo. Finalmente, todo se aclara en un final feliz para los jóvenes enamorados.

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Escena

La producción escénica lleva la firma de Emilio Sagi y es la que se pudo ver en el Festival de Pésaro en las dos ocasiones aludidas. Siempre he creído que Sagi está como pez en el agua en este género bufo y lo ha demostrado una vez más. La producción cuenta con una escenografía simple y colorista de Franceso Calcagnini y un vestuario divertido y atractivo de Pepa Ojanguren. A todo ello hay que añadir una buena iluminación por parte de Eduardo Bravo. Emilio Sagi lleva la acción a los años 70, con una Ernestina desenfadada y libre, un Buralicchio convertido en un play boy amanerado y un Gamberotto dedicado a a los negocios de import-export. La escena funciona francamente bien, aunque no sea nada fácil sacar partido de lo que acontece en el libreto durante el largo primer acto.

La dirección musical estuvo encomendada a la italiana Speranza Scappucci, cuya lectura fue ganando conforme avanzaba la opera. Su dirección me pareció un tanto corta de alegría y vivacidad en la primera parte, mientras que en la segunda todo parecía más acorde con la música de Rossini. A sus órdenes estuvo la Bilbao Orkestra Sinfonikoa, cuyo sonido dejaba que desear. Una vez más esta orquesta demuestra que no le gusta tocar en foso. El Coro Rossini tampoco me resultó muy convincente.

El reparto resultó desigual, con dos intérpretes muy adecuados (Gamberotto y Buralicchio), mientras que los demás mostraban insuficiencias vocales o escénicas.

La mezzo soprano italiana Manuela Custer fue una desenvuelta Ernestina en escena (excesivamente para mi gusto), mientras que vocalmente dejaba que desear, con una voz no muy atractiva y de volumen muy reducido.

Los dos bajos bufos fueron lo más adecuado de todo el reparto. Por un lado, Bruno De Simone dio vida a Gamberotto y demostró que en estos personajes está en su elemento. No hay que olvidar que él mismo fue Gamberotto en Pésaro, cuando esta producción se estrenó. David Menéndez lo hizo muy bien como Buralicchio, tanto vocal como escénicamente. Últimamente, estoy encontrando al asturiano mucho más interesante que antes, aunque la voz no sea particularmente atractiva, pero estos personajes rossinianos los borda.

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Manuela Custer y David Menéndez

José Luis Sola brindó el canto más refinado del reparto en el personaje de Ermanno, quedando únicamente corto en desenvoltura escénica. Cantó con gusto sus arias, aunque pasó algún apuro en las notas más altas.

Los dos criados, Frontino y Rosalia, tienen bastante importancia en esta ópera y no fueron muy felizmente cubiertos, especialmente en lo que se refiere al tenor Alberto Núñez, no muy desenvuelto en escena y casi inaudible en sus intervenciones vocales. Aurora Gómez no pasó de la discreción como Rosalía, incluyendo su aria del sorbetto.

El Teatro Arriga ha programado tres representaciones de esta ópera y me temo que van a ser demasiadas, a juzgar por la ocupación del día del estreno, en el que aforo estaría cubierto por debajo del 60 %. El público se mostró tibio durante la representación y más cálido en los saludos finales.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 2 horas y 37 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 13 minutos. Seis minutos de

La localidad más cara costaba 42 euros, costando la más barata con visibilidad plena 16 euros. Así da gusto.

José M. Irurzun