Les Troyens en Dresde: una víctima más de los abusos escénicos

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Les Troyens en Dresde. Foto: C. Foster
Les Troyens en Dresde. Foto: C. Foster

Me despido de Dresde hasta fines de Enero, a donde volveré para asistir al Anillo completo que dirigirá Christian Thielemann. La despedida ha sido con esta gran obra de Héctor Berlioz, cuyo resultado ha sido un tanto irregular, habiendo contado con una producción escénica moderna y abusiva, una dirección musical con altibajos y un reparto vocal aceptable, teniendo en cuenta las dificultades de la obra.

La producción que nos ocupa es obra de la americana Lydia Steier, habiéndose estrenado aquí el pasado día 3 de Octubre. Sus trabajos escénicos se han venido desarrollando en Europa y es la primera vez que tengo oportunidad de ver una producción suya. Trae la acción en la parte de Troya a la segunda mitad del siglo XIX, ofreciendo un escenario dominado por un edifico semicircular, que luego deja a la vista unos elementos metálicos, donde se sitúa la casa de Eneas, donde recibe la visita del fantasma de Héctor. En la parte de Cartago estamos más bien en los años 50 y la escenografía de Stefan Heyne ofrece un especie de edificio lleno de elementos metálicos, que lo mismo pueden servir para esta ópera como para cualquier otra, añadiendo al final algo que quiere servir de pira funeraria, aunque más parece un mausoleo. El vestuario es obra de Gianluca Falaschi y resulta colorista en Troya. Finalmente, hay una adecuada iluminación por parte de Fabio Antoci.

La dirección escénica de Lydia Steier se caracteriza por el abuso continuo, como ocurre en tantas producciones modernas. Comenzaré por decir que corta el tercer acto de tal manera que apenas supera la media hora de duración. Sin embargo, incluye la música de ballet en el cuarto acto, aunque no hay danza sino números de circo. La famosa música de caza que abre el 4 o acto aquí se convierte en música de guerra, ya que durante la misma tiene lugar la guerra entre Cartago y las tropas de Iarbas, lo que no deja de ser un capricho.

Parece que la señora Steier tiene aversión al vacío y no tiene mejor idea que hacer que Iopas cante su aria del cuarto acto, mientras figurantes y solistas no paran de moverse en escena, lo que no hace sino distraer. Más grave es aún lo que hace durante el precioso dúo de Dido y Eneas que cierra el cuarto acto, ya que no tiene mejor idea que sacar a escena una serie de figurantes desarrapados, que no hacen sino que no podamos concentrarnos debidamente en la música. Finalmente, la intervención en el último acto de los dos soldados troyanos para convencernos de lo a gusto que están en Cartago no consiste sino en coger a una nativa y forzarla, pero, eso sí, para que no haya dudas el soldado le arranca la ropa interior a la chica. Terminaré por decir que llama también la atención la visión que ofrece de Casandra, que más que una visionaria es una loca violenta, que va matando a las mujeres que le acompañan en la escena final del segundo acto.

La dirección musical estuvo encomendada al director americano John Fiore, que ofreció para mi gusto una lectura un tanto irregular de la obra. No hubo exceso de matices, pero sí de volumen orquestal, resultando una lectura sin mucho interés, mejorando notablemente en el último acto, que fue claramente lo mejor de la ópera en términos musicales. Buena la prestación de la Staatskapelle Dresden. Muy exigente es esta ópera para el coro y el de la Sächsiche Oper lo hizo francamente bien.

Como Eneas estuvo el americano Brian Register. En la primera parte me dio la impresión de que la voz no corría bien, pero la cosa mejoró en la parte de Cartago y el americano ofreció una voz potente y adecuada al personaje, aunque no sea una voz particularmente bella. Tuvo que recurrir a un feo falsete durante su aria en el último acto, pero eso ocurre a casi todos y no es sino culpa de Berlioz, que, como otros compositores como Beethoven o Richard Strauss, parece odiar a los tenores. Algo parecido ocurre también en la Condenación de Fausto.

Les Troyens en Dresde. Foto: C. Foster
Les Troyens en Dresde. Foto: C. Foster

Lo mejor del reparto fue la presencia de la mezzo-soprano Christa Mayer en la parte de Dido, donde ofreció una voz potente y adecuada, además de atractiva, cantando con gusto y buenas dosis de emoción en su escena final. Fue ella la triunfadora de la noche.

Casandra fue interpretada por la mezzo-soprano americana Jennifer Holloway, que resulta insuficiente vocalmente para el personaje. Esta cantante lo hace bien en ópera barroca, donde la hemos visto en más de una ocasión, pero las exigencias de Casandra son muy distintas y su voz no tiene la amplitud necesaria.

El resto de personajes tienen menos importancia. Entre ellos hay que destacar la prestación de Agnieszka Rehlis como Anna, la hermana de la reina Dido, que ofreció una voz amplia y bien timbrada, cantando con gusto. Christoph Pohl lo hizo bien como Chorebe, con la voz un tanto engolada. Emily Dorn cumplió en la parte de Ascagne, el hijo de Eneas. El tenor Joel Prieto cantó con gusto el aria de Iopas, molestado por la dirección de escena. Me habría gustado que doblara como Hylas, ya que la preciosa aria que canta en el último acto no tuvo el relieve necesario en la voz de Simeon Esper. Un tanto basto me pareció Evan Hughes en la parte de Narbal, el consejero de la reina Dido. Adecuado, Ashley Holland como Panthée. Correcto, Chao Deng como Rey Priam. Sonoro Alexandros Stavrakakis como Sombra o Fantasma de Héctor. Los dos soldados troyanos fueron interpretados correctamente por Jiri Rajnis y Matthias Henneberg.

La Semperoper ofrecía una ocupación de alrededor del 75 % de su aforo, estando los mayores huecos en el patio de butacas. El público se mostró cálido en los saludos finales, aunque no hubo muestras de entusiasmo, salvo para Christa Mayer.

La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 4 horas y 55 minutos, incluyendo dos muy largos intermedios. Duración musical de 3 horas y 38 minutos. Siete minutos de aplausos.

El precio de la localidad más cara era de 102 euros, habiendo butacas de platea entre 62 y 85 euros. La localidad más barata costaba 21 euros.

José M. Irurzun