Liú brilla y emociona. La Princesa de hielo y muerte congela a Calaf en México

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Liú brilla y emociona. La Princesa de hielo y muerte congela a Calaf en México. Ópera de Bellas Artes-Ana Lourdes Herrera.
Liú brilla y emociona. La Princesa de hielo y muerte congela a Calaf en México. Ópera de Bellas Artes-Ana Lourdes Herrera.

La leyenda de TURANDOT de Giacomo Puccini presentada este domingo 28 de mayo en el Palacio de Bellas Artes de la CDMX transcurrió con más pena que gloria ante un público deseoso de escuchar la “canción” “Nessun dorma” que aparece al último acto. Quienes eso querían tuvieron que esperar casi tres horas en una función ayuna de música donde lo que prevaleció fueron los gritos de un coro descuidado, que lleva ya varios años sin director titular, que pegaba de alaridos, desafinados y descuadrados, invocando a la luna, cabeza decapitada, y urgía al verdugo para que se apurara en cortarle la testa al último desafiante Príncipe de Persia que no pudo contestar los enigmas de Turandot. Los gritos estruendosos, emitidos, eso si, con hartas ganas, a la mexicana energía desbordada, tapaba a la orquesta, por más que el experimentado director concertador, el maestro Enrique Patrón de Rueda, se esforzara, sin ningún éxito, en tratar de sacar aunque fuera un ligero matiz de música. Con esta función, ya lo anunció el mismo músico, se despide de este teatro que tanto le debe. No puede hacer milagros el milagroso. Por más esfuerzos que haga.

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Muy dispareja la función transcurrió sin lograr nunca, salvo cuando aparecía el milagro de Liú, la soprano María Katzarava, que fue la única que logró cantar con emoción y una musicalidad sorprendente, dotando de vida y sentimiento a un personaje que se roba la noche y la función en sus dos intervenciones energizadas de un pasión donde el amor imposible, puro y callado, triunfa sobre la barbarie y la muerte. No hubo continuidad en el discurso y estuvo ausente la ópera, conjunción total de todas las artes. Esa esclava que guía al rey derrotado, enamorada sin remedio de aquel Príncipe que una vez le brindara una sonrisa, queda como una luz que refulge en las tinieblas.

Y no es que no existieran los ingredientes para lograr el platillo anhelado que no llego a cocerse. No cuajó. El elenco contó con cantantes que cumplieron con cierto decoro. Algunos destellos individuales, aislados y por instantes, nos recordaban que la ópera es un arte que necesita no solo voz, voz y voz como proclamaban algunos trasnochados de antaño, sino de un trabajo continuo y riguroso, diario y cotidiano, con un objetivo y una meta claramente definidos, con una continuidad de la que ya hace mucho se carece en la muy deteriorada y mal llamada OBA (Ópera de Bellas Artes) que no logra salir del atolladero donde se encuentra desde hace ya muchos años. Gabriela Georgieva, soprano búlgara importada fue una Turandot que hizo honor a su mote de Princesa de Hielo. Más lírica que dramática destempló y afeó sus notas agudas en la escena de los enigmas y demostró su verdadera cuerda en el dúo final de Franco Alfano. Carlos Galván cantó un Calaf con una voz que canta las notas y nunca falla los agudos brillantes y sonoros. Cumplió con cierto económico decoro el difícil y extraño personaje del Ignoto. Muy bien los ministros del verdugo, Ping, Enrique Ángeles, otro que hizo música y matizó su personaje, y los tenores Andrés Carrillo, Pang y Victor Hernández , Pong, juntos, acoplados y bien intencionados. El mandarín, Ricardo López, sobrado en un personaje cuyas dos intervenciones lucieron sus dotes vocales y su timbre oscuro y privilegiado. Buena dicción y congruencia escuchamos en el Emperador Altoum a cargo de Oscar Santana. Rosendo Flores ha cantado muchas veces el Timur, con altibajos en esta función, donde empezó con problemas, pero que mejoró notablemente y emocionó en su dolorosa queja por la muerte de Liú. La dirección escénica de Luis Miguel Lombana Echevarria, con algunos cambios y la inclusión de algunos bailecitos, ya la hemos visto hasta la saciedad. Cumple con cierto decoro profesional.

No es posible hacer buena ópera sin una planeación, preparación y realización que mantenga una continuidad permanente y un sistema del que ahora carece nuestro teatro más importante. Esta función dispareja debe llevarnos a pensar que el cambio urgente que se requiere ya no puede esperar más.

Manuel Yrizar