Les contes d’Hoffmann en Lausanne

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Les contes d’Hoffmann en Lausanne. Foto: Alan Humerose
Les contes d’Hoffmann en Lausanne. Foto: Alan Humerose

Brillante inicio de la temporada 2019-20 de la Ópera de Lausana al presentar una nueva producción (como debe ser de cualquier teatro de ópera que se precie) de un título muy querido por el público lírico: Les contes d’Hoffmann. El motivo de la programación de esta obra es un homenaje por el bicentenario del nacimiento del compositor y habrá otro título del mismo durante la temporada.

Les contes d’Hoffmann en Lausanne. Foto: Alan Humerose
Les contes d’Hoffmann en Lausanne. Foto: Alan Humerose

Sabemos que la muerte le llegó a Offenbach antes de poder dar el punto final a su única ópera y actualmente hay varias ediciones en circulación. La que aquí nos ocupa utilizó la de Alkor-Edition Kassel y la de Choudens Paris, presentando los actos en el orden más tradicional (Olympia-Antonio-Giulietta) y se interpretó el aria de Dapetutto “Scintille diamant”.  El elenco de artistas, formado por voces de excelente nivel artístico, tuvo sus bemoles en algunos casos. El personaje del poeta Hoffmann es uno de esos diamantes que todo tenor desea interpretar pero sólo algunos pueden abordarlo con soltura. El francés Jean-François Borras lo sirvió con sorprendente facilidad, con una voz de timbre agradable que corre sin dificultad y unos agudos como estallidos de burbujas de champaña. Como actor no pareció muy compenetrado con el alma de Hoffmann (aquí un artista marginal) pero hay que tener en cuenta que las exigencias teatrales impuestas por una escenografía móvil eran notables. Su contrapartida fue Nicolas Courjal, magnífico, en las cuatro encarnaciones diabólicas (Lindorf, Coppélius, Dr. Miracle, Dapertutto). Su voz maleable pudo mostrar el cinismo y la maldad sin caer en lo grotesco, y su actuación también es moderada con inteligencia. Los destacados personajes femeninos que representan a los tres amores que Hoffmann rememora, fueron asumidos por tres cantantes diferentes. La Olympia de Beate Ritter encandiló al principio por su bellísimo timbre,  después por su virtuosismo y valentía en las piruetas vocales hasta terminar estrellada con un final de aria destemplado. La soprano Vannina Santoni interpretó a la pobre de Antonia sin pena ni gloria. Su instrumento vocal es de muchos quilates y una proyección más abierta daría a su voz un esmalte más lustroso. Géraldine Chauvet, a mezzosoprano de voz clara, interpretó a Giulietta con esmero y aseado canto. Como Musa y Niecklausse estuvo Carine Séchaye, también mezzosoprano, con una línea de canto elegante, caudal sonoro suficiente y detalles de buen hacer a pesar de una tendencia a engrosar, innecesariamente, su voz. Me pareció un error encomendar el cuarteto de personajes secundarios (Andrès, Cochenille, Frantz y Pitichinaccio) a un cantante que tiene gancho con el público y realiza su trabajo actoral con gracia, pero la mitad de sus intervenciones resulta inaudible para el público. Así fue la interpretación que Frédéric Longbois hizo de estos personajes. De los varios comprimarios debo resaltar la sobresaliente voz de la contralto Qiulin Zhang, que en su breve intervención como la voz de la madre de Antonia logró hacer “ver” por todo el público. Alexandre Diakoff (Luther/Crespel), Marcin Habela (Spalanzani), Jean Miannay (Nathanael) y Mohamed Haidar (Hermann/Schlemil) cumplieron satisfactoriamente con sus cometidos. Jean-Yves Ossonce, al frente dela Orquesta de Cámara de Lausana, conjugó elegancia y acabado impecable con fluidez narrativa, con tiempos ligeros pero bien organizados. Muy buenas las intervenciones del Coro de la Ópera de Lausana, dirigido por Patrick Marie Aubert, bien empastados en el sonido y participando de la escena.

La nueva propuesta escénica, en coproducción con la Opéra Royal de Wallonie-Liège y la Israeli Opera Tel-Aviv, lleva la firma de Stefano Poda (dirección de escena, diseños de escenografía, vestuario e iluminación) y se “reduce” a un enorme gabinete de curiosidades en las que se encuentran decenas de obras de arte y otros objetos (esculturas, fonógrafos, autómatas) y en el centro un cuadrado que bien sirve para ver a Hoffmann en una habitación giratoria que representar un disco de pasta de donde sale la voz de la madre de Antonia. En breve, se trata de una propuesta conceptual, en la que no se representa el argumento al pie de la letra sino a través del tamiz de la visión del director de escena. Estéticamente es muy bella, a los solistas les pone difícil el cantar y actuar y todo se resume, en el momento en que ya terminó de sonar la última nota de música y tras el chasquido de los dedos de Lindorff, a que Hoffmann está soñando.

*Federico FIGUEROA.